Desvanecer
DESVANECER
Me di cuenta de que el año se terminaba y que cada vez
menos cosas me importaban. Mi edad era relativa, mi vida se medía por los días
perdidos y el humo eterno que parecía girar en torno a mis ojos. El trabajo
había dejado de ser molestia para pasar a ser un espacio vacío de voces y
tareas que nunca terminaban. La tarde del miércoles, que había sido mi
infructífero día de descanso, quise dar un paseo después de comprar fruta en el
mercado. No me apetecía quedarme a mirar videos en mi celular por horas, como
de costumbre. Mis músculos pedían moverse un poco.
Caminé cuesta arriba, hacia la carretera vieja donde aún
permanecía un mirador, que había sido abandonado y en el que ya nadie quería
poner un puesto. Las autopistas matan los caminos tradicionales, y los condenan
a la tristeza del olvido conservando en el asfalto toda su nostalgia. Las tormentas
invernales habían parado ese día: teníamos un respiro para no sentirnos
congelados todo el día, con una lluvia fría inconsistente.
Me senté en el borde, con mis pies colgando. Vi mis
piernas escuálidas y toqué mis cachetes de ardilla. No era capaz de maquillarme
sin sentirme ridícula, o de ponerme una falda sin sentirme un muñeco de paja. Las
nubes blancas habían descendido a mi barrio, a lo lejos se distinguían las
calles infinitas de la ciudad. Caminé sin pensar en nada en especial. Ni
siquiera pensé en el último ex novio al que no le dediqué ni una sola lágrima,
o a la tristeza que me causó ver un incendio forestal el domingo pasado.
Sentí que alguien venía a mis espaldas y me di la
vuelta. Estaba un hombre alto, de piel morena, con el cabello largo y
descuidado con una extraña túnica gris. Tenía la mirada caída, pero pude
distinguir sus ojos aceitunados que me miraron con melancolía. No pronunció
palabra, tenía la boca seca y los labios partidos. Sus manos eran grandes, pero
blancuzcas. Había unas protuberancias que salían de su espalda. Al mirar con más
detalle noté que eran extremidades cubiertas de plumas raídas: eran alas.
Nunca había creído en los ángeles, aunque se habían puesto
de moda en los últimos años; incluso mi madre tenía un calendario de ellos que
compraba religiosamente cada año. Pero al mirar a ese hombre con alas, no pude
pensar otra cosa…tampoco dirigirle la palabra. Él se acercó al borde del
mirador y contempló la vista como quien está atado al suelo. Pensé que quizás
estaba cansado de volar por un largo rato.
Me miraba insistentemente, creyendo, quizás, que me postraría
ante él o le dedicaría una plegaria como cualquier mujer religiosa. Pasaron
unos minutos hasta que me habló: “No espero que me pidas nada, ni siquiera protección
o consuelo. Tú estás decepcionada, pero sin expectativa. Y yo sólo estoy
melancólico.” Su voz era suave como un pañuelo, segura, como salida de una
caverna. “Y sí, soy un ángel, los hombres-pájaro son un engaño”.
Me preguntaba cómo un ser superior podría sentirse como
un humano. Me leyó la mente: “No soy un ser superior. Ustedes los humanos
siempre creen que lo que viene del cielo es superior. No. Sufro al igual que el
resto de los seres vivientes. Vivo sin temor a la muerte, porque sé que en el
final de los días me volveré materia dispersa. Mientras tanto trabajo y siento,
como tú”. Lo miré con mayor intensidad, sus alas se removían inquietas y
desprendían polvos de colores. Portaba una espada, tan delgada como hoja de
bambú.
“Nos imaginan puros, blancos, figuras griegas de
piedra vueltas carne. Pero la creación toma muchas formas. Soy un ángel feo y
eso no me entristece. Tú eres una mujer bonita y vives triste.” Sólo
sonaba el viento. Por un momento me sentí asustada. Noté que desprendió con
facilidad un pedazo de piedra del mirador y lo paseó entre sus manos: tenía
mucha fuerza sin inmutarse. “No creo en ti y sin embargo existes, ¿qué dices de
eso? ¿Acaso eres mi ángel de la guarda?”, le pregunté.
Él sólo rio, y su risa le devolvió un poco de la
gloria celestial que debía representar. “No soy tu ángel de la guarda, ni
tampoco hago milagros. A algunos afortunados les toca tener uno, porque no
pueden con su vida por ellos mismos, y los milagros sólo son obviedades para
nosotros. ¿Te imaginas lo triste que sería para nosotros tener que cuidarlos a
todos, encariñarse y al final verlos morir? Nunca hemos querido eso”. A veces
necesitaba sentirme protegida pero esta vez no. Entendía su disyuntiva.
Le pregunte su razón de estar cansado. Él respondió: “Es
fatigoso y triste llevar tantos mensajes negativos. Los románticos dirían que
todas las respuestas están ahí en el universo, para quien quiera leerlas. Y lo
están, pero no todos saben interpretarlas. Muchos de nosotros tenemos más labor
de mensajeros que de protectores. Y eso harta”. Noté que su boca estaba cansada
quizás de hablar tantas cosas, o de mostrar pureza. Quizás estaba sucio de sí
mismo.
“Y si me arrojara en este momento al vacío, ¿me salvarías?”
Él dudó, se acomodó con dificultad en un extremo del mirador: “No lo sé. Mi
instinto me diría eso, pero quizás tu voluntad y tu destino sea terminar con tu
vida así. Y no sé si tendría que intervenir. No sería el héroe que te salvaría
incondicionalmente, sino el que lo haría cuando tenga que hacerlo. Sé que tu
pregunta es ociosa, no tengo porque temer.” La respuesta, en lugar de
inquietarme, me produjo una extraña sensación reconfortante.
La tarde parecía no agotarse. Hablábamos con grandes
intervalos de silencio. Él soportaba mis cuestionamientos ociosos con cierta ironía.
Recuerdo su aroma de héroe cansado y su indiferencia frente a la ciudad. Me
dijo que me ahogaba en un vaso de agua que yo mismo me servía cada día y que
podría reír de mi ingenuidad, pero que se contenía por respeto. Evitó hablar
del amor y de la dirección de la vida: “Sería darte respuestas antes de tiempo
que entenderías mal. Conténtate con vivir”.
Un gran viento polar sacudió los gigantescos árboles detrás
de nosotros y cayeron algunas ramas. Entró tierra a mis ojos y cuando los pude
abrir, el ángel empezó a desvanecerse en pedacitos hasta fundirse con el aire y
caer en pequeñas partículas hacia la ciudad. Días después, les hablé de un
hombre con esas características y todos parecían conocerlo, pero ninguna
versión coincidía. He visto un ángel desvanecerse frente a mis ojos y yo sigo
aquí, sintiendo el viento invernal cada tarde.

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