Escalofríos
ESCALOFRÍOS
Goosebumps
Empecé a temblar de frío súbitamente. Me metí en la
cama y me cubrí tanto como pude. La noche había descendido muy rápido, porque
así terminan los días en invierno. Las cobijas no me quitaron los escalofríos
sino que parecieron aumentarlo. A pesar de que helaba afuera, me di cuenta de
que eso no era el motivo de mi agitación. Era tu ausencia, y ya no era
consciente de cuánto tiempo llevaba así.
Vivía una contradicción: la lejanía de tu piel era la
que me producía escalofríos, pero el instante mismo en que me tocabas también.
El amor vuelve intrascendentes las sensaciones del clima: por eso en la costa
soportan dormir con los cuerpos pegados en una hamaca y en los bosques habrá
quienes presuman jamás haber pasado una noche fría. Por eso las estaciones iban
y venían mientras nosotros seguíamos. Cada época del año tenía su luz, su
oscuridad, sus claroscuros y sabores.
No habrá café ni placer oculto que te saque de mis
pensamientos, ni sueño reparador que me devuelva una cordura que quizás nunca
existió. Podría vivir sin ti, meterme en nuevos caminos sin preguntar nada,
pero no lo deseo. Seguiría encontrando melancolía en las aves que cada tarde
van a dormir a los árboles y seguiría inventando las penas de las hormigas que
caminan debajo de mí. Pero los escalofríos seguirían. El calor se volvería una
aberración inútil. La música más un veneno sutil, que un consuelo espiritual.
Me dijiste que hallabas más a Dios en un paisaje y que
los hombres podrían acordarse más de él en una cantina que en misa de ocho. Es
cierto. Podríamos pensar que vivimos en mundo condenado, que seríamos
aplastados al instante y que nunca llegaremos a ser realmente buenos. Soportaste
mis faltas y yo las tuyas. Hicimos penitencia felizmente. Nos dedicamos a vivir
sin pensar en el propósito de la vida, para no morir de dudas o de tristeza. Me
pediste que no dejara que las explosiones no reinaran en mi mente. Admito que
están congeladas y que mi espiritualidad anda errante.
Los templos te causan cierta frialdad, los sentías
vacíos. Una noche cualquiera me dijiste que nuestro colchón tenía algo de
espiritual, que tenía brazos que nos mantenían a salvo de nuestras propias
pesadillas. Mentira, éramos nosotros mismos los que nos cuidábamos de cosas
inexistentes. De cualquier forma me negaría a tirar este colchón, aún si lo
siento cansado de nuestros cuerpos. Sólo nosotros sabemos cómo rezar en este
templo, cómo hacer que el cielo descienda en nuestros propios deseos.
No he querido ir a caminar entre los bosques, como de
costumbre. Llevo algunas noches viendo fuego en la luna, he intentado
fotografiarla sin éxito. Añoro el mar, pero temo que me ahogue sin tocarme. Así
como ahogabas mis dudas en un instante y me sumergías en un estado de
tranquilidad casi psicodélica que me hacía sentir tirado en el césped escuchando
el Dark Side of the Moon de Pink Floyd.
Hay caricias que circulan por las venas sin haber
tocado la sangre y palabras que sin pensarlo se vuelven más amargas que alguna
especia árabe. No has dejado marcas, ni cicatrices, sino auténticas tormentas
caóticas y bellas. Tienen aroma a naranja, hablan con imágenes en todos sepia y
azul. Son fuente inagotable de nostalgia, de lágrimas y sonrisas peregrinas en
cualquier momento del día. No he contado cuántas has dejado, se mueven de un
lado a otro sin control.
Explícame alguna vez cómo dominas tu ternura, porque
no lo he entendido: esa inusual esencia de tus palabras, de tus gestos en
cualquier momento. La razón por la que todos los que intentan describirte lo
hacen mal: se quedan cortos o exageran. Incluso yo me siento inseguro de
hacerlo de forma correcta. Te escapas de cualquier teoría, eres mito sin
sobrenaturalidad.
Quería que mojaras mis labios con vino, déjalos secar.
Y que contemplaras mi cuerpo en la
mañana con una delgada capa de hielo,
como la que yace sobre vidrios, tejados y autos cuando apenas sale el sol. Que
congelaras mis pensamientos como las fuentes muertas por el frío. Diles al
resto que no esperen una sonrisa idiota de mí todo el tiempo y que la ciudad no
me haga tropezarme con mis propios pasos. Sé que te veré en cada reflejo, en
cada semáforo entre las personas que cruzan, vienen y van.
Tenía miedo de despertar de un sueño premeditado, que
había durado demasiado. Los sueños no se rigen bajo nuestro tiempo: puede
transcurrir una eternidad en tan solo unos minutos con los ojos cerrados, y que
un instante se congele por varias horas, como si hubiera sido capturado por la
mente de un artista. Pensé en tu arte y en la sutil inquietud que me producía.
Hacías una geometría sagrada, que se volvía rítmica, dinámica, como una
corriente de viento.
En este espacio que aún es nuestro las fronteras son
confusas. Tu lado de la cama aún permanecía intacto, no quería tocarlo. Nuestras
formas de querernos permanecían en silencio, las fotos nuestras aún sin
revelar. Las ilusiones parecían desvanecerse, para después volver a nacer. No
encontraba el camino en una oscuridad a la que jamás le había temido. Mi cuerpo
seguía ahí, paralizado. Mi mente en todas partes, menos en mi cabeza.
Tuve de nuevo un escalofrío. Como cada vez que vienes
hacía mí y me haces sentir bien. Placer indescriptible, inconfesable, sin
explicación necesaria ni suficiente. Habías ido sólo por un vaso de agua, sin
prestar atención a los fantasmas ociosos de la casa. Volviste a la cama, a mi
lado. Tu ausencia fue, quizás, de unos minutos. Pero el tiempo contigo es tan
relativo como en los sueños. Sólo los escalofríos le ponen medida a nuestros
instantes.

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