El Pozo de las Serpientes



EL POZO DE LAS SERPIENTES

Salí a tomar un poco de aire sin temor a enfermarme, en las pequeñas escaleras que dan a la calle. Ya no hay frío en la noche, sólo un bochorno extraño que me hace pensar que no hay estaciones, como cuando era niña. Mi familia aguarda al interior, mis hijos están preparando la cena de navidad, después de amenazarlos con dejarlos sin comida y de dejar esperando a los repartidores si pedían comida por internet. Necesitaba un respiro y pensar en nada. No pienso en el cariño festivo ni en el cansancio, sólo siento que hay algo extraño en el aire. 

Escucho que arrastran un costal, pero no hay nada alrededor. Busco el sonido entre la calle, apenas iluminada por los faroles decadentes de este barrio de Saint-Étienne. Al fin distingo a alguien que se arrastra por la acera lentamente, con dolor y pesadumbre. Camino para atrás, asomo la vista. Lo conozco, es uno de mis vecinos. Tiene la cara deshecha, ensangrentada. 

Me acerco a él, presurosa. No puedo recordar su nombre, pero intento ayudarlo. Respira con dificultad, parece que está por vomitar. Finalmente, abre su boca para toser. Retrocedo, siento pánico. Sus dientes son los de una serpiente, su lengua está bífida. Se aproxima, su piel está hecha de escamas. Siento que me atacará en cualquier momento. Pero se aproxima a un costado de la escalera y se queda tendido ahí. Su cuerpo se enrosca. Huele a sudor y sangre. 

*   *   *
Las luces navideñas me hipnotizan. Puedo pasar horas mirándolas. Aún a mis 20 años, puedo imaginar cosas como un niño y jugar con cualquier cosa. He terminado de envolver los regalos, puesto todos los arreglos y ahora sólo espero disfrutar mi fecha favorita, la que le da sentido a los últimos insufribles tres meses del año. Pienso en que si Santa Claus existiera, yo podría ser un buen ayudante suyo. 

Veo la base del árbol de navidad, cubierto de regalos y desearía que estuviera plantado sobre la tierra. El olor a pino es muy agradable. Ojalá no tuviéramos que ir a tirarlo cuando se seque, como cada año. Sería bueno que volviera al bosque el resto del año y que apareciera de nuevo cada diciembre. Observo su tronco y tiene muchas terminaciones, grabados naturales. En la base hay una figura curva que abraza el tronco.

Al principio pienso que es un poco de musgo adherido al tronco. Me acerco a observar y noto que en realidad parece una víbora pintada. Saco mi celular para tomarle una foto y noto que ya no está. Pero escucho el siseo. Hay una serpiente verde esmeralda enroscada en el árbol de navidad. Su cola pega con los regalos. Doy un salto brusco hacia atrás, les grito a mi padre y a mi hermano. Ellos, perezosos y pensando que se trata otro de mis juegos, tardan en venir. 

La serpiente me mira con sus ojos de semilla, de fondo negro y contornos dorados. El color de sus escamas es brillante, atractivo. Me quedo paralizado. Se mete entre los regalos y en unos segundos vuelve a salir. Ha dejado una docena de huevos pequeños de los que, en escasos instantes, salen otras víboras más pequeñas que la siguen ascendiendo a las ramas del árbol y tirando las esferas. 

Finalmente, ellos llegan. Están tan sorprendidos como yo. Saint-Étienne no es un sitio de serpientes, a pesar de los rumores peregrinos de que había culebras acuáticas que vivían en el drenaje y que de vez en cuando salían por los excusados a sorprender a los pobres incautos que hacían sus necesidades o que permanecían con el trasero descubierto mientras veían el celular. 

Mi hermano llama a control animal y mi padre toma una vara que tenemos en el patio para intentar mantenerlas a raya. Mi madre es capaz de ponerse en riesgo a ella misma y perseguirlas con un cuchillo si se van a las habitaciones, así que no la llamamos. Los de control animal no responden. Por un momento, no escuchamos más el siseo de las serpientes. Nos miramos confundidos. En cambio, percibimos el sonido de gotas de agua cayendo del techo. 

Luego, un sonido agudo y penetrante. La serpiente más grande se lanza sobre mi padre, lo muerde en el hombro y al instante él cae sobre sus propias rodillas. Intentamos ayudarlo, llamamos a emergencias. Una por una de las serpientes pequeñas se lanzan sobre nosotros. Trepan por nuestras piernas a gran velocidad, muerden cada cierta distancia. 

Tratamos desesperadamente de quitarnos las serpientes del cuerpo, nos revolcamos y sacudimos. Sentimos cómo el veneno de las mordidas fluye y arde por nuestra sangre. Gritamos, pero mamá no aparece por ninguna parte. Mi padre se arrastra cómo puede hacia la puerta, quizás para buscar ayuda con la vecina que es médico. Esperemos que los servicios de emergencia lleguen pronto. Pienso en la navidad y en lo fatídica que se ha vuelto esta noche. A pesar del desastre, los regalos permanecen intactos, la estrella brilla en la punta del árbol y las luces siguen igual de hipnotizantes. 

*   *   *
¿Quién le puso ese ridículo nombre de Saint-Étienne al barrio? Siempre ha sido en verdad el Pozo de las Serpientes, pero ya nadie lo recuerda. Soy viejo, demasiado viejo para recordar cuántos años llevo aquí y cuántas placas de concreto han caído sobre mi guarida, cerca de la entrada al inframundo, con una tarea que no escogí. 

Los que viven allá arriba celebran la navidad. Pero hay muchos calendarios y muchos propósitos que celebrar en este día. La intuición me ha dicho que es el día de liberarlas. Se han estado criando por siglos aquí abajo estas hermosas serpientes, verdes como el veneno de sus colmillos. Volverán a reclamar lo que es suyo y podré descansar en paz. Se abrirán las piedras y espero al fin poder consumirme allí. 

Si no me disuelvo, podré volver a mirar ese momento, que se repite una y otra vez. Acudiré al llamado de mi hijo menor que se queja de ver serpientes en el árbol de navidad, pasarán unos instantes y saltará una de ellas sobre mí. Luego me arrastraré a mirar a la vecina, que intentará ayudarme para terminar con una mordida en su brazo. Después la persecución policial en la que tendré que esconderme en esta alcantarilla. Al último las notas de los periódicos de que misteriosamente aparecieron serpientes en Saint-Étienne, con tres heridos y un desaparecido. 




Comentarios

Entradas populares de este blog

Nívea

Idilio Costero

Blitz (Lluvia de Fuego)

Astillas de Cuba (Parte 1)

Lago Espiral: Parte I