Cita de aura

CITA DE AURA (PERJANTAI) 
Él había esperado mucho por ese día. En sus escasos (que él creía muchos) 16 años, sólo habían llovido desilusiones amorosas y decepciones largas. Las voces a su alrededor le habían repetido una y cien veces que “ya llegará la indicada, ten paciencia”. Y finalmente, parecía que se haría realidad. Era viernes y tenía una cita.

Ambos no recordaban cómo se habían conocido o empezado a hablar. Simplemente había ocurrido. La habitual frialdad de ella se volcó en interés un día indefinido y él no se quedó atrás. En una conversación de Facebook confesaron lo inevitable, pero nada habría de ocurrir aún. Ambos acordaron salir, conocerse mejor y ver qué ocurría.

Los trece días que pasaron a partir de que fijaron la fecha y lugar de la cita fueron eternos. La ansiedad, la emoción y el delirio de saber que algo ocurriría aquel viernes no lo dejaban dormir a él. Ella se mostraba un tanto indiferente, o al menos, eso demostraba. La hora era a las cuatro de la tarde, en un día de finales de primavera.

El aspecto de él era más bien sutil y apagado. Ella era bonita, mucho: corta estatura, silueta delgada, cabello castaño y labios perspicaces. Quizás eso lo dejó paralizado. Quizás por eso balbuceó y casi tiró la rosa que había comprado en el cercano mercado de flores. Ella agradeció el gesto sin decir más. Al parecer, ninguno de los dos era de flores.

El cielo se empezó a nublar y ella hablaba más que él. Ella tenía hambre y fueron por algo de comer. ¿Algo romántico? Absolutamente, un par de gorditas de chicharrón con su respectiva salsa. Terminaron comiendo en casa de ella, en una escala de lo más inesperado.

Él miró la cantidad de detalles infinitos que invadían las paredes de su casa y de todo eso no pudo deducir cosa alguna. Ella contó su historia, algunos de sus triunfos y muchos de sus traumas. Él no dejaba de pensar porque ella era tan abierta con sus aspectos íntimos. En su voz no se notaba miedo alguno, iba y venía como el devaneo de palabras de un cuento cualquiera.

“¿Por qué todo se siente tan extraño? Esto no es lo que esperaba” pensaba él, pero no lo expresó. Se limitó a escucharla, ofrecerle una mirada de consuelo ante tanta tragedia de vida y a ir con ella por un helado. La heladería, ubicada en el garaje de una casa, estaba casi vacía. La encargada del lugar los miró con ternura y dijo algo para sus adentros cuando se fueron.

Decidieron ir a pasar la tarde a un parque cercano. Él pensó en tomar su mano, pero luego se arrepintió. Ella le pidió que le contara más acerca de su vida. Eso le causó conflicto, porque para él su vida se dividía en dos: las cosas que le parecían poco interesantes de contar y las que no quería decir. Pero finalmente, con ciertas ambigüedades, habló de su vida en la escuela y de su fiel compañera: la mala suerte. 
Ella sólo reía, minimizaba los recuerdos dolorosos con un gesto alegre y despreocupado.

El helado se terminó más rápido que la conversación y él notó que ella había vivido muchas más cosas que él, pero no le incomodó. En pocos minutos, pasaban por la iglesia que ambos recordaban de su infancia, el enorme árbol que se atravesaba a media calle y la eterna tranquilidad de esas calles viejas en plena ciudad.

Se sentaron en la primera banquita verde que encontraron, en una de las entradas al parque. A lo lejos jugaban los niños en los columpios y en los animales de cemento. El murmullo de sus risas y juegos apenas se oía. Al lugar lo carcomía el olvido, pero también estaba lleno de recuerdos de la gente que vivía por ahí. De los arbustos crecidos y los caminos disparejos, sólo se acordaron en tiempo de elecciones.

 Sintieron el peso de los árboles caer sobre ellos al mismo tiempo que la tarde se oscurecía y el día comenzaba a caer. Ella fue lo suficientemente brillante para romper la timidez de él a cada minuto. En una de esas, se le ocurrió abrazarla y ella sonrió. Se quedaron así hasta que el brazo, débil y aún un poco nervioso, se cansó.

