¿Cuándo llegaré?
¿CUÁNDO LLEGARÉ?
Ilusiones de Siberia
¿Cuántos días
tardaré en llegar? El maquinista me ha dicho que tres, pero no le creo.
Estoy sentado en mi camarote, con mi eterna gabardina oscura manchada con polvo
y ceniza de volcanes lejanos. Llevo un sombrero de copa, con el que bien
pasaría desapercibido en París. Pero está muy, muy lejos. Estoy viajando en un
tren que atraviesa la helada planicie de Siberia, en los confines del mundo.
Viajo solo. Mi
compañero de camarote es un desconocido que vive perdido en los efectos
explosivos del vodka de mala calidad. Lo único que sé de él, es que viene de
Alaska y que allá lo estaban persiguiendo: no ha dicho más. Por eso me he
concentrado en ver los paisajes del bosque eternamente invernal; he tratado de
dibujarlos en mi libreta, sin mucho éxito.
Ya no me quedaba
más vida en el sitio dónde estaba. No es el primer viaje que hago, pero sí el
más impredecible. Recuerdo los primeros recorridos a las montañas, con mis
amigos y mis hermanos. Me perdí varias veces por culpa de las ventiscas, de mi
distracción. Se reían de mí, luego me buscaban afanosamente. Al final no tenía
mucho que contar, a los otros siempre les pasaban cosas más interesantes.
Ellos siempre
veían dragones, mamuts, torbellinos de nieve o incluso a los ejércitos de
Napoleón buscando Moscú. Yo sólo chocaba contra las rocas, así que nadie se
interesaba en mis relatos. A veces envidiaba los de mi padre, parecía que había
visto mucho más de lo que decía. Hace tres años, finalmente llegó la oportunidad
de hacer algo “grande” por primera vez.
Llegaron a
reclutar gente para las campañas militares del zar. Me enlisté sin pensarlo y
mi familia no se opuso. Monté a caballo, me dieron un sable, y una escopeta que
apenas podía cargar. “¿Qué haces aquí? ¿No estás muy blando para la guerra? ¿No
preferirías pasar la vida sembrando tu campo, leyendo por las tardes?” me
dijeron muchas veces. Me subestimaban, pero yo quería pelear por Rusia, ganarme
mi honor.
Me asignaron
como oficial de una pequeña escuadra de voluntarios. No éramos tan imbéciles
como casi todos pensaban. El objetivo de la misión era atacar unas tierras
fronterizas en el sur, verdes y fértiles, para fundar una ciudad ahí después de
un tiempo. Cada noche temía por los enemigos, los imaginaba como gigantes
colosales formando una marea negra.
Me llevé una
sorpresa. Los ataques salieron tan bien que nos ganamos el reconocimiento de
todos, incluso del legendario general Sergei Zachasyrov. Ocupamos esos verdes
valles por varios meses. Muchos pensamos felizmente que no estableceríamos ahí
de forma permanente, que nuestros días transcurrirían felices en las cálidas
praderas a un costado de los Urales.
Unos cuantos
días después de un gran festejo desenfrenado, teníamos una marea de ejércitos
rodeándonos. No pudimos defendernos y tampoco rendirnos. En una noche
tormentosa ellos desataron un furioso ataque que puso fin a nuestra efímera
felicidad. Nada pudimos hacer, fuimos víctimas de nuestra ingenuidad, de la
ciega confianza en la tranquilidad.
Casi todos se
retiraron y dieron el territorio por perdido. Pero yo estaba herido en mi
orgullo, quería venganza. Fui entonces con el general. Le dije que quería
seguir peleando, hasta el final. Él sólo rio, con amargura. “No lo entiendes
muchacho, uno tiene que dejar las heridas sanar”. No importó que tratara de
despertar su sentido patriótico. Nada lo movió de su despacho en el cuartel.
Reuní un grupo
de inconformes y nos fuimos a buscar al enemigo. Todos les llamaban cosacos.
Pero…mi desorientación natural nos llevó muy lejos; los otros no dieron señales
claras. Terminamos en medio de montañas gélidas, laderas interminables, abismos
y caudalosos ríos congelados. No podíamos salir.
Veíamos a los
cosacos reírse de nosotros desde las alturas, escalando como cabras montesas.
Conforme avanzamos, fuimos encontrando muchas personas extrañas. Parecía que el
mundo se había olvidado de ellos. Se quejaban, pero a la vez estaban llenos de
ira. Siempre trataban de ayudarnos o de confundirnos. Nos enseñaban caminos para
atacar al enemigo fácilmente por la espalda. Los seguimos y nos internamos en
un tétrico laberinto.
