Barrancas de Niebla

BARRANCAS DE NIEBLA (LA PULQUERÍA DEL MARQUÉS)

Pablo decidió dar un paseo. Había tenido una pelea innecesaria con su novia. Aún sentía en la mejilla el frugal y cruel beso que le había dado más de fuerza que de gana. Sus piernas todavía se acordaban de las escaleras eternas que bajó luego de dejarla en su apartamento…esos escalones eran antes más livianos que un elevador. Cuestiones de costumbre, de tedio.

Fue a su casa con el pretexto de comer algo, pero en realidad no tenía hambre. Tampoco quería ver la televisión o tumbarse derrotado en su cama, mientras pensaba por qué las cosas eran tan adversas. Por eso sólo se puso una ligera chamarra encima y salió a caminar.

No sabía si la ciudad seguía creciendo o si él se hacía pequeño: las cosas lucían muy diferentes cuando era niño. Donde antes había casas viejas, ahora se erguían impasibles los grandes edificios de ventanales grises como joyas, brillando pero sin vida. Había puentes atravesando cerros eternos y túneles subterráneos en las profundidades de un lago seco.

En lugar de irse a pasear al quiosco y la placita diminuta de su colonia, prefirió irse a caminar a esos eternos puentes grises y kilométricos, orgullo de los gobiernos “sociales”. La gente no transitaba mucho por ahí; automovilistas y policías se volvían ciegos ante los múltiples asaltos que ocurrían en el estrecho paso peatonal. Los criminales vivían, crecían, se reproducían y morían ahí: como una plaga que nadie desea combatir y de la que, en secreto, todos se benefician sin remordimiento alguno.

Naturalmente, Pablo no se molestó en llevar su teléfono celular y optó por cargar una cartera vieja con un billete falso que le habían dado en la gasolinera, por si los asaltantes llegaban. Pero aquella tarde nubosa y nostálgica ninguno de ellos apareció y las personas con las que se cruzó lucían inexpresivas. Parecía que nadie tenía un motivo para sonreír.

Cuando cruzaba el segundo de los puentes, se detuvo a la mitad y miró hacia el horizonte. Se extendía ahí una pequeña barranca, bañada por la lluvia del día anterior. El lugar estaba abandonado y los inmensos pastos se quemaban en cada sequía. Había algunos caseríos ilegales por ahí. Nadie iba ya por ahí, porque no era necesario y porque seguramente sería un lugar de descanso para los criminales que nadie quería ver. Un inmenso terreno baldío con escasos árboles y un profundo aroma a olvido.

Pablo jamás había explorado la barranca, pero muchas historias le habían contado del lugar, de cuando era un paraíso de árboles frutales y senderos invisibles, hace ya tantos años atrás. En su mente pasó la idea de imaginar que estaba en otro lugar y bajar la ladera para explorar esos sitios que los demás tanto evitaban. “No me tomará más de dos horas” pensó.

Esquivó las cercas y comenzó a descender vadeando el camino. Había botellas de alcohol barato y ropa tirada por todas partes, incluso intentos de fogata con varitas diminutas de leña. Pero más abajo, atravesando una de las escasas líneas de árboles comenzó a reinar el silencio y un murmullo que Pablo no conseguía identificar.

A veces se escuchaban voces y risas que desaparecían en segundos. El trino de los pájaros, primero muy suave, comenzó a hacerse más ruidoso. Ya no se oía el ruido interminable de la ciudad. El viento movía a veces los enormes pastizales y una incontrolable tristeza invadía a Pablo.

Al poco tiempo, llegó a un punto en que un letrero blanco y oxidado  anunciaba la presencia de una comunidad pobre asentada ahí años atrás, cuando la planeación urbana era un juego de dados. La niebla no dejaba ver la pequeña localidad aislada que desde las alturas lucía gris y abandonada, con construcciones en obra negra y techos de cartón de huevo.

Pablo siguió caminando y finalmente encontró de dónde venía el murmullo que había escuchado en su camino: era un río. Parecía difícil de creer. Sabía que a ese río lo habían entubado hacia años, porque la peste de sus aguas negras era insoportable y ya había causado pequeñas epidemias. Pero ahí estaba, bañando a las rocas con un agua casi cristalina, sólo manchada por hojas de árboles caídos.

