Gritos
GRITOS
La primera vez que Dave leyó de la Cañada de la Desgracia fue
en un comentario en uno de sus videos en YouTube. Llevaba un par de años
invirtiendo su tiempo libre en producir y subir contenidos audiovisuales un
tanto improvisados a un foro digital acerca de temas paranormales, relatos
siniestros, leyendas urbanas e historias fantasiosas de cualquier cosa que
oliera a misterio. Sus publicaciones gozaban de muchas reproducciones, a pesar
de que sus grabaciones solían ser borrosas.
El comentario era largo, pero generaba interés. Hablaba de un
lugar entre las serranías infinitas de Guerrero y Michoacán que era una
auténtica puerta al Infierno a cielo abierto. En aquel lugar la tierra ardía
desde las rocas hasta la tierra tropical, las plantas mostraban indicios de
quemaduras pequeñas, prevalecía un olor a azufre y, sobre todo, los gritos de
desesperación por inimaginables tormentos ocurrían todo el día. Los pobladores
habían dado por muertas esas tierras y preferían no acercarse. Ir de visita
parecía una invitación para no volver.
El relato parecía fantasioso, pero incluía unas coordenadas
que Dave fácilmente encontró. Navegó sobre el mapa digital, y encontró la
ubicación de la presunta cañada. El comentario también hablaba de un triángulo
que formaban los tres pueblos más cercanos, donde el centro esa ese lugar. Era
cierto: las tres poblaciones se veían oscuras en la fotografía satelital. Sin
embargo, al prestar más atención, notó que otros dos cerros formaban líneas que
integraban la figura de una estrella de cinco puntas.
En solo unos minutos, Dave ya le estaba pidiendo a uno de sus amigos, un camarógrafo
recientemente desempleado, que fueran a ese lugar “a todas luces satánico”.
Hicieron las primeras tomas aún en la capital, y tomaron el primer camión
posible hacia el noroeste de Guerrero. Tuvieron que hacer una escala en Iguala,
para tomar un pequeño camión viejo hacia uno de los pueblos que formaba uno de
los vértices del triángulo. Buscaban hablar con la gente, pero ellos mantenían
una callada furia y a la vez un semblante melancólico. Sus cicatrices eran
evidencia de historias que dolían pero que quizás jamás volverían a ser
contadas.
En todo el viaje, no dejaron de surgir dudas acerca de qué
tan verídica era la historia. El silencio de los pobladores ante esa pregunta
sólo generaba dudas. Otros contestaban en lenguas indígenas. “Ya inventaremos
algo si resulta no haber nada”, comentó Dave cuando llegaron a la terminal. Se hospedaron en el único hotel del pueblo. Un
día después de sobrevivir al terrible calor de casi 40°C y a insectos que
desafiaban a la imaginación, se decidieron a ir a buscar la cañada de una vez.
Se arreglaron con unos vendedores quienes se ofrecieron a
llevarlos, con la condición de que los ayudarán a subir unas cajas de fruta tapadas
y sospechosamente pesadas. Aún sentían dolor en sus brazos y espaldas cuando los
dejaron en la entrada de la vereda que iba a la cañada, al costado de un camino
rural que se perdía hacia las cimas de esas serranías verdes. Aseguraron que volverían por el mismo camino
alrededor de las 6 de la tarde. En ese remanso aún se escuchaban el canto de
las aves y el alboroto de los pericos. Pero al internarse unos veinte metros en
la vegetación, empezó a reinar el silencio.
Pasó poco tiempo antes de que encontrarán la cañada, la cual
no era tan pronunciada ni alta como pensaban, pero sí larga. A diferencia del
resto del lugar, no crecían árboles ni vegetación exuberante: los pastos eran
amarillos, la tierra era de un color oscuro más intenso. En el fondo parecía
correr un riachuelo de aguas rojizas traslúcidas. La desolación de esa tierra
de nadie los hizo detenerse un momento. Comenzaron con las tomas del lugar,
luego de mirar repetidamente en todas direcciones. Se sentían vigilados.
Decididos a aprovechar el viaje, empezaron por descender
entre esos caminos de tierra negra. Con cada paso sobre la maleza seca brotaba
más el miedo en sus estómagos, y escuchaban sus latidos acelerados. La
grabación lucía temblorosa, la voz de Dave también. El calor parecía
incrementar en oleadas cada vez más intensas. Al pisar un pequeño agujero
surgió un leve vapor de azufre que el camarógrafo inhaló. El aturdimiento de
unos segundos le trajo una visión en tonos rojos y negros. Al volver en sí,
brincó y encontró un objeto en el suelo.
Eran la hoz y el martillo: un llavero comunista de metal
oxidado al que le faltaba la estrella victoriosa. En un costado estaba la mitad
de una chaqueta verde con restos de quemaduras y varios casquillos de bala.
