El Director
EL DIRECTOR
Vuelve a acomodarse en su silla cuando la puerta que está enfrente de él se cierra. Siente que el traje le aprieta un poco, pero no demasiado. Tiene las cosas que necesita, bien organizadas, en un gran escritorio que intercala madera y cristal. Notas dispersas y fotografías con personas que cualquiera reconocería en un segundo. Su nombre escrito y reluciente en una superficie metálica. Está en su oficina, en su trono.
Ladea la cabeza y hace un gesto que revela toda la soberbia
que lo acompaña desde que despierta hasta que se queda dormido en el sillón
viendo televisión. Su celular suena, tal y como lo hace cientos de veces en el
día. Se da el lujo de ignorar, mentir o persuadir en cada llamada y cada
petición. Él se siente importante, los demás lo aceptan.
Sabe que tiene poder: se enorgullece, se regodea y lo presume
cada que quiere. Las “pequeñeces” que lo hicieron temer tanto en el pasado ya
no tienen lugar porque ahora nada podría derribarlo. Se siente felizmente atado
a la cúspide y a los demás, los ve como hormigas que dan vueltas en círculos. No
cree ser afortunado ni tampoco lo agradece, un librito le dijo que era su
destino.
Ha visto su nombre impreso en los grandes espacios públicos y
en los gigantescos foros económicos. En
esos lugares le gusta encontrarse con los que, él cree, son sus iguales: los
sonrientes millonarios que aparecen cada mes en las revistas de negocios. “Todo
el mundo habrá de querer ser como ellos”, pensó alguna vez, “si fuesen lo
suficientemente inteligentes, darían todo por alcanzar el éxito, el
reconocimiento”.
Tiene también el fantástico don de ordenar. Usa su voz grave
y su certero dedo índice para indicar a sus subordinados lo que él considera
pertinente. Ellos obedecen, sin chistar, aunque les parezca mala idea con tal
de agradarlo y ganarse algún beneficio extra. Él a veces no recuerda sus
nombres. Y cuando la frustración por la falta de agradecimiento crece a finales
de la semana, los bares se enriquecen con los empleados.
Aunque esté en la cima, sabe que tiene jefes e intereses a
los cuales responder. No importa, todo siempre ha estado bajo control. Con toda
su perspicacia e información que recibía de los chismosos profesionales supo cómo
mantenerlos complacidos a todos y mantener un fuerte grado de independencia. Mientras
las cuentas bancarias en Ginebra y las Islas Caimán siguieran creciendo, no
habría de qué preocuparse.
La seguridad le preocupaba demasiado hasta que ordenó traer
una habilidosa escolta personal compuesta por gente que había abandonado la
policía años atrás. Confía en ellos a plenitud, son eficaces y fríos como una
serpiente. Jamás pierden el objetivo. Hubo un solo error, hace dos años: el más
paranoico de sus guardias disparó su arma ferozmente cuando creyó ver una
amenaza. Las balas volaron por todos lados e impactaron a un niño. Nada que no
se arregle diciendo que fueron tiros al aire.
Su familia, según él, le causa más dolores de cabeza que
alegrías. Su matrimonio hace años que sólo existe por el puro documento; su
esposa y él se miran con indiferencia, se distraen con su fortuna creciente.
Sus hijos deambulan entre los placeres del libertinaje y la opulencia. Trató,
sin mucho interés, de detenerlos hasta que pensó: “Ya vendrán a mí, para seguir
satisfaciendo sus deseos tendrán que disciplinarse. Serán mi orgullo.”
Dice que siempre consigue lo que quiere. Que no hay
diferencia entre necesidad y capricho. Algunos caricaturistas lo han inmortalizado
como como un cocodrilo astuto y codicioso. No le desagrada esa visión de
depredador; sin ella se sentiría indefenso, presa de los demás. Le agrada ver
gestos de temor en los demás cuando usa la crueldad para conseguir algo. Se
cree implacable.
