Parque Ficción
Podíamos correr. Dijiste que ya no podíamos movernos. Que las
voces te agobiaban y que tus obligaciones interminables sacudían tus días hasta
dejarte exhausta. Que no deseabas dormir, sino huir a donde tus sueños no
pudieran tocarte. Tan cansada estabas que dejaste de sonreír; que me preocupé
por ti.
No viste, quizás, que la fatiga también se apoderaba de mí.
Me vi tentado a decirte que te vería después, que sería mejor otro día. Luego
recordé que los días se consumen como las cartas viejas ardiendo. Y ¿sabes de
qué más me acorde? De que quería verte, sí, así de importante.
Te sonreí y te abracé, ¿recuerdas? Suspiraste en esos
instantes y cerraste tus ojos. Te dije algo al oído, insignificante tal vez. La
gente nos ignoró, se fueron como sombras. La tarde comenzaba a caer, el sol se
escondía entre los edificios y el viento sutilmente hacía volar nuestro
cabello.
¿Comenzabas a sentirte mejor? Parecía que sí. Caminamos por
una acera silenciosa hasta llegar a la entrada de un parque viejo. Ya no te
acordabas de ese lugar y yo lo había visitado hacía mucho tiempo. Te dije que
entráramos a dar una vuelta. No, no lo iban a cerrar, no tenías por qué temer.
Algo iba a mostrarte.
La luz se difuminaba tenue entre las ramas de los colosales
árboles que bordeaban los eternos caminos del parque. Nosotros tan pequeños en
un mundo olvidado de gigantes. Vimos las hojas sumirse en la oscuridad
creciente y los sonidos se perdieron. Te dije que corrieras tras de mí.
Dudaste por segundos, ¿verdad? Por eso te llevaba tanta
ventaja al principio. Eras buena corriendo, casi me alcanzaste. Nuestras
pisadas en la arena roja de tezontle rompieron el silencio. Los pájaros, que se
disponían a dormir, hicieron un escándalo. Ningún vigilante amargado se nos
atravesó en el camino.
Llegamos al final del camino. Debo confesarte que deseaba que
nos perdiéramos intencionalmente entre la multitud de árboles de ese bosque
urbano, pero no quise que te sintieras insegura. Cuando me alcanzaste, tocaste
mi espalda y reíste. Te correspondí la risa y toque con mi mano tu mejilla.
Te dije que iba a mostrarte algo, pero no sabía exactamente
qué. Quizás pudiera parecerte poca cosa que te enseñara cuanto habíamos
corrido, los últimos rayos del sol escondiéndose entre los pinos o las ardillas
que corrían fugaces buscando alimentos olvidados. No quise contarte de mí
pasado y tampoco quise saber del tuyo. ¿Qué crees que haría?
Te juro que no lo planeé. Los viejos faroles se encendieron y
nos dimos cuenta en dónde estábamos. Era el centro del parque, el círculo donde
convergían todos los caminos. Vimos como las bancas de madera eran iluminadas
casi románticamente. Nuestras sombras estaban también.
Estábamos sorprendidos. Me preguntaste qué pasaba.
Fantásticamente te contesté: “No lo sé”. Creíste por unos momentos que nos
perseguían, pero fue una falsa alarma. Sabíamos que si ese sitio hablara,
contaría cientos de historias. Pero en ese momento, me dijiste, nosotros éramos
los únicos. Nuestro lugar, nuestro instante.
Tal vez no teníamos nada que decir y nada que hacer, jamás lo
habíamos imaginado. La dicha del presente, esa felicidad tan sublime, me dejó
mirándote. Quisimos contribuir a las sorpresivas circunstancias y hacer una
postal: lo planeamos en secreto. Tomaste mis manos y te besé.
Jamás fuimos melosos, ¿verdad? Detestábamos tanto la marea
roja de “detallitos” del 14 de febrero. Nos gustaba tanto coleccionar
experiencias, en cambio. Nos sentamos en la enorme fuente que estaba a escasos
pasos de nosotros. Te conté una historia y te encantó. Tú la continuaste.
