Cacao


CACAO

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Ella tiene la piel de un cacao exótico que sólo he visto una vez en la vida, en las selvas del sur. Es de tonos más suaves, apiñonados; conserva el aroma húmedo y tropical, pero es de un sabor tan agridulce como picante. No se agota: ni con los látigos de los días, ni con las consecuencias de las interminables comidas en las que sus hombros huelen a pimienta. Desafía al tiempo, a la absurdez de los adjetivos y la inconsistencia de los sustantivos.

Quizás nuestros labios merecen el castigo de la sequía; en cambio, recibimos la lluvia cálida bajo las sábanas que no distingue estación ni hora del día. Ella tiene nombre de flor atormentada, que se esconde entre las sombras pero a veces reluce frente a las vistas ajenas sin ser tocada. El espacio de los dos es uno sin leyes constantes ni consuelos apacibles, sin tiempos gobernables y con un vacío alrededor que parece infinito.

La materia tiene límites, pero el vacío no. Escucho su voz hablando de cualquier cosa y pienso en una parvada multicolor que se despierta en alguna parte del mundo. A veces le pido silencio, cuando sus palabras machacan la línea de mis pensamientos. Pero en otros la dejo hablar, y los sonidos que salen de su boca van arriba y arriba como una voluta de humo. En ese ardor de los músculos, la prisa de los sentidos y los débiles reclamos de la mente mi piel queda envuelta de esa nube oscura de cacao. Le llamo por su nombre, siento que me pierdo.

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Hubo una vez en que yo caí de las escaleras y apenas evité rodar por ellas. Me levanté con rapidez, acomodé mi cabello y mi camisa. Pero más abajo, iba ella, avanzando rápidamente. Sonreía, casi evitaba la carcajada. Seguramente me había visto. Sus cabellos espigados seguían el ritmo de sus pies. Recordé su espalda, como si fuera el contorno de un río que atraviesa las montañas. Aquella vez no supe que todo era un presagio.

Soñé aquella noche que tenía un arco en las manos y ella corría por un pastizal exuberante. Entonces, le disparaba una flecha y ella caía. Su risa se proyectaba por el cielo, los árboles distantes incluso formaban una muralla de ecos resonantes. Me vi entonces: mi cuerpo estaba atravesado por flechas totalmente. Sangré por un buen rato, pero me sentía feliz. Contemplé mi tragedia sin miedo, con el cuerpo tembloroso pero regocijado. No hubo gesto alguno de piedad desde el cielo. No hubo distinción entre placer y dolor.

Ella siempre ha sido escurridiza e inoportuna. En el coctel de opciones que da la vida ella era el caballo negro. Sus manos sobre mi espalda eran como espinas de maguey saladas que hacían de mis planes pedazos errantes. Fallaba a mi palabra, era desleal. Comía sin hambre, bebía sin sed. No había redención. Ella siempre ha sido dueña de sí misma, pero no le interesa esclavizarme. Es débil a su modo; quizás al tocar sus puntos dolorosos saldría disparado por los aires. Mejor no caer en pánico, ni contar los días y las horas. En el placentero color gris, no hay tiempo.

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En otra ocasión hubo una reunión familiar impresionante. Se juntaban todos desde las cuatro (o seiscientas) esquinas del país para una comida memorable, debido a un aniversario relevante que no puedo recordar. También asistieron amigos de la familia muy cercanos. Casi toda la gente importante para mí estaba ahí. Me esperaron impacientes como el último cachito que faltaba para la fotografía. Pero no llegué.

Habrán dicho mi nombre mil veces. Esa mañana no pensaba faltar. Había comprado una camisa nueva, estaba autocomisionado para llevar unos recuerditos y no había dudado en llamar a varios de ellos para encontrarlos ahí. Me sentía motivado. Pero luego vino ella, en la fila de la tienda de autoservicio. Vi el espacio carnoso entre sus labios, su piel bajo la caprichosa transparencia de su vestido. Y otra vez el carnaval eterno de la tormenta eléctrica de su piel sobre mis nervios.

Dejamos los carritos estorbando frente a las miradas incrédulas de los otros clientes. Nos largamos a quién sabe dónde: perdí el sentido de orientación después de media hora de viaje. Era un hostal con olor a naranja y mar. Muchas cosas ocurrieron en aquellas horas. Juré que al sostener con fuerza su frágil espalda en un vaivén huracanado sentí que tenía alas; pero sin plumas ni pliegues. Miré su expresión mientras tenía los ojos cerrados y luego su mirada de hielo rojo.

Luego de un largo silencio sentenció: “No habrá caballo blanco que te lleve a casa”. Preferí no responderle y me quedé recostado sintiendo el peso de mi cuerpo, como si la cama fuera a desvanecerse en cualquier momento. Mi sien palpitaba en cada ocasión que ella se apoderaba de mis labios. Entonces me deshacía y sentía que mi cuerpo era roca fundida que navegaba del centro del planeta hacia ningún lugar. Hubo un momento en que ya no pensé en nada, sólo las oleadas de un horizonte desdibujado que no daban descanso a los músculos.

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Fueron cuatro semanas en las que noche tras noche desperté con frío al menos tres veces. Días de comidas insípidas, horas rápidas, pero muertas. Ahí seguía ella, con una constelación de hombres y mujeres contemplando la obra maestra de su cuerpo, tal vez sin entenderla. Luego también estaba yo, con mi propia constelación de hombres y mujeres a quienes apenas escuchaba. Había noches en las que todavía nos encontrábamos y navegábamos en el mismo mar impredecible de siempre.

El deseo fue mayor con el tiempo. No hubo sentimientos ni ternura. No nos amábamos realmente, tampoco había trascendencia en nosotros. Éramos la aurora boreal perdida en el trópico; vista una vez por una anormalidad. No había belleza más allá de la carne: sólo el deseo inagotable, el sudor imperecedero, los aromas de las naciones de nuestros cuerpos alcanzándose y la reinvención noche tras noche de un pecado que tenía esencias del Edén.


No hubo lugar para nosotros más allá. Vi su mirada herida por los disparates de mis palabras: contemplé sus lágrimas como la materialización de un milagro. Me cerró la puerta en su cara y caminé en una noche de cielo aburrido. Vi mi sombra y sentí dolor: ahí estaba el cúmulo de flechas enterradas, venidas de todas partes. Pensé en familiares y amigos, pero ya todos se habían ido. Ahí estaba el paso del tiempo: la soledad. Compré un metro de cuerda y al extenderla noté que se convertía en una guirnalda de flores que olía a cacao. Reí con lágrimas en los ojos, preparé el próximo nudo.






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