Ella se revolvió incómoda en su asiento y optó por acostarse en el suelo, sin importarle en lo más mínimo. El no supo qué hacer hasta que ella lo invitó formalmente a compartir espacio en el frío suelo de adoquín, decorado con hojas caídas. Descubrió súbitamente que era más cómodo que un colchón Spring Air o quizás, la compañía hacía olvidar el dolor de espalda. Las miradas de extrañeza de las personas que pasaban por ahí no les importaron.

Ambos miraron el cielo nuboso que amenazaba con llover y se quedaron en silencio por unos minutos. Por un buen rato, ella lo miró a él sin que se incomodara. Sólo cuando la sensación de misterio comenzó a crecer y él, interrogante, la miró también, ella se atrevió a decir:

-Te confesaré un pequeño secreto.
-Claro, dime.
-Yo…puedo ver el aura de las personas. Recuerdo que no sabía cómo funcionaba y me asustaba entrar al metro de pequeña y ver las personas como lucecitas de navidad. Ahora, se me hace algo normal, es un orgullo ser rara. Y ahora, veo algo gris.
-¿De verdad? Eso es genial-dijo él un poco asustado, jamás había creído en eso-Yo…no sé si tenga habilidades de ese tipo. En ocasiones suelo ver fantasmas y soy perceptivo.
-¿Perceptivo?-dijo ella riendo-¿y qué percibes?
-Que todo se siente bien ahora, en este momento aquí a tu lado.
-Pero hay algo más.
-Y ¿qué es?
-Eres una persona insegura. Eres tímido y tienes miedo al ridículo. Algo te pasó en tus primeros años que te provocó esto. Tienes una voz tímida y callada, pero en realidad tienes mucho que decir. Tienes tantas ideas distintas y brillantes dentro de ti, ¡pero no te atreves a decirlas! Piensas demasiado antes de actuar y eso te limita en muchas ocasiones y te frustra. Tienes un problema de autoestima. Eres muy inteligente pero tienes aún mucho que superar.

Descifró sus miedos y lo más profundo de su ser en un instante. Se sintió sorprendido y aterrado. Ella decía que era el aura. Él sólo miró sus ojos, decisivos y expresivos...comenzó a temblar sin controlarse como si esas palabras trajeran hielo ártico. “¿Decirme semejante cosa en una primera cita?” pensó él, al mismo tiempo que sus dientes castañeaban.

Ella lo vio con la hipotermia emocional y lo colocó entre sus brazos. En unos minutos el frío se había ido y ambos volvieron a sonreír. Ambos se habían descifrado ya en pocos minutos. Comenzaron a jugar con sus manos y sus dedos y terminaron por hacerse cosquillas hasta que rieron con ganas. Entonces, él le dio un beso en la mejilla.

-¿Cuánto te vas a tardar para el real?-preguntó ella.
Sin dudarlo y sonriendo, él la beso. Hacía varios meses que no tenía un beso y la explosión del momento lo dejó sin aliento y sin mucha lucidez.

-Me temo que no sabes besar-dijo ella.
-¿Podrías enseñarme?
-Bueno, intentemos de nuevo.

En un juego de ensayo y error, aquel día aprendió a besar. La noche cayó y ninguno de los dos se quería ir. Sólo hasta que las llamadas histéricas de sus padres los pidieron de vuelta en casa, emprendieron el camino de regreso serpenteando entre las calles vacías y las lejanas luces de los faroles. La preocupación y la prisa se perdieron por varios minutos más.

Se despidieron y él sintió un hueco por dejarla ir. El regaño en su casa no le importó en lo más mínimo. Aquella noche durmió tranquilo por primera vez en varios meses. Se sentía esperanzado y a la vez liberado. Pocos días después, cuando las conversaciones empezaban a agotarse, él le preguntó:

-Entonces, ¿pasará algo entre nosotros?
-Lo siento, pero no. Nuestro destino juntos fue lo que pasó el viernes. Mi labor era ayudarte, no algo más.


Él no replicó ni le guardó rencor, ni siquiera cuando semanas más tarde ella inició una relación eterna. Sabía que ella tenía razón con lo que había dicho.  En su lugar, la recordó, hasta que su vida acabó por consumirse, como la utopía más rara de todas. Dejó de sentirse tímido e idiota en el juego sísmico del enamoramiento. 


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