Vimos muchos
horrores en las cuevas y pasadizos de esos caminos. Había personas delirando,
demonios jugando e intercambiando riquezas junto con falsos placeres, ogros
destruyendo las delgadas vías así como hechiceros moviendo caprichosamente el
suelo y las rocas. La ira y la necedad no nos dejaron ver. Atacamos a todo lo
que encontramos: recibimos el mismo trato.
Una noche que
volteé a ver a mis compañeros, me di cuenta de que casi no quedaba ninguno. Un
pequeño claro de agua gris reveló la oscuridad polvorienta de mi rostro y la
sangre seca de mi piel. Los demás estaban peor. Intentamos salir por todos los
medio. Una tarde terminamos lográndolo sin darnos cuenta. La alegría renovada
nos causó incertidumbre.
Las heridas
estuvieron cerca de matarnos. Levantamos un pequeño monumento a los caídos,
luego nos fuimos a casa. Contamos con cautela y recelo lo que habíamos visto:
sabíamos que casi nadie nos creería. Los únicos que nos escucharon fueron los
ancianos de las tabernas y las señoras que disfrutaban la efímera primavera del
año, sentadas fuera de sus casas. Lo único que atinaron a decir es que
atravesamos el infierno. Yo no sabía si eso era posible.
Los tiempos
cambiaron el año en que volvimos. Las lluvias ligeras alegraban las tardes que
pasábamos sembrando nuestros campos y las noches en que dábamos paseos por los
bosques. El trabajo era duro, pero reconfortante. Todo volvía a la
tranquilidad, en mi pueblo comenzaban a reconocerme. Pero algo hacía
falta.
Una tarde fui a
ver a Zachasyrov. Se sorprendió de que siguiera con vida. No me guardaba rencor
por mi rebelión y no pensaba fusilarme por traidor. Creyó que había recibido la
lección que merecía. “Sé que no vienes aquí a contarme tu historia, sino a ver
qué aventura encuentras”.
Él tenía razón.
Me habló de otra campaña, esta vez en Irkutsk, mucho más lejos que las
anteriores. Luego de instruirme en lo que tendría que hacer y en ciertos
conocimientos de estrategia, me puso al frente de un cuerpo de voluntarios
jóvenes igual de locos que yo. Antes de irme de nuevo, me dijo: “Algo me dice,
que terminarás en un sitio completamente distinto”.
El general era
profeta o conocía demasiado bien al mundo. En Irkutsk no había absolutamente
nada qué hacer. Pero más al oriente sí. Nos dirigimos hacia allá, con cierta
indiferencia. Se acercaba el verano, llovía con mucha más frecuencia. La
ansiedad a veces nos invadía, pero el calor de las fogatas cada noche nos tranquilizaba.
Las tierras más
orientales del Imperio habían sido invadidas. Estaban secas, vacías; olían a
pólvora y los campos se quemaban sin detenerse. Los enemigos venían de los
sitios más oscuros del mundo, estaban cargados de odio. Nada se podía hacer ya
por la paz. El diálogo se quebró con un ataque de ellos a medianoche, a
nuestras espaldas.
Esta vez la ira
los cegó a ellos, los hizo perder la razón. Con total frialdad los derrotamos y
los hicimos huir; nos maldijeron desde el infierno que ellos encontrarían
después. Ya no sabíamos si esas tierras oscuras volverían a florecer, parecían
condenadas a ser cenizas, a ya no rejuvenecer. Pensamos en volver a Irkutsk.
Pero la gente
que había huido de los invasores volvió e hicieron crecer de la destrucción un
auténtico paraíso. Parecía que no era de nuestro país. Esa gente era muy rara ,
nadie nos había hablado de ellos. Además, éramos sus héroes. Pronto pensamos en
construir la ciudad perfecta y creímos lograrlo. Le llamamos Pervlyubov.
Fueron los momentos más felices.
La noticia de
nuestros éxitos había llegado había llegado al zar. Quiso compensarnos a todos.
Todos recibimos un ascenso. Terminé siendo coronel y orgulloso portador de una
condecoración de honor. Fue un momento de felicidad. Me asignaron para cubrir
una zona un tanto lejana de la ciudad perfecta. Al menos veía más seguido a mi
familia.
Mi alegría se
fue disipando pronto. Dejamos de ser héroes para Pervlyubov, acusaron cientos
de veces nuestra ausencia. Se decían muchas conspiraciones y chismorreos. Mi
ejército y yo estábamos de acuerdo en que tal situación sólo nos conducía a la
desesperación, a la pérdida del idilio que nos había tenido cautivados los
últimos meses.
