Senderos y Festejos
SENDEROS Y FESTEJOS
(EL FESTÍN DE LOS MURCIÉLAGOS)
Eran dos hermanos: Aurelio y Lisandro. Luego del instante de
contemplación, bajaron con cuidado el camino de la cascada que se volvió piedra
en los principios del mundo. Sus ropas de manta blanca no tardaron en
ensuciarse entre los matorrales y las constantes caídas por el lodo de la
lluvia de ayer.
-¿De veras crees que el tío Gregorio nos vaya a prestar los
caballos?-preguntó Lisandro
-¿Por qué no lo haría? Somos familia.
-De seguro ya se te olvidó la encabronada que se puso cuando
nos volamos la cosecha de sus árboles frutales el año pasado.
-Igual y ya no se acuerda. Ya está viejo. Además, el
padrecito Acosta no ha dejado de decirle que perdone las ofensas para que se
vaya bien al otro mundo.
-Ojalá le hiciera caso. Pero quién sabe, a ver qué pasa.
La casa del tío Gregorio se encontraba en la cañada por la
que descendía ese camino. También ahí estaban sus enormes plantíos, últimamente
casi abandonados. Los hermanos necesitaban llegar a una gran fiesta que se celebraría
en un lejano pueblo y a pie jamás llegarían. Habían anhelado por varias semanas
ese sábado 14 de mayo.
El silencio reinaba en la vieja granja cuando llegaron. No
había ni rastro del familiar. Luego de esperar
al menos una hora, Lisandro y Aurelio tomaron una decisión. Se dirigieron a la
caballeriza y se llevaron un par de caballos blancos como la nieve. Salieron a
galope deseando que el tío los perdonara algún día.
-Ya te lo dije, Lisandro. Es la oportunidad de nuestras
vidas.
-Más bien de la tuya. ¿Con quién demonios me voy a ir cuando
te largues con esa muchacha?
-Ya encontrarás a alguien, siempre pasa así. Sólo espero no
tener que recogerte del suelo, ahogado de mezcal.
Lisandro sólo rio y se resignó a la manera en que había
funcionado toda su vida: al azar. Aurelio siempre tenía más suerte que él y con
el pasar de los años le daba igual. Ambos sabían que no contaban con una
invitación formal para esa gran… ¿boda?, ¿bautizo?, ¿fiesta del santito?
Ninguno sabía exactamente.
En su eterno andar de arriero, Aurelio había conocido a
Magdalena, una bella joven dos años menor que él, simpática y parlanchina con
un par de hermosos ojos oscuros. Siempre era vigilada celosamente por sus
padres o sus hermanos, por lo que sus pláticas se veían reducidas a los
formalismos del “buenos días” y del clima. Fue ella quien lo invitó a la
celebración prometiendo, entre líneas, que habría tiempo para los dos.
Lisandro iba por acompañar a su hermano, y porque estaba
harto dormirse cada noche mirando las estrellas y pensando en su soledad. La
pequeña localidad en dónde vivían estaba triste desde hacía mucho y ya nadie se
acordaba de cómo hacer una fiesta: habían fundido los instrumentos musicales de
latón y se sumieron en el silencio. Ambos pensaban llevar consigo el bullicio
cuando volvieran.
Recorrieron por varias horas, sudando a gota gorda, los
interminables caminos que bordeaban profundas barrancas y los débiles puentes
de madera. No encontraron a nadie. El ruido entre la hojarasca y los troncos de
los árboles los hizo temer en varias ocasiones de alguna enorme bestia, pero se
quedó sólo en su imaginación.
-¿Falta mucho para llegar al río?-preguntó Lisandro
-Estamos a quince minutos. ¿Quieres parar ahí?
-Sí, para darnos un baño y cambiarnos. No llegaremos
apestando.
-Está bien, está bien. Del río son otras dos horas de camino,
pero en plano. Por allá empieza el inmenso valle y los miles de pueblos. ¿Sabes
qué es lo que se extraña allá, hermano? El ir y venir del viento, el paisaje
cambiante, los ruidos de los pájaros. Puras voces y rumores se escuchan.
-¿Me vas a salir muy amante de la naturaleza, Aurelio?
-No es eso, sólo decía. Los que viven allá extrañan el
silencio. Los de la sierra, de dónde venimos, ya no se acuerdan del ruido y a
veces lo extrañan. Pero yo, entre tanto ir y venir, extraño ambos porque de
tanto viaje, uno se escucha demasiado a sí mismo.
-Entonces, ¿quieres casarte?, ¿tener tu parcela?
-Quizás, quizás. Por hoy, sólo deseo desquitar todos los
suspiros que me deja Magdalena cada semana. Quisiera multiplicar ese tiempo.
-Espero entenderte algún día, Aurelio.
-Ojalá.
El río Quechapa bajaba de las montañas y descendía desde una
cueva hacia el valle. Había enormes árboles en su ribera y una sensación instantánea
de estar en un bosque tropical. Sus aguas eran más cristalinas que ningunas y
la gente de asustaba de ver hasta los detalles más insignificantes de su ser
cuando lo usaban de espejo.