Las horas pasan rápidas frente a su computadora. Controla
todo diligentemente hasta que llega la feliz hora que él mismo se concede para
retirarse: las 18:00. Habla brevemente con las personas que encuentra y les
exige más velocidad en su trabajo. Responde dudas con órdenes certeras y desea,
hipócritamente, una buena noche.
Todo ha ocurrido así, sin novedad. Se dirige al
estacionamiento con dos de sus guardias. Se dirigen hasta un lujoso
Mercedes-Benz, uno de ellos toma el lugar de chofer y comienza el breve camino
a la mansión. Todo se mantiene en silencio, aparentemente no hay nada que
decir. Por la ventana sólo se ve el sol caer en una ciudad que florece en el
caos.
Se mantiene normal hasta que el ostentoso automóvil gris
comienza a perder potencia y no responde a los acelerones cada vez más fuertes
del chofer. Se orillan para mirar qué pasa. Él suelta una serie de improperios
y les pide a los otros solucionar el problema de inmediato. Por si las dudas,
manda traer otro de sus autos y considera en llamar a la grúa.
Desciende del automóvil y se da cuenta de que está frente a
una vieja alameda que nadie se ha preocupado de remodelar. La gente transita
impasible bordeando los caminos. Algunos ociosos reposan en las bancas o en los
escalones del quiosco que se mira a lo lejos. El lugar le produce repugnancia y
comienza a imaginar cómo se vería todo eso con un diseño de jardín inglés.
Al pasar los minutos, ni sus hombres consiguen arreglar el
auto ni tampoco llega el de reemplazo. Desesperado, decide ir a caminar
discretamente. Supone que nadie distinguirá su rostro regordete y sofocado ni
tampoco su camisa arremangada sobre sus brazos. Sabe que es probable que lo
asalten, pero sigue sintiéndose protegido.
Sus pasos lentos y apáticos lo llevan hasta el quiosco.
Observa las bancas rotas y el pasto que crece sin control en las jardineras.
Ese mundo ya le es ajeno pero le provoca cierta nostalgia del pasado que
intenta desaparecer, ese en el que su vida se resumía en la sencillez y en la
incertidumbre de si habría un nuevo día. Contrarresta esas sensaciones con su
creencia de que la pobreza es voluntaria.
Aún ahí no cree haber perdido el porte dominante. Los vecinos
del lugar rehúyen a pasar al lado de él por algún motivo. Nadie puede tocarlo…hasta
que el impacto de un balonazo saca todo el aire de su prominente barriga y lo
hace doblarse sobre sus piernas, entre maldiciones mentales, con un gesto de
dolor.
Fueron unos niños jugando al fútbol. Lo miran y piensan en
disculparse, pero les gana la risa al ver a ese hombre colorado por la falta de
aire y sus frustrados intentos de alcanzarlos con sus manos. Ellos siguen
jugando y corren libres, el juego continúa y ese incidente será algo que
recuerden alegremente cuando vuelvan a sus casas al anochecer.
Cuando recupera la compostura ya los niños están muy lejos.
Cree que no tiene caso ir a buscarlos: si sus madres supieran, los regañarían
sin mucha voluntad y terminarían riendo entre dientes. Se siente vulnerable
otra vez por culpa de un ridículo balón. El incidente lo motiva a terminar su
breve paseo por el lugar y volver a su auto averiado.
Finalmente escucha un sonido que lo hace feliz: el motor
arranca, pero sus hombres ya no están reparando nada. Uno de ellos se asoma por
la ventana, lo mira a los ojos, le hace una seña con el dedo medio y remata con
tres disparos de su pistola al aire entre carcajadas. El Mercedes-Benz se
pierde entre los otros automóviles y el robo se consuma con total cinismo. Tal
y como él normalmente actúa.
La furia apenas lo deja moverse y busca infructuosamente su
celular en la bolsa de