Paseo de Madrugada

Ya no pudo decir más. Abandonó el bar en donde se encontraba luego de pagar una cuota exorbitante. No estaba ebrio. Recordaba perfectamente las conversaciones de aquella noche y cómo en cierto momento pareció que nadie lo escuchaba. Culpó a la música y se sintió más intranquilo.

Le dijeron que fuera a ahogar sus penas en alcohol. Lo único que consiguió fue sentir como se apoderaban aún más de su ser y lo dejaban en un estado miserable. Más que consuelo, fue un suplicio. Pero ya no se le ocurría algo más qué hacer y ya no confiaba en nadie. Se sentía presa de una tragedia griega moderna.

Salió a las calles oscuras y concurridas. Ya era de madrugada y seguía haciendo calor. Evadió tanta gente cómo pudo y se dirigió hacia la avenida principal. No quería tomar un taxi para volver a casa, así que optó por caminar. “¿Ya qué más puede pasar?” pensó. Caminó sintiendo el viento frío y refrescante. Vio las luces de los autos pasar, hacia quién sabe dónde.

Sus pasos eran inconstantes, viraban en distintas direcciones. Se tropezó varias veces. De vez en cuando miraba al cielo, como cualquiera que busca respuestas. No obtuvo nada. Quiso gritar y maldecir, pero sintió que no tenía voz. Prefirió tratar de disfrutar su propio silencio y de darle paz a su mente.

No le duró mucho el gusto. Luego de atravesar una calle notó que una mujer iba delante de él. Trató de rebasarla, pero ella comenzó a caminar a su lado. No supo qué decir. Pensó en que era una treta para asaltarlo, pero no había nadie alrededor. La miró: cabello largo que caía por sus hombros, una blusa negra que estilizaba su silueta, jeans, tenis y una piel muy blanca, casi pálida. Sus labios de un tono tenue y difuminado.

-¿Te encuentras bien?-se atrevió a preguntar.

Ella sólo sonrió y lo miró negando irónicamente con la cabeza.

-¿Yo? Pero sí tú eres el que se encuentra mal.

Se sintió un poco molesto y respondió:

-¿Por qué dices eso? ¿Cómo lo sabes? No es verdad.

-Por favor, cualquiera que te viera en ese estado lo diría. Es cosa de lógica. Preocúpate más por ti que por mí. Yo estoy aquí por gusto y tú por circunstancia, porque en tu cabeza no se te ocurre otra idea, ¿verdad?

Se quedaron en silencio unos instantes.

-No, no entiendo porque me estás diciendo esto. Debes ser una alucinación, tal vez sí bebí demasiado.

-No seas tonto-dijo ella riendo-sólo nosotros solemos encontrarnos así en la noche. Llámale casualidad o destino, pero siempre ocurre así. Por lo que veo no te había ocurrido antes, ¿verdad?
-No, para nada.
-Novato-y volvió a reír-ven, sigamos caminando. Creo que tenemos mucho que decir.
-Me imagino que sí-y él rio también-a todo esto, ¿cuál es tu nombre?
-Regina, ¿y el tuyo, novato?
-Sebastián. Debo confesar que nunca me gustó mi nombre.
-¿Por qué lo dices?
-Habiendo tantos nombres interesantes, ¿por qué elegir un nombre como ese?
-Algún buen motivo habrá…si te sirve de consuelo, eres el primero que conozco con ese nombre. Por cierto, ¿no querrás saber mi edad, verdad?
-Me gustaría saberla, pero puedo adivinar-dijo él con tono de duda- ¿25?
-Eres muy ingenuo-dijo ella con un tono tierno-Sólo te diré que son más de los que crees y menos de los que quisiera.
-Eso es interesante, considerando cuanto se preocupan las mujeres por su edad. ¿De dónde vienes, Regina? ¿A qué te dedicas? Me causa curiosidad ahora saber de ti.

-Es una larga, larga historia, pero trataré de resumirla. Mi familia viene de tierras frías, casi polares y llegó a este sitio cálido hace ya mucho tiempo, cuando aún era buena idea para los extranjeros venir. He vivido en esta ciudad por mucho tiempo y he conocido sus claroscuros, pero también he viajado a otros lugares. Hubo tantas cosas que marcaron mi vida-y suspiró-mi trabajo era casi perfecto y de pronto olvidé todo lo que me rodeaba. Supe después que tenía que reconciliar ese aspecto de mi vida. Ahora que ya he dicho esto, háblame de ti.

Él se quedó pensando, en las palabras de ella y en qué decir. Su vida le parecía infinitamente aburrida, a excepción del desastre que lo había llevado a esa situación. “¿Qué de interesante hay en alguien normal?” pensó.

-Me gusta lo que dices, creo que eres una de esas mujeres envueltas de misterio. Yo…mi familia ha vivido en la ciudad por mucho tiempo y no proviene de tierras tan lejanas, por eso la piel tan quemada-y ambos rieron-. Mi vida ha sido convencional, ya sabes, seguir la tradición de la familia y volverse parte de una empresa a la que uno vende su vida. Me gustaría decir que hice algo más interesante, pero el tiempo me absorbió.

-Ya veo, ¿es eso lo que te tiene tan agobiado, Sebastián? ¿Por eso terminas vagando en la noche?

-Quizás, quizás…es decir, hoy pasó algo terrible. Llevaba años trabajando en la empresa desde muy joven. Siempre fueron tan demandantes e inconformes. Saqué lo mejor de mí, les di mi tiempo y mis ideas hasta quedar seco. Llegaban los cheques enormes, pero no había en qué gastarlos. El director me halagó muchas veces y dijo que estaba a punto de conseguir un puesto importante, donde podría vivir una vida más tranquila; a cambio me pidió un esfuerzo extra. Lo hice. Y otro más, esta vez ilegal. Lo hice de nuevo. Hoy era día de que cumpliera su parte. Me despidió y fijó una demanda por fraude. No tengo pruebas. Nadie me dijo nada más que “Tú puedes” y “Suerte”. Por eso recurrí al alcohol, me arrepentí y acabé aquí.

-Ya veo, tu historia no me es tan ajena. Qué angustia sufren las víctimas de los engaños, sean del tipo que sean. Y ahora piensas que todo está perdido, que no puedes encontrar la paz, ¿no es así? Pero es posible, seguro que lo es. No pasarás tu existencia encerrado, ya lo verás.

-¿Por qué suenas tan segura?
-Porque creo que puedo ayudarte. No te daré argumentos jurídicos ni te llevaré con un buen abogado. La ley siempre se vende al mejor postor y a menos que el poder esté en tus manos, jamás estará a tu favor. Tampoco te diré que mates a tu jefe, no. Simplemente, irás a tu empresa y buscarás irrumpir en alguna de las reuniones. Entonces dejarás salir tu bestia interior con palabras, pero no con golpes. Ya verás lo que ocurre.

-Si hago eso, tendré otra demanda por agresión. Además seguramente me van a detener antes de siquiera entrar a las instalaciones.
-Nadie te verá, tú entra con toda la confianza y seguridad del mundo.
-Y, ¿cómo es que sabes todo esto?
-Te lo dije, he viajado por muchas partes y oído muchas voces. Muchos suspiros y gritos desesperados. Desafía a lo convencional de lo que tanto te quejas. Ve y haz eso…encontrarás paz.
-Muy bien, muy bien…lo haré.
-Perfecto-dijo ella sonriendo- Ahora, te llevaré a un lugar. Podemos hacer más interesante esta noche.

Él asintió con gusto. Sus placeres terrenales no se habían despertado con esa propuesta, pero unos más profundos sí. Caminó al lado de Regina serpenteando entre calles y callejones hasta llegar a una hondonada en la que había un enorme árbol y varias bancas alrededor. Era un pequeño sitio de descanso que Sebastián jamás había visto.

-Ven, siéntate a mi lado-dijo ella.

Sebastián lo hizo, sin el menor contratiempo. Se sentó al lado de ella, reclinándose en el tronco del árbol.

-Es un árbol enorme-dijo él.
-Sí, es verdad, ¿ves allá arriba? ¿Ves cómo se entrecruzan las ramas y las hojas y crean una auténtica maraña? Así se cruzan los destinos. Ahí tienes una  explicación de porqué nos encontramos esta madrugada.
-No entiendo cómo es que veo tan claro, con tan poca luz. Es fascinante, tienen tantos detalles…
-Es porque estás viendo de verdad-dijo ella-quisieras dibujar eso que te deleita, pero te aseguro que podrías intentarlo mil veces y jamás lo lograrías. ¿Sabes qué es lo que más me agrada de estas cosas, Sebastián? Que aún tenemos cosas por las cuales impresionarnos o sentir admiración.
-Tienes toda la razón.
-Préstame tu mano.

Él lo hizo y sintió su piel por primera vez. Su mano era fría, pero muy suave. Comenzaron a jugar con sus dedos. Pronto, sin decir palabra alguna, él continuó acariciando su piel, como si fuera un instrumento delicado, en un vaivén al ritmo del viento. Ella hizo lo mismo.

Y así como el viento sacude árboles y ciudades, ellos sintieron que su interior se agitaba. Entre risas y suspiros, las pocas palabras que decían se cortaron entre el feliz y seductor juego de labios. Sebastián dudó por momentos de lo que estaba pasando y de lo que hacía. Ella lo notó:

-Nadie nos mira.

Con esas tres palabras y con el afán coqueto de ella sus dudas desaparecieron. Se dejó llevar. En efecto, nadie los veía. Ningún automóvil irrumpió cerca del lugar; ni policías, borrachos, gente de “buenas costumbres” o de las “malas”. Las casas que rodeaban al lugar parecieron alejarse, tanto así que se veían en el horizonte.

Recibieron el amanecer juntos, ella recargada sobre él. En efecto, dijeron muchas cosas. No todas con palabras naturalmente. No era consuelo lo que sentía Sebastián, ni tampoco las bondades del olvido. Sentía placer, gusto, dicha. Y ella, con todo su halo de misterio que habría dejado a Sherlock Holmes con taquicardia, deseaba que la noche no hubiese acabado tan pronto. “No volverá a haber algo como esto” pensó.

Tuvieron que irse. Sebastián debía cumplir con el consejo de Regina y ella debía salir de la ciudad. Su despedida fue larga, como toda aquella que no se desea. Él la vio partir, perdiéndose entre el flujo de gente de la ciudad. No quiso sentirse triste y trató de sonreír.

Aún le quedaba una cosa por hacer. Fue a su apartamento, se bañó y eligió la ropa más elegante que pudo. Fue especialmente cuidadoso con su aspecto. En el camino no se encontró con nadie conocido. Abordó el autobús que lo llevaba a su trabajo y preparó lo que iba a decir.

Nadie lo detuvo. Creyó que los policías lo habían visto, pero estos no hicieron acción alguna. El elevador lo condujo a los pisos superiores, a la sala donde se celebraba una reunión de su empresa con el gobierno para firmar un jugoso contrato. Tenía escasos minutos de haber iniciado. Entró decidido, lleno de valor.

Y entonces habló, vociferó, gritó. Expresó toda su frustración, reveló todo lo que sabía con lujo de detalles. Reveló secretos que todo el mundo había olvidado ya. Clavó sus ojos en los de su jefe y en los de todos los presentes. Lo miraban asustados, con escalofríos en las manos. Nadie lo detuvo porque nadie supo qué hacer.


La piel del jefe se puso blanca y sintió como su corazón se  iba deteniendo. No era posible. Sebastián había fallecido ayer. 


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