Ser Peligroso en el Infierno
Pisé el acelerador. Al fin había evadido el tráfico y el
calor infernal que se concentraban en el cruce de avenidas, obstaculizado con las
eternas obras viales. Escuché insultos y griterías, tan comunes en mi ciudad;
usaban los cláxones como si fueran la fórmula mágica para deshacer el
congestionamiento. Me desesperan.
Nadie va hacia dónde voy, creo yo. Juré que no me alcanzarían
y aquí estoy. Estoy por dirigirme hacia un viejo camino de mi infancia que ya
nadie usa desde que los túneles atravesaron todo el subsuelo y dejaron olvidado
el cielo abierto. Yo no soy un topo, yo quiero sentir la brisa arremetiendo
contra mi rostro y despeinando mi cabello.
Podrían llamarme
cobarde por huir, pero a mi vida ya no le quedaba nada más que lo que traigo
conmigo en este momento: mi automóvil, mi cámara fotográfica y esta camisa, que
usé el día más feliz de mi vida. Lo demás ya se fue entre los hilos
del pasado. Duele haberlo perdido todo.
Recuerdo cómo mi esposa jamás entendió mi arte y me llamó
irresponsable hasta el cansancio. Mi familia conservadora jamás me bajó de
inútil. Nunca vieron más allá del qué dirán...pero no conviene recordar eso ya.
En algún momento tuve que renunciar a mis ideales...para subsistir.
Y tomé otro trabajo, dicen que uno de los más peligrosos del
país. Retraté escenas crueles con más pasión que Goya y sin usar pinceles. La
paga era buena y siempre me reconocieron tanto. Finalmente cumplía con el
sustento en mi hogar con creces y todos parecían felices, menos yo. Siempre
tuve miedo.
Me escabullí y pasé desapercibido tantas veces. Mi seudónimo
brillaba mientras mi verdadero nombre parecía oculto bajo tierra. Descubrí que
no estaba renunciando del todo al arte, sino que estaba abordando su lado más
crudo. Llegaron premios y reconocimientos, pues demasiadas cosas se habían
sabido por mi culpa. Fui un héroe entre los idealistas, entre la poca gente que
aún creía en la verdad.
“No vaya usted en contra del curso de la sociedad, de las
cosas…no vaya a contracorriente” me dijo un hombre una vez. No le hice caso en
absoluto y consideré que esa idea nos tenía cómo estábamos. No sabía la
decisión que había tomado en ese momento. Mi vida habría de cambiar
enormemente. Así terminaría perdiéndolo todo, con mi familia huyendo hacia
dónde nadie sabe quiénes son, hacia dónde los ignoran con todo el cinismo
posible.
Mi país es peligroso y mi ciudad aún más. No existe la menor
confianza. De tantos rebaños, cualquiera podría decir que es un país ganadero,
pero a la vez, abunda el hambre. ¿Cómo es posible eso? Bueno, naturalmente, yo
no hablaba de rebaños de animales, sino de personas.
Los más pobres forman grupos y se matan unos a otros, para
tener poder, para llegar hasta arriba. Los de arriba observan este espectáculo,
más emocionante que las luchas de gladiadores romanos. Todos consumen más
basura que comida. Viven en un mundo de la “supervivencia del más apto” y lo
recalcan con orgullo. Los que disentimos, bueno…por algo estoy aquí.
No diré lo que descubrí ni lo que capturé. No quiero. Mañana
aparecerá en todas partes y todos lo dirán. No tengo por qué decirlo en el que
se supone, tendría que ser un momento feliz luego de meses de fatiga. Las
grandes verdades destruyen vidas y condenan existencias; crean otra realidad a
partir del polvo. Los mentirosos lo saben y les temen…por eso viven tan
miserables.
El camino que atravieso está lleno de curvas. Lo construyeron
ya hace muchos años en medio de los cerros para conectar ambos puertos. A su
alrededor construyeron mansiones y apartamentos de lujo, con vista a los
mejores atardeceres del mundo. Hoy ya casi no hay nadie. Hicieron otra zona de
lujo lejos de los sectores populares de la ciudad; construyeron muros y muros
para sentirse seguros, no les importó porque preferían ver pantallas gigantes
que paisajes.
Por eso estoy sólo. Me detengo en un viejo mirador. Me quedo
viendo las grandes construcciones blancas, los grandes ventanales, los muelles
de yates a lo lejos y la forma en que la vegetación del cerro ha invadido los
viejos jardines ingleses. Observo la forma en que el mar recorta la costa y en
cómo las olas se estrellan contra las rocas. Se parece a mi vida.
No alcanzo a ver el horizonte. Sólo diviso en ocasiones la
luz del viejo faro que aún alumbra desde una isla cercana. Me siento en unos
pequeños escalones y la brisa empieza a soplar con fuerza. Llueve por minutos y
termino ligeramente empapado. Trato de ser fuerte, pero mis sentimientos se
terminan quebrando. Derramo algunas lágrimas mientras hundo mi cabeza en mis
manos. Nadie entiende que no son símbolo de debilidad, sino de humanidad.
Quise saltar al mar, pero no me atreví. Luego comencé a
suplicar que me convirtieran en un ave y saliera volando de ahí, para ser libre
en los cielos. Murmuré muchas cosas. Se me olvidó la realidad por un instante.
Disparé mi cámara fotográfica contra las estrellas que apenas y se veían,
contra las luces de los barcos, contra mi auto y contra la forma caprichosa de
las olas. Reí por un instante. Estaba haciendo arte de nuevo.
Por unos minutos, no escuché las balas que sonaban en mi
cabeza, reales e imaginarias. Tampoco los sonidos distantes de la ciudad, los
camiones que pasaban a mis espaldas y las conversaciones de los pescadores que buscaban
afanosamente en las penumbras.
Sólo algo me despertó: el sonido de una sirena de policía. No me inmuté. Me dirigí hacia mi auto, lo arranqué y pisé el
acelerador. Debía terminar mi paseo. Activé mi cámara para que filmara, no podía
olvidar ese momento. No tenía ya nada más qué hacer.
Los vi persiguiéndome. Un par de patrullas encabezando un
convoy con cuatro camionetas enormes, repletas de sujetos con armas largas. No
me alcanzaban en la bajada del camino. Disparos al aire, gritos de que me
detuviera. Nadie nos veía. Se sentían exploradores cazando un elefante.
Y entonces vi el final de mi paseo. Una barricada de más
camionetas gigantescas, además de bandidos con sombreros y miradas siniestras. Ya
no me importó. Pise a fondo el acelerador. Dispararon, gritaron, se desató el
caos. Perdí el miedo y sonreí…al fin era libre.

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