Dave se apresuró a levantar el objeto y lo soltó al instante: ardía. La tierra
bajo sus pies parecía un comal que lentamente ardía cada vez más. Filmaron a
detalle, y siguieron el camino cuesta abajo, teniendo cuidado de no tropezar
con las numerosas y diminutas rocas puntiagudas que casi cubrían algunas partes
del camino.
Al esquivar un matorral, Dave escuchó un crujido bajo sus
pies. Al mirar, encontró que había quebrado unos delgados huesos, frágiles como
los gises. Los apartó de una instintiva patada y descubrió los restos de un
cráneo humano con numerosas abolladuras. No se atrevió a tocarlo. Retrocedió
con las piernas temblorosas pensando en irse de ahí. Por cada paso sentía que
unas manos apretaban sus costillas y cayó. Su compañero se burló, pero notó que
ahora en su cara había restos de quemaduras. La piel le ardió intensamente un
par de minutos en los que gritó como un animal herido. Hubo eco, pero no
respuesta de ningún otro ser viviente.
Un poco de agua solucionó el problema. El breve camino hasta
el riachuelo se volvió largo por el tronar de más huesos y la diversidad
escabrosa de objetos que yacían en el suelo: ropa, morrales, zapatos, botas,
libros pequeños deshojados, mapas, muchísimos casquillos de bala y escasos
crucifijos. La mayoría de ellos estaban ligeramente consumidos; en algunas de
las páginas habían quedado impresas sendas gotas de sangre.
El tono rojizo del riachuelo se incrementó conforme se
acercaban. A pesar de que había una ligera corriente, el agua no emitía ruido.
Enfrente la cañada era ligeramente más pronunciada por un pequeño promontorio
de roca que formaba una oquedad. Era una pequeña cueva en la que a lo mucho
cabían tres personas, de escasa profundidad. Filmaron el camino hasta la
cavidad, algunas nubes grisáceas rompieron con el día soleado.
El interior de la pequeña cueva estaba casi teñido de rojo.
El olor a azufre y el calor se concentraban mucho más. Filmaron la cañada que
habían recorrido penosamente y comentaron entre dientes. Sus voces tuvieron una
profunda resonancia que se proyectó por varios segundos hasta que se
disolvió…para convertirse en un grito agudo penetrante. Era la voz de una mujer
que clamaba con desesperación con palabras deshechas; le siguió la de un
hombre, y luego la de otras personas más.
La multitud de gritos los hizo caer de rodillas y terminar con la piel manchada
de ese tinte rojo que cubría la cueva. Se miraron uno al otro: sus pupilas
estaban dilatadas, ellos mismos gritaron con más fuerza hasta que perdieron la
respiración. Los gritos se prolongaron, distinguieron palabras y nombres.
Consignas revolucionarias, socialismo o muerte, maldiciones contra el Estado,
que su sangre fertilizaría las raíces de la tierra. Solemnidad y desesperación,
el martirio del cuerpo por los ideales.
Dejaron de preocuparse por qué salía registrado o qué no.
Había un hueco pequeño en la cueva. Dave puso su mano ahí y sintió una piel
áspera. La quitó de inmediato y ambos exploradores salieron de la cueva. Al
mirar al horizonte de la cañada distinguieron unas sombras que avanzaban al
ritmo de la corriente del viento que había concentrado las nubes aún más. Sabían
que tenían que salir de ahí. Dejó de importarles cualquier tipo de
investigación. Quedaba un remanso de gritos en sus mentes e imágenes de sangre regada
por todas partes.
Cruzaron el riachuelo y empezaron a ascender por la cañada.
Ahora escuchaban sonidos de incesantes ráfagas de balas, y de cuerpos cayendo a
sus espaldas. Se detuvieron al final. Detrás de ellos todo seguía igual.
Caminaron nuevamente hacia la vereda y distinguieron a un par de hombres
vestidos de verde, de rostro camuflado, con la bandera de su país en una manga.
Dave reconoció la mirada furiosa de una de ellos, igual que muchas de las que
había visto en un desfile del Día de la Independencia el año pasado.
Sin mediar palabra salieron corriendo. Los hombres verdes
cortaron cartucho y los persiguieron por varios metros, hasta que ellos
lograron escabullirse en un costado del camino. La cámara salió volando y quedó
en medio del camino. Buscaron unos minutos sin éxito. El ambiente se había inundado de azufre con
más fuerza. Los encontraron por los restos rojizos de la cueva que caían de su
ropa. Nada les dijeron con las torturas, porque nada sabían. Ambos cayeron por
una incesante descarga de balas. Con el cuerpo joven agujereado, escucharon los
gritos por última vez.
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