El Valle de las Lagunas Negras
EL VALLE DE LAS LAGUNAS NEGRAS
Él caminaba por un parque pensando en el sentido de su vida,
como cualquier persona de su planeta. Avanzaba tranquilamente sobre los caminos
de tezontle rojo escuchando sus pasos, mirando los árboles florecientes por el
exceso de luz de mediodía y deteniéndose cada cierto tiempo a cavilar alguna
idea oportuna. Era un hombre de mediana edad, con dos hijos a quienes veía cada
domingo y que tenía una irresistible manía por coleccionar fotografías de
periódico, con las que formaba auténticos murales de rostros. Trabajaba como supervisor
en una fábrica, pero jamás había abandonado los paseos vespertinos.
Hasta que ocurrió. En un instante desgraciado tropezó con una
piedra gris de rayas negras y cayó rápidamente al piso sin poder meter siquiera
las manos. Sintió el dolor de las pequeñas piedras del camino clavadas en su
cuerpo, sobre todo en su cara. Alcanzó a abrir los ojos, confundido. Los cerró
poco después y perdió la conciencia. Quienes caminaban por ahí lo miraron caído
pero no lo ayudaron. Luego su cuerpo desapareció, así como mucha gente en su país.
Despertó sobre una superficie blanca y brillante que se
extendía por todo el horizonte como los salares bolivianos. Se tocó la cabeza,
tenía una herida considerable; miró su piel y quedaban las marcas de las piedras.
Sin embargo, no sentía dolor. Se creyó muerto, pero descubrió que respiraba, su
corazón latía y que en general tenía signos vitales. “Seguro estoy teniendo una
alucinación en el hospital”, pensó. Se resolvió a seguir el juego y a caminar
por esa superficie que parecía no tener fin.
Hubo un punto en que se acabó el horizonte blanco y sólo se
veía una terminación en punta. Se acercó hasta ahí con gesto curioso. Sentía
una paz en la que no recordaba sus dificultades ni sus problemas, pero tampoco
sus motivos de felicidad: su circunstancia personal estaba extraviada en alguna
parte. Llegó al borde. Se asomó y miró los costados que parecían precipicios
eternos, con capas blancas que se sucedían unas a las otras. El silencio desapareció,
sonaba muy fuerte el viento.
En el último espacio antes del precipicio había un árbol muy
ancho y alto, de corteza vieja, que parecía haber estado ahí por siglos. Se
sintió en medio de la mitología nórdica y ascendió a él trepando con la
agilidad que jamás tuvo de niño, sin temor de caer. El viento soplaba con mayor
fuerza en el tronco, pero en las ramas había una tranquilidad armoniosa.
Conforme llegó a una mayor altitud contempló el valle blanco de lagunas negras
por el que había caminado. Le tomó al menos una hora llegar hasta la copa del
árbol donde la madera formaba una pequeña cuenca donde pudo sentarse.
Quien mira desde el cielo lo que se camina bajo el suelo,
adquiere cierta dimensión de profeta. El hombre leyó sobre el valle blanco,
como quien miró las líneas de Nazca desde un avión por primera vez. Los valles
negros eran letras que se sucedían en secuencias entendibles. Dotado de una
vista envidiable desde niño, pudo leer hasta las últimas letras del fragmento
de una historia que describía a su mundo, pero que también lo mencionaba a él,
en relación con una persona que no recordaba haber conocido.
“Será el verdadero amor de mi vida”, pensó. Todo parecía
indicarlo, desde sus propios pensamientos. Quien mira la clara tendencia del
futuro en el presente se ilumina, pero también duda. Mirar un poco siempre abre
el deseo de observar más. El hombre leyó una y otra vez el fragmento; en cada
lectura, descubría una revelación distinta. De la felicidad por el asombroso
descubrimiento, llegó una ira que avanzaba silenciosamente en sus pensamientos.
“¿Por qué tuve que pasar todo esto? Nunca lo supe, es cruel…mi
matrimonio, las lágrimas derramadas, las horas de trabajo son una mentira, no
tienen sentido. No me dirijo hacia ese lugar realmente”, se cuestionó. Él, que
se creía orgulloso dueño de sus acciones, ahora era personaje de una historia
de lazos invisibles, ligado a una protagonista que no conocía. Su vida estaba
dentro de los caprichos de otra. Sintió frío, se arropó con las frondosas ramas
del árbol. Los sentimientos que habían estado ausentes por varias horas volvían
como pellizcos de vergüenza, como los que sintieron Adán y Eva al descubrirse desnudos
en pleno Edén.
Rozó por un instante el siguiente borde y se aferró con las
manos a la superficie blanca. Ahí había otro árbol. Luchó para impulsarse y
escalar, sintió sudar todo su cuerpo y los músculos más tensos que nunca;
maldijo una y mil veces…pero el viento lo derribó y ya no pudo aferrarse a
nada. La cantidad de bordes era muy grande: perdió la cuenta a las 200 antes de
caer y perder la conciencia una vez más.
Al despertar, el suelo no era blanco, sino café con infinitas
terminaciones oscuras y mucho más sólido. El hombre aún distinguía eso que
desde arriba parecía un precipicio blanco. Distinguió aún los bordes y corrió
ansioso para entrar a algún otro y acceder a otro árbol. Antes de llegar, una
gigantesca mano lo tomó. Se descubrió corriendo en círculos sobre la piel. Al
mirar hacia arriba vio el más grande rostro que pudo haber imaginado.
Distinguió los poros de la piel, la profundidad de los ojos,
la monstruosidad de la nariz y la sequía de sus labios. Supo que estaba frente
a su creador. Le habló y le gritó muchas cosas. El escritor contempló curioso
su creación materializada, tal y como lo imaginó, vuelto carne por alguna magia
literaria. Dudó, pero supo lo que tenía que hacer. Lo bajó de su mano al
escritorio y lo miró correr por la madera hacia el libro. Lo aplastó con su
dedo índice hasta que no quedó rastro de él. Pensó en cómo solucionar la
ausencia del personaje y siguió escribiendo.

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