Los hermanos llegaron a la entrada de la cueva y se toparon
con algo inesperado. Ya no había vegetación ni exuberancia. Parecía que alguien
había decido convertir a esas tierras en roca desértica. Las aguas ya no eran
transparentes, sino que se habían vuelto de un rojo cobrizo. Ambos se miraron
extrañados y se acercaron a tocar con sus manos el líquido. Sin saber cómo,
cayeron dormidos.
Despertaron en el interior de la cueva, atados y con unas
amenazantes puntas de obsidiana en el cuello. A su alrededor, una multitud de
extraños los veían con recelo y curiosidad. Lisandro reconoció el idioma
extraño que hablaba su abuelo por las noches. Cuando vio una gigantesca ofrenda
rodeada por antorchas y una superficie sólida y plana de piedra, supo lo que
iba a pasar.
-Despierta, idiota-le dijo a Aurelio-nos van a sacrificar.
-¿Qué? ¡Cómo!
-Sí, ¿no ves? Es igualita esa ofrenda a la que contaban los
viejos aquellas tardes. Es un ritual.
-¿Y ahora qué?
-Trataré de liberarnos.
Lisandro trató de soltar los fuertes lazos que tenían juntas
sus manos, pero fue imposible. En cierto punto, el bullicio del grupo se
silenció de golpe. Caminaba hacia ellos un prominente hombre con cabeza de
murciélago. Ambos se sintieron aterrados, pensaban que era el mismísimo
demonio. Pero al acercarse, se dieron cuenta de que era un traje ceremonial,
oscuro y perfecto.
El hombre no les habló en aquel dialecto. Sabía que no lo
entenderían. Ordenó que los soltaran y por señas le comunicó a Aurelio que les
darían una sola oportunidad de escapar. Les indicó dónde estaban los caballos.
Los miró por última vez y señaló al cielo con una sola intención: los dioses
decidirán.
Aurelio y Lisandro corrieron tan pronto como pudieron. Se
dieron cuenta de que el camino era lo suficientemente ancho para los caballos.
El constante gorgoteo del río subterráneo apenas los dejaba escuchar sus voces.
Cuando comenzaron a galopar, un estruendo los hizo casi volverse locos. Era el
aleteo de una nube infinita de murciélagos que volaban encima de ellos.
-¡No te detengas! ¡Salgamos de aquí!-gritó Aurelio.
Los murciélagos los siguieron hasta la salida de la cueva y
se perdieron entre la oscuridad de la noche. Jamás los tocaron. Cuando salieron,
volvieron a ver los enormes árboles de siempre y la luz de la Luna reflejándose
en el río. Se sentían exaltados y no sabían qué pensar.
-Pasando por aquí en el día del dios murciélago, ¿eh?-les
increpó un extraño hombrecillo que pescaba en el río-Mala idea, mala idea.
Volvieron a galopar a toda velocidad. Llegaron al valle y
perdieron la cuenta de los pueblos iluminados por tenues lucecillas. Algunos
borrachos, sentados en los caminos se burlaban de ellos. Los muros de cactus
envolvían las voces de las pláticas nocturnas y el olor a mezcal, sin dejar ver
las casas y a sus ocupantes.
Finalmente, como si de la Estrella de Belén se tratara, los
juegos pirotécnicos les anunciaron dónde estaba la gran fiesta. El sonido
estruendoso y rítmico de las percusiones y las trompetas se extendía por
kilómetros. Cuando vieron multitudes de gente ir y venir de una plaza
principal, supieron que habían llegado.
Amarraron los caballos y se introdujeron entre la gente. Su
aspecto ya no les importaba demasiado, tenían una gran historia que contar,
además de que la noche ocultaba las rasgaduras de tela y las extrañas manchas.
Aurelio empezó a preguntar por Magdalena y su familia, pero nadie supo decirle.
Ya no distinguía a nadie.
-¿Nos equivocamos de fiesta, Aurelio?
-No lo sé, ¡Qué más da!
Recibieron gustosos un plato de mole y se sentaron a comer.
Animado por las risas y el bullicio, Lisandro se atrevió a bailar con una
tímida muchacha que lo miraba insistentemente y se fue, con una enorme sonrisa.
Aurelio era el que se había quedo solo después de todo. Se dispuso a mirar el
baile y a tratar de olvidar el traumático viaje.
-Y al final, llegaste-le dijo Magdalena al oído.
Aurelio sonrió y se puso de pie.
-No tienes idea de lo difícil que fue llegar.
-A ratos deseaba que llegaras y a ratos que no.
-¿Por qué?
-El miedo, el miedo a que vengas y que pronto te largues para
siempre.
-No vine de tan lejos y espere tanto para dejarte en el
olvido, ¿Me permites bailar contigo? Una vez me dijeron que el baile es tan
bello como la vida. Igual y hasta el miedo se nos olvida.

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