Despertar
DESPERTAR
Sabes que no tienes opción. Como cada día, tienes que
olvidarte del cansancio con el que despiertas para enfrentarte a un nuevo día.
Si te quedas en cama, la vida se te va. Nada te levanta el ánimo. Sólo está la
oscuridad antes del amanecer y tu reflejo en el espejo mientras observas tu
rostro impasible y somnoliento. El agua en la cara, la cafeína y las pastillas
raras que tomas aseguran que no caigas
por las escaleras al bajar de tu apartamento o que se te olvide llevar la
cabeza.
Tratas de pensar en el trabajo mientras te diriges a la
parada del transporte público. Todo se vuelve desafiante y temes que tus
capacidades se vean rebasadas por ese campo de batalla, al que tu jefe-grácil y
sonriente-llama competencia. No falta quien te diga que no debes dudar de ti
mismo, pero tú te conoces y no puedes confiar ciegamente.
Cada mañana te encuentras gente desconocida en la parada. A
algunos crees haberlos visto regresando a sus casas por las noches o comprando
pan; de otros, no tienes ni la menor idea. Sin embargo, todos viven cerca de
ahí. Todos se miran en instantes efímeros para voltear a otra parte sin decirse
nada. No fluye una conversación espontánea porque todos están inmersos en sí
mismos.
Luego de un rato, el autobús llega con una calma que
desespera a los que tienen prisa. Todos pagan y abordan. El chofer hace el
primer coraje del día cuando alguien le paga con un billete arrugado de $100.
Mira con desdén al pasajero y le entrega el abundante cambio sin dar las
gracias. Tú le pagas y tratas de recorrerte en el estrecho pasillo, donde
algunos estorban con sus espaldas o mochilas.
El camino es largo, aunque a ti ya se te haya hecho corto con
el pasar de los meses y años. Antes te gustaba mirar por la ventana, observar a
los automóviles, a la gente apresurada y a los tamaleros en sus bicicletas con
la misión de alimentar a la ciudad. Ahora te parece un tanto indiferente y
crees que no hay gran diferencia entre un día otro. Los lunes y viernes siempre
son caóticos; los demás días, indiferentes.
Normalmente, los auriculares son tu único remedio para evitar
las serenatas mañaneras de la estación de radio que le gusta al chofer. Pero
esta vez, no deseas ponértelos. Sabes que si en este momento tomaras tu
reproductor de música, ninguna canción te convencería. No tendría caso.
Conforme el camión va atravesando algunas avenidas, algunos
pasajeros descienden y otros tantos se suben. La mayoría de los que están
sentados duermen recargados en lo que sea. Se suben también algunos ancianos;
los afortunados ganan la oportunidad de sentarse y los otros tienen que
soportar el peso de los años en sus huesos mientras ven a algunos de los
pasajeros falsamente adormilados.
Luego de pasar enfrente de una primaria, buena parte de los
pasajeros se bajan. Son los padres con sus niños y sus mochilas gigantescas.
Bajan con sus uniformes monótonos y las voces de prisa en sus oídos. Les hace
más felices ver a sus amigos que cualquier otra cosa; les entusiasma más el
recreo que cualquier lectura del libro de español.
Y así, finalmente, consigues un lugar pegado a la ventana.
Faltan unos veinte minutos para llegar. Decides matar el rato leyendo unas cuántas
páginas de la novela que cargas cada día desde hace dos meses. Cuando la
buscas, te das cuenta de que la has olvidado en algún lugar. Te frustras. ¿En
qué ocuparás ese tiempo ahora?
Los pensamientos ociosos y profundos comienzan a invadir tu
mente al ver la oportunidad. Tus gestos cambian. Ya no sólo es la preocupación
laboral, sino también las cosas que piensas al bañarte por las noches o
aquellas que no te dejan dormir. A veces crees que son ridículos
sentimentalismos: tan ridículos que te causan un espasmo de dolor y otro de
diminuta esperanza.
Sabes que todos tienen sus problemas. Sabes también que no
importa qué tan malos parezcan los tuyos, porque siempre habrá alguien que la
viva peor. Piensas que si los cuentas, se harán grandes y terminarán por
devorarte. Pero en momentos como estos, piensas que de nada sirve ocultarlos.
Siempre aparecen para cubrir el espacio de los tiempos muertos.
No soportas mucho más esas sensaciones ni la manera en que
aprietas con tu mano derecha el asa de tu bolsa al recordar ciertas cosas que
aún no puedes explicar. Piensas en evadir…burlar esas ideas que pretenden
arruinar otra vez el comienzo del día. Sabes de algo que podría funcionar, que
podría transportarte a escasos pasos de tu lugar de trabajo en muy poco tiempo.
Sí, eliges cerrar los ojos como los demás. Vas a fingir
dormitar cuidadosamente para no terminar en el paradero. Quizás encuentres algo
de tranquilidad en la sombra de tus parpados. Lo haces y comienzas a ver las
mismas luces y rayas de colores fantásticas que siempre aparecen. Tratas de no
pensar en nada, pero eso es imposible. Prefieres concentrarte en detalles
insignificantes.
Pero tu falso dormitar no consigue espantar a tus demonios.
Todo lo contrario: fluyen, bailan, se retuercen y escapan entre tu mente.
Piensas que ya no hay remedio y tratas de ignorarlos con todas tus fuerzas.
Parece una batalla perdida más: la certeza de que te han superado esta vez y de
que tal vez no se vayan en todo el día.
Pero una cosa comienza a ahuyentarlos. Son tus propios
pensamientos “inteligentes”, como tú les llamas. Comienzas a pensar en
soluciones y nuevas ideas, aún con los ojos cerrados. Parecen tener sentido y
la tormenta comienza a esfumarse. No parecen tan difíciles las vicisitudes
después de todo y pudiera ser que al fin la vida mejore.
Te preguntas también porque no se te ocurrió antes. Porque no
hiciste tal o cuál cosa. Porque no le dijiste eso importante en pocas palabras
o porque te ruborizaste al pensar hacer algo espontáneo. Te cuestionas porque
la vergüenza o el temor detuvieron algunas de tus mejores ideas y sobre todo, qué
tan diferente pudiera ser tu propia vida.
Pero ya no tendría caso pensar en el pasado porque ya tienes
una idea de qué hacer. Dirás la verdad, lo que tengas que decir y no temerás
demasiado de las consecuencias que inventa tu mente. Pensarás que no todo tiene
que ser fatídico. Tratarás de darle algo de alegría o cuando menos tranquilidad
a tus días. Serás libre.
Algo corta tu momento de inspiración. Un instante en que el
aire corre presuroso.
Después, la ferocidad del impacto que resuena en tus
oídos y después te lanza disparado contra el asiento de adelante y el marco de
la ventana. Un semáforo que falló en el peor momento y dos conductores
confiados. Escuchas algunos gritos y sientes un hilillo de sangre correr por tu
rostro. Pierdes la conciencia y todo se desvanece. Ya no sabes si habrá otro
despertar. Esperemos que sí.

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