Cacao
CACAO
* * *
Ella tiene la piel de un cacao exótico que sólo he visto una
vez en la vida, en las selvas del sur. Es de tonos más suaves, apiñonados;
conserva el aroma húmedo y tropical, pero es de un sabor tan agridulce como
picante. No se agota: ni con los látigos de los días, ni con las consecuencias
de las interminables comidas en las que sus hombros huelen a pimienta. Desafía
al tiempo, a la absurdez de los adjetivos y la inconsistencia de los
sustantivos.
Quizás nuestros labios merecen el castigo de la sequía; en
cambio, recibimos la lluvia cálida bajo las sábanas que no distingue estación
ni hora del día. Ella tiene nombre de flor atormentada, que se esconde entre
las sombras pero a veces reluce frente a las vistas ajenas sin ser tocada. El
espacio de los dos es uno sin leyes constantes ni consuelos apacibles, sin
tiempos gobernables y con un vacío alrededor que parece infinito.
La materia tiene límites, pero el vacío no. Escucho su voz
hablando de cualquier cosa y pienso en una parvada multicolor que se despierta
en alguna parte del mundo. A veces le pido silencio, cuando sus palabras
machacan la línea de mis pensamientos. Pero en otros la dejo hablar, y los
sonidos que salen de su boca van arriba y arriba como una voluta de humo. En
ese ardor de los músculos, la prisa de los sentidos y los débiles reclamos de
la mente mi piel queda envuelta de esa nube oscura de cacao. Le llamo por su
nombre, siento que me pierdo.
* * *
Hubo una vez en que yo caí de las escaleras y apenas evité
rodar por ellas. Me levanté con rapidez, acomodé mi cabello y mi camisa. Pero
más abajo, iba ella, avanzando rápidamente. Sonreía, casi evitaba la carcajada.
Seguramente me había visto. Sus cabellos espigados seguían el ritmo de sus
pies. Recordé su espalda, como si fuera el contorno de un río que atraviesa las
montañas. Aquella vez no supe que todo era un presagio.
Soñé aquella noche que tenía un arco en las manos y ella
corría por un pastizal exuberante. Entonces, le disparaba una flecha y ella
caía. Su risa se proyectaba por el cielo, los árboles distantes incluso
formaban una muralla de ecos resonantes. Me vi entonces: mi cuerpo estaba
atravesado por flechas totalmente. Sangré por un buen rato, pero me sentía
feliz. Contemplé mi tragedia sin miedo, con el cuerpo tembloroso pero
regocijado. No hubo gesto alguno de piedad desde el cielo. No hubo distinción
entre placer y dolor.
Ella siempre ha sido escurridiza e inoportuna. En el coctel
de opciones que da la vida ella era el caballo negro. Sus manos sobre mi
espalda eran como espinas de maguey saladas que hacían de mis planes pedazos
errantes. Fallaba a mi palabra, era desleal. Comía sin hambre, bebía sin sed.
No había redención. Ella siempre ha sido dueña de sí misma, pero no le interesa
esclavizarme. Es débil a su modo; quizás al tocar sus puntos dolorosos saldría
disparado por los aires. Mejor no caer en pánico, ni contar los días y las
horas. En el placentero color gris, no hay tiempo.
* * *
En otra ocasión hubo una reunión familiar impresionante. Se
juntaban todos desde las cuatro (o seiscientas) esquinas del país para una
comida memorable, debido a un aniversario relevante que no puedo recordar.
También asistieron amigos de la familia muy cercanos. Casi toda la gente
importante para mí estaba ahí. Me esperaron impacientes como el último cachito
que faltaba para la fotografía. Pero no llegué.
Habrán dicho mi nombre mil veces. Esa mañana no pensaba
faltar. Había comprado una camisa nueva, estaba autocomisionado para llevar
unos recuerditos y no había dudado en llamar a varios de ellos para
encontrarlos ahí. Me sentía motivado. Pero luego vino ella, en la fila de la
tienda de autoservicio. Vi el espacio carnoso entre sus labios, su piel bajo la
caprichosa transparencia de su vestido. Y otra vez el carnaval eterno de la
tormenta eléctrica de su piel sobre mis nervios.
Dejamos los carritos estorbando frente a las miradas incrédulas
de los otros clientes. Nos largamos a quién sabe dónde: perdí el sentido de
orientación después de media hora de viaje. Era un hostal con olor a naranja y
mar. Muchas cosas ocurrieron en aquellas horas. Juré que al sostener con fuerza
su frágil espalda en un vaivén huracanado sentí que tenía alas; pero sin plumas
ni pliegues. Miré su expresión mientras tenía los ojos cerrados y luego su
mirada de hielo rojo.
Luego de un largo silencio sentenció: “No habrá caballo
blanco que te lleve a casa”. Preferí no responderle y me quedé recostado
sintiendo el peso de mi cuerpo, como si la cama fuera a desvanecerse en
cualquier momento. Mi sien palpitaba en cada ocasión que ella se apoderaba de
mis labios. Entonces me deshacía y sentía que mi cuerpo era roca fundida que
navegaba del centro del planeta hacia ningún lugar. Hubo un momento en que ya
no pensé en nada, sólo las oleadas de un horizonte desdibujado que no daban
descanso a los músculos.
* * *
Fueron cuatro semanas en las que noche tras noche desperté
con frío al menos tres veces. Días de comidas insípidas, horas rápidas, pero
muertas. Ahí seguía ella, con una constelación de hombres y mujeres
contemplando la obra maestra de su cuerpo, tal vez sin entenderla. Luego
también estaba yo, con mi propia constelación de hombres y mujeres a quienes
apenas escuchaba. Había noches en las que todavía nos encontrábamos y
navegábamos en el mismo mar impredecible de siempre.
El deseo fue mayor con el tiempo. No hubo sentimientos ni
ternura. No nos amábamos realmente, tampoco había trascendencia en nosotros.
Éramos la aurora boreal perdida en el trópico; vista una vez por una
anormalidad. No había belleza más allá de la carne: sólo el deseo inagotable,
el sudor imperecedero, los aromas de las naciones de nuestros cuerpos alcanzándose
y la reinvención noche tras noche de un pecado que tenía esencias del Edén.
No hubo lugar para nosotros más allá. Vi su mirada herida por
los disparates de mis palabras: contemplé sus lágrimas como la materialización
de un milagro. Me cerró la puerta en su cara y caminé en una noche de cielo
aburrido. Vi mi sombra y sentí dolor: ahí estaba el cúmulo de flechas
enterradas, venidas de todas partes. Pensé en familiares y amigos, pero ya
todos se habían ido. Ahí estaba el paso del tiempo: la soledad. Compré un metro
de cuerda y al extenderla noté que se convertía en una guirnalda de flores que
olía a cacao. Reí con lágrimas en los ojos, preparé el próximo nudo.

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