Mareas Supremas
No supe cómo terminamos aquí. No supe en qué momento los
sinuosos caminos que atravesaban montañas y llanos verdes olvidados se
terminaron en este lugar. Mis padres siempre tan originales al elegir sitios
para visitar en las vacaciones…quién sabe de dónde sacan estas ideas tan
sorpresivas.
“¿A dónde vamos?” había preguntado yo horas antes. “Vamos a
Grecia, al mar y sus miles de islas” me respondieron. Los miré extrañado. “Sé
que te gustará y lo disfrutarás, ya lo verás”. Asentí con un gesto incrédulo.
Estábamos en una carretera cubierta de neblina con autos excéntricos que apenas
eran visibles. Nos había tragado una gran nube.
Las subidas y bajadas del camino, con sus respectivos
precipicios, se agotaron. El camino se
volvía más claro y la luz, tenue, comenzaba a colarse entre las nubes. Ahí pude
ver con claridad cuál era nuestro destino, el sitio elegido por mis padres para
pasar un fin de semana de descanso, lejos de la caótica ciudad.
Vi un pueblo. Pero no cómo los que había visto antes; no era
colorido, pero tampoco indiferente a la vista. Eran unos caseríos grises,
enclavados a la orilla de un mar oscuro. “Un pueblo pesquero” pensé. Pero la
ausencia de muelles y botes me hizo desmentir esa primera impresión.
Alguien a quien le contara diría que era un panorama deprimente.
Para mí no lo era. Me causó curiosidad. El tronar de las olas que escuchaba con
claridad en mi oído, los autos viejos estacionados, la forma en que los tejados
caían y el silencio de las calles despertaron mi interés. A lo lejos se veía
una desgarrada bandera griega, con sus
barras azules y blancas ondeando; pero casi no había viento.
El auto de mi padre rompió el silencio de los callejones estrechos
hasta llegar a uno de los extremos del pueblo. Nos dirigíamos al hotel donde
nos hospedaríamos. Este resultó ser una edificación de lo más extraña, de
siglos de antigüedad. Era un palacio blanco, con detalles renacentistas, pero construido
en vertical. ¿A quién se le había ocurrido construir algo así? Era como si
tomarán el Partenón de Atenas y lo reconstruyeran a los modos de un edificio de
apartamentos.
El viento soplaba ya con más fuerza y amenazaba con llover.
No hacía frío; nos sentimos cómodos con las ligeras chamarras que llevábamos.
Entramos a la recepción del lugar, un cuarto amplio pintado de tonos rojizos y
con un montón de reliquias viejas a manera de adorno. Los muebles apestaban a
barniz viejo. Los sillones y sillas parecían haberse quedado con el recuerdo de
cientos de personas.
Mi madre ya había hecho reservación. El recepcionista, un
hombre con arrugas, cabello oscuro y ojos esmeralda profundos, se limitó a
darnos la llave de la habitación y a desearnos una buena tarde. “Sí señora, tal
como lo pidió, con vista al mar”. Ella dio las gracias. Nos dirigimos a las
escaleras y noté que este curioso individuo escribía en griego en un libro de
pastas viejas.
La habitación era sombría y daba lo mismo encender la luz que
dejarla apagada. Era como si el aire ya fuera oscuro de por sí. Las camas eran
cómodas; había grandes muebles y dentro de ellos, cajones repletos de adornos,
piezas de cristal, hojas con escritos ininteligibles y libros de los más
diversos temas. También había juegos de mesa.
Como no teníamos hambre, elegimos un juego de dominó para pasar
el rato. Mis padres sonreían felices como no los había visto antes, se
abrazaban y se miraban mutuamente con semblante relajado. ¿Por qué los haría
tan alegres un lugar así? No lo sé, sólo sé que a esas emociones cada loco
llega de forma distinta.
Revolvimos las piezas y cada quién eligió las suyas. Fugaz
salió la mula de seis. El juego continuó con risas y con las piezas saliendo de
forma caprichosa; se prolongó tanto que nadie ganaba y las horas seguían su curso
en el reloj. Finalmente mi padre consiguió deshacerse de su última ficha y
cantó victoria. En ese momento un relámpago iluminó las ventanas y retumbó un
trueno con una ferocidad extraordinaria.
Nos miramos los tres,
un poco desconcertados pero a la vez fascinados por el efímero espectáculo.
Comenzó a llover, cada vez más fuerte. Mis padres quisieron jugar de nuevo y
volvieron a acomodar las fichas.
Me asomé a la ventana y me quedé viendo por unos instantes.
Noté dónde estábamos realmente. El hotel tenía como cimientos las rocas de un
pequeño acantilado, podrían culparme de ignorante, pero parecían volcánicas.
Las gotas empañaban los vidrios, pero dejaban ver un mar inmenso que comenzaba
a agitar sus aguas, como si recién acabara de despertar.
Llegó una segunda partida de dominó, más larga que la
anterior. Nos trajeron comida, de esas cosas raras que comen los griegos, pero
con buen sabor. Salir al pueblo era imposible. Nos asomamos por un balcón del
hotel y sólo se veían las hileras de agua caer sobre los tejados circulares y
las calles. Unas aves negras volaban y daban vueltas entre las columnas de
agua, danzando entre la lluvia. Jamás había visto eso.
Los constantes relámpagos iluminaban la oscuridad de las
nubes. En esos momentos veía detalles, de esos que causan intriga. Vi grabados
en los muros de las casas, letreros viejos que estaban por caerse, el
caprichoso contorno de los últimos Balcanes y la cordillera del Pindo, calles
blancas que luego se volvían grises y gente que caminaba tres pasos para luego
desaparecer. Los truenos me devolvían a la realidad, o lo que yo creía que era.
La lluvia se volvió tormenta y continuó por horas. Mis padres
se pusieron a contar anécdotas y otras historias inventadas. Yo los escuchaba y
disfrutaba la conversación, pero a la vez tenía ansiedad. No de la mala, sino
de esa inexplicable que persistirá hasta ser saciada felizmente.
Escuchamos un estruendo en las paredes; los muebles
temblaron, varias cosas se cayeron y otras cambiaron drásticamente su lugar.
Nos asomamos a las ventanas. El acantilado ya había sido rebasado. Las olas
rompían violentamente contra las paredes del hotel y las ventanas. Sin embargo
estas no cedían.
Me acerqué más. Vi el vaivén interminable de la marea
tormentosa, vi como el agua se tornaba turquesa cuando estaba a centímetros de
mis ojos y como no amenazaba con inundar la habitación. Casi podía tocarla. Con
el reflejo, mis ojos dejaban de ser marrones para volverse una tempestad azul.
“¿No tienes miedo?” preguntó mi madre. “No” respondí, sin
voltear a verla. Era una sinfonía el escándalo de la lluvia y de las olas
reventando enfrente de mí. Un poco más de imaginación y nuestra habitación se
desprendería para surcar esas aguas insaciables, rompiendo olas sin mojarnos
siquiera.
Mi cuerpo permanecía quieto. Sonreí. Olvidé todas las
malditas trivialidades y frustraciones minúsculas que habían estropeado mis
últimas semanas. Recordé las palabras de muchas personas. Recordé que a mí la
lluvia me hacía feliz y los días secos me deprimían. Que ya no me acordaba de
lo que era sonreír así.
No sé cuánto tiempo pasé ahí, pero sé que estuve hasta que la
tormenta se acabó. Sé que vi muchos barcos perderse entre las aguas, de los que
uno ya no vería hoy en día; atenienses, persas, romanos, fenicios, árabes, las
flotas europeas y sus diseños complicados, navíos destructores del siglo pasado…a
todos ellos se los tragó el mar y los monstruos marinos que aprovechaban las
crestas de las olas para salir a atacar. Imaginé mucho quizás, pero eso fue lo que vieron
mis ojos.
No tomé fotografías, los aparatos electrónicos se quedaron
misteriosamente sin batería y no volvieron a encender. En la mañana siguiente,
salimos del extraño hotel para dirigirnos a una corta visita al pueblo. Las
casas dejaron de ser tan grises y adoptaron un tono más claro. En el pasado
habían sido blancas como la nieve.
No encontramos mucho y la gente del lugar tampoco reveló
muchos detalles. No había módulo de información turística. La gente hablaba un
dialecto extraño que apenas y se parecía al griego. Por lo mismo, no pudimos
comprar cosa alguna en el amplio mercado del lugar.
Mi madre dijo que sería buena idea ver el atardecer en un
sitio cercano: un mirador que se encontraba enclavado en una montaña que era
bañada en sus faldas por el mar. Aceptamos de inmediato y nos dirigimos
nuevamente a las intrincadas montañas, para desviarnos en un atajo sin
señalización, entre la vegetación y unos olvidados plantíos de olivo.
Cuando llegamos, el sol estaba por caer. El mirador no era un
sitio cualquiera. Era un anfiteatro gris con detalles brillantes y grabados de
olas, navíos, monstruos marinos y soles decadentes. El tridente de Poseidón
figuraba en el centro. Nos sentamos y nos dispusimos a observar.
Ya no había nubes. El cielo de tonos claros comenzó a
volverse naranja, como si comenzara a encenderse en llamas y lo que tuviéramos ante
nuestros ojos, fuera un incendio celestial. El aro dorado jugueteaba a
esconderse caprichosamente entre el mar.
El océano ya no era oscuro. Era turquesa. Pero no como el de
Yucatán, el de los paraísos exóticos del Pacífico o de la ridícula publicidad.
Era un tono de azul que conmovería hasta el llanto a cualquier persona
interesada en los colores. Ningún pintor lo igualaría ni tampoco una fotografía
contendría todo su poder. Se extendía hasta el horizonte, hasta la infinidad.
Me incliné. Me sentí una partícula de la nada ante algo así.
Mi madre tenía razón: ese lugar me haría feliz. El sol cayó
finalmente, pero no oscureció. Notamos que había un pequeño muelle a unos
cuantos metros debajo del mirador. Caminamos hasta él, curiosos. El mar estaba
en calma y se movía con parsimonia bañando las rocas.
Encontramos un pequeño bote de vela, listo para zarpar. No
sabíamos de quién era, ni tampoco había señal alguna de vida por ahí. Lo
abordamos. Comenzamos a navegar entre ese mar infinito y sus costas trazadas
por la mente más creativa y ociosa del Universo.
Olvidé los detalles absurdos de la escuela, los discursos
aburridos, los augurios pesimistas y la forma en que aquella chica me había
rechazado tan sonriente. Me acordé de que mi primer viaje había sido al mar y
de que siempre lo había añorado. Me acordé de Ulises y su Odisea. Le pregunté a mis padres: “¿A dónde vamos?”. Mi
madre me dijo: “Sé que te gustará, ya lo verás”.
¡Gracias por leer este cuento! En una semana vendrá otra historia. Por favor, compartan y comenten :)
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