Trataron de
mantenernos atados varias veces y el zar, feliz en su palacio, se olvidó de
nosotros. Zachasyrov se apareció un día y me dijo: “Tienes tendencia a estar
condenado por la libertad, nadie te puede mantener fijo en el mismo sitio
siguiendo los mismos pasos. Está en tu naturaleza. Incluso los altos mandos
militares no te consideran un oficial disciplinado, sino que sólo resaltan tu
habilidad. Tus huesos no se quedarán en ninguna parte”. Nada volvió a estar
bien desde ese día.
La seducción de
la vida, de los múltiples caminos y posibilidades se apoderó de nosotros. Ahora
los días se repartían entre la felicidad de lo inesperado y la culpa por no
poder volver a Pervlyubov sin vernos prisioneros. Tanta contradicción se volvió
un día imposible de sostener.
Llenos de dolor
y de lágrimas nos despedimos de la que fuera alguna vez nuestra ciudad
perfecta. La gente de ahí también se despidió con un llanto arraigado desde su
alma. Nos enfrentábamos a la inevitable separación. Lo que siguió fueron días
grises en los que nadie se acordó de nosotros, en los que parecimos desaparecer
de la Tierra.
Fue en aquellos
días que volví a mi aldea de nacimiento cuando mi madre me dijo esa cosa de los
viajes. La diferencia entre los anteriores y a los que ella se refería, era que
ya no tendría que ir cargando estandartes y banderas, en nombre de una
figurilla de sangre azul. Tenía que ir por voluntad propia, a seguir mi
naturaleza, a donde mis decisiones me llevaran.
Me despedí de mi
ejército también. Ellos seguirían haciendo su trabajo en otra zona que nos
había asignado el zar. Esa noche en que me fui del cuartel, perdí mi uniforme
de coronel, con varias de mis distinciones. Quise volver, pero ya no estaba.
Tal vez tenía que perderse, como mi aparentemente brillante carrera de militar.
Abordé el tren
Transiberiano, que supuestamente me llevaría al otro lado del mundo. Iba lejos,
para hacer algo distinto. Mi vida no tenía que limitarse a lo que ya había
sido. Poco a poco me fui olvidando de las tragedias, de las victorias pasadas.
El aire frío, las nevadas incesantes así como el panorama infinito de las
montañas y bosques me devolvieron un poco la cordura.
Fijé un destino
en el mapa. Estuve tan cerca de llegar, que un día una neblina invadió todo el
camino del tren y al salir de ella, el lugar ya había pasado. Tal vez
simplemente no tenía que bajar ahí. O eso me agrada pensar para no sentirme mal
afortunado. Vi muchos espejismos. Creí que los cosacos nos perseguían y
que los asaltantes de caminos en cualquier momento vendrían por nosotros. Le
conté al maquinista; me dijo que había tenido viajes peores y que ya dejara de
preocuparme. A partir de entonces empecé a preguntarle cuanto faltaba para
llegar.
Un día cerré los
ojos y puse un dedo en mi mapa al azar, sólo por diversión. Era una ciudad
cerca de Suecia, que se llamaba Helsingfors. Escuché muchas conversaciones de
ese lugar y encontré un libro en la pequeña biblioteca del tren, que la
describía como una maravilla naciente. Allá es a dónde quiero
llegar.
Al llegar cerca
de la ciudad de Kazán, me entregaron una carta. Era un anónimo diciendo que en
Helsingfors me recibirían bien, pero que no desesperara o lo diera por hecho.
Era difícil no tener ilusiones, considerando que las visiones felices de ese
lugar siempre me causaban insomnio. Controlar mis impulsos desesperados era
difícil, pero no imposible.
Desde entonces
vivo entre la felicidad y la zozobra; entre la ilusión y el temor de que todo
se arruine. El maquinista dice que faltan tres días, pero las horas se hacen
eternas, a veces ya no las sé distinguir. Lo que me mantiene vivo es la
misma emoción por vivir que no me ha abandonado desde años atrás, iniciar cada
día sin saber con qué pensamientos habré de irme a dormir.
Me dijeron que
allá las almas viven siendo libres sin que el mundo se perturbe o explote.
Constantemente se me aparecen las estrellas fugaces para pedirles deseos.
Pero…yo suelo perderme o acabar en sitios distintos a los que había pensado. Lo
que hoy pedí fue llegar, aunque sea sin darme cuenta de cómo. El azar
dirá.
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