Mezclamos tanta ficción y realidad que se nos olvidó cuál era cuál.
Se me olvidaron esos días felices en el mar. A ti se te
olvidaron tus noches mirando estrellas. Dijimos que teníamos miedo de que los
años se fueran volando. Te pedí que dejaras de preocuparte. Que esa noche, contrario
a su naturaleza, el tiempo podría irse lento.
¿Cuántas veces nos decíamos lo evidente con la mirada, para
quedar en silencio y después, cada uno pensar que sólo eran figuraciones?
Tuvieron que llegar las palabras en un mar de ansiedad para decir lo que tanto
soñábamos. Pudimos haberlo hecho de tantas formas, más poéticas quizá.
Elegimos, sin dudarlo ni saberlo, la felizmente imperfecta.
Sabíamos que teníamos que continuar nuestro camino. Tú me lo
dijiste, al mismo tiempo que yo lo pensaba. Continuamos caminando tomados de la
mano por otro sendero. ¿Sabes algo que me encanta de ti? La forma en que tu voz
se cuela en remolinos por mis oídos.
¿Sabes otra cosa? Adoro tu sencillez distraída. Estuviste por
caerte varias veces. Siempre estuve ahí para evitarlo, pero terminaba riendo
discretamente. Te diste cuenta y trataste de tirarme. Nos caímos los dos. Antes
de levantarnos, vimos la extraña forma en que las ramas se entrecruzaban. Es
igual a los caprichos del destino, ¿no crees?
Afortunadamente no nos encontraron. Ni los vigilantes, ni
tampoco la policía y sus amigos asaltantes. Cuando salimos del lugar, estábamos
desorientados. Sólo los postes de luz nos dejaban ver y no había la menor señal
de vida en las calles. No sabíamos cómo volver.
Elegimos un camino al azar. “Seguro llegamos al Metro, o a
ver a dónde” dijimos con risas nerviosas. ¿Recuerdas las calles que
atravesamos? Puedo asegurarte que no recuerdo sus nombres y que de día no las
reconocería. Casas con iluminación tenue y nuestras pisadas quebrando hojas
caídas. Todo parecía tan antiguo, que creímos ver gárgolas en los tejados y
carruajes a lo lejos.
No, al final nos dimos cuenta de que no estábamos perdidos.
Salimos a las ruidosas calles del barrio más cultural y visitado de la ciudad.
Ya sabíamos cómo volver. Pero algo cambió nuestro camino y tuvimos que hacer
una escala. Escuchamos un rumor lejano, de música sonando y nos cautivó.
Mientras esquivábamos personas, alguien nos dio un volante.
Se te hizo muy bonito, ¿verdad? Era acerca de la música que escuchábamos, una
presentación de un grupo que no conocíamos, pero a la vez se nos hacía
remotamente familiar. Decidimos ir. Quizás a esa noche sólo le faltaba eso:
música.
Llegamos a medio concierto. Las melodías fueron adentrándose
en nosotros. Recuerdo como el ritmo se apoderó de tu cuerpo y me contagiaste
las ganas de bailar con pasos que nadie conocía. Los visuales de fondo de la
banda eran tan similares a los que habíamos imaginado en el parque. Parecía
hecho para nosotros.
Me dijiste que estabas feliz de que el día fuera tan único,
de que hubiéramos hecho tantas cosas. Yo lo estaba aún más, créeme. Llegó la
última canción y nos dejó sin aliento: parecía que la habían compuesto ese día,
mirando todo lo que nos había pasado. Comenzó con melancolía, pero terminó llenándonos
de tanta felicidad.
No fue un sueño. Todo ocurrió…desde que corrimos hasta el
último acorde del concierto sellado con un beso. Lo sentimos en la piel. Te
escribí esto porque quería dejar en papel este… ¿cómo llamarlo? Nuevo comienzo.
Ese día abrimos otro camino en el parque, en nosotros.
Construimos la ficción juntos…tanto así, que la hicimos real.
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