Pero la sorpresa no terminaba aún. Al acercarse a la niebla se dio cuenta de que la localidad marginada ya no estaba. En su lugar había un pequeño pueblo, de grandes y pesadas casas de roca. Un puente atravesaba el río y llevaba a unos pequeños sembradíos. Sólo sonaba el ruido del agua porque no había personas en las calles, que sólo eran caminos de polvo bien trazados.

Pablo no supo qué pensar. No sabía si en su camino se había desviado demasiado o si era lo suficientemente ignorante para no saber que ese lugar existía en plena ciudad. La cabeza le daba vueltas y el silencio penetrante aún más. Deambuló por los caminos con pasos silenciosos y sin encontrar señales de vida.

Luego de unos minutos, finalmente escuchó voces. Se acercó al lugar de donde provenían. Era una pequeña taberna con el ancestral título de “Pulquería del Marqués”. Luego de unos instantes de pensarlo, decidió entrar por las derruidas puertas de madera. Había tanta gente dentro que no podía contarlos: una multitud de hombres con sombrero, platicando y riendo acaloradamente con sus sendos tarros.

Nadie se sorprendió de ver a Pablo. Se fue a sentar a la barra y miró todo el lugar con detenimiento. Sabía que no tenía nada que hacer ahí, pero optó por quedarse a tomar una copa, pensar en su día y luego volver a su hogar. El cantinero era un hombre alto, de ojos esmeraldas y facciones suaves.

-¿Qué va a tomar, señor?-le preguntó.
-Un caballito de tequila, por favor.
-Muy bien, aquí tiene.
Pero eso no era un caballito de tequila. Era un enorme tarro de pulque espumoso y de muy buen olor. Pablo increpó:
-Pero yo pedí tequila.
-Deje de preocuparse por eso. No tenemos otra cosa en este lugar y para el fin que lo quiere, da igual. Pruébelo, no se quede así.

Lo probó y no replicó más. El cantinero se fue riendo con cierta ironía. Al poco tiempo, otro hombre se sentó en la barra al lado de él. Recibió también su propio tarro y se quedó pensando, cavilando consigo mismo. Su sombrero no denotaba mucho de su aspecto, sólo se veían algunas canas en su pronunciado bigote y arrugas en su piel.

-Y usted, ¿por qué vino?-le preguntó a Pablo.
-Yo…sólo quería dar un paseo y terminé en este lugar. No soy de por aquí, ¿y usted?
-Sí, se nota que no es de por aquí pero a los demás no les importa. ¿Un paseo? Cuantos hemos salido a dar un paseo para no volver, para que se nos olvide el camino de regreso o para encontrar una senda más feliz. Uno sólo va a dar un paseo cuando se harta del lugar dónde está.
-Sí, tiene usted razón.
-Y ¿qué le hizo dar un paseo? ¿Se echó a perder la siembra? ¿Problemas con la novia?
-Más bien, la segunda. Es tan difícil entender a las mujeres.
-No se preocupe, ya volverá. Ya lo verá usted algún día, la clave para entenderlas es tan simple como invisible.
-Y ¿cuál es?
-¿Por qué habría de decirle? Descúbrala usted mismo. La vida no tiene sentido si le dan a uno las respuesta de todo.
-¿Y usted por qué está aquí?
-Sólo vine a tomar pulque y a platicar. Me causó más interés su soledad que las entretenidas pláticas de los otros. Si se lo pregunta, sí tengo familia. Sólo que casi no los veo, porque no puedo ir a donde ellos están.
-¿Hace cuánto que no los ve?
-Aquí el tiempo no importa. No hallará relojes ni calendarios en ninguna parte porque simplemente no sirve. Los días vienen y van. Permanecemos aquí en lo que alguien se acuerda de nosotros para sacarnos de esta ladera sin fondo. No es que las cosas sean malas aquí, sino que a veces uno extraña demasiado la vieja vida.
-Y ¿por qué no salen por ustedes mismos?
-Porque casi nadie nos ve y si lo hacen, no les importa. Si intentamos hacerlo con nuestros pasos resbalamos hasta terminar hundidos en las aguas del río y despertar al otro día en la ribera. Cuando tratamos de gritar, sólo escuchamos el silencio. Por eso hablamos casi a murmullos, entre nosotros. Así sí nos oímos.
-Qué cosa tan más rara. Con la ciudad tan enorme y ruidosa a escasos minutos, y este lugar tan desierto. Y ustedes atrapados como dice. ¿No estará tratando de engañarme?
-Qué más quisiera. Qué más quisiera que jugar con su curiosidad y hacerlo quedar como un niño ilusionado con un cuento. Pero no, le digo la verdad. No sé de cuál ciudad habla, que yo sepa la capital está muy lejos todavía y jamás la alcanzaríamos.
-Pero…yo vengo de ahí. Llegué aquí en menos de una hora caminando.
-No sé cómo le habrá hecho usted. Pero le aseguro que sí salimos camino para allá no llegaremos ni cuando todo su cabello se vuelva gris-dijo el hombre bebiendo por tercera vez su tarro.
-Qué rara es esta vida y qué raro es este lugar, que las distancias y los tiempos se pierden.
-¿Cuál vida, joven? ¿Cuál?
-¿De qué habla?
-Que la vida ya quedó atrás y se consumió nuestros años. Por eso estamos aquí. Nadie se acuerda de cuándo murió porque fue hace mucho y quien lo recuerda lo celebra como un cumpleaños.
Pabló derramó su tarro sobre la barra y perdió el color tatemado de su piel. Miró al hombre y lucía como cualquier otro. No podía ser.
-No se asuste, hombre. Mire, sienta mi pulso en mi mano. ¿Lo ve? Nada. Ya no fluye sangre por nuestras venas porque se secaron con el tiempo. Sólo puras sombras, puras sensaciones y recuerdos.
-¿Ustedes están…penando?-preguntó Pablo tartamudeando-¿No pueden hallar la luz de la paz eterna?
-Peca usted de ingenuo-y le dio otro trago al tarro de pulque- No es que la muerte sea un vacío frío y gris...es la pura nostalgia de la vida quebrada.
-¿Entonces no es algo malo? 
-Nuestra situación no es buena ni mala, hombre. Sólo es estática, atemporal. Yo sé que mi familia está en otro lugar y lo disfruta. Yo no puedo añorar eso porque no lo conozco. ¿Sabe qué es lo único que añoro? Despertar con la idea de que había que ganarse la vida. Porque había vida. No estamos llenos de dolor como todos creen, ni tampoco vagamos pidiendo rosarios y misas. Extrañamos tanto vivir que no sabemos qué hacer con la muerte.
-Ojalá que encuentren el descanso eterno, tan pronto como sea posible.
-Agradezco su deseo, sé que es de buena fe. Pero no sé cuándo ocurrirá eso. Aquí nos hemos vuelto verdaderos sabios. Imagine no tener nada qué hacer y compartir sus vivencias, y hasta los pensamientos más profundos con otros señores que se sienten igual. Ya todos sabemos demasiado. El cantinero sabe más, pero no confiesa nada. Sólo respondió a una pregunta, una vez.
-Y, ¿cuál fue?
-El motivo de que no hubiese mujeres ni en el pueblo, ni en la pulquería. Nos dijo que eso no tenía caso. Que de momento no lo merecíamos y que no cumpliríamos nuestro propósito aquí. Si ellas estuvieran aquí, se nos olvidaría que estamos muertos.
-Qué cosa tan más triste.
-Sí, lo es. Pero sabemos que volverán, así como su novia a usted o al revés. No tardará en comenzar a recordar y recordar, a preguntarse por qué no hizo tal o cual cosa. Es una gran confusión. Es normal en las primeras horas de estar aquí.
-Pero esperé, no será entonces que estoy…-dijo Pablo suponiendo la tragedia.

-No lo sé, hombre. ¿Extraña usted su vida? ¿Le asusta morir? Hágase esas preguntas mientras intenta volver a su hogar. Si regresa aquí, me las responde. Dudo que nos hayamos ido para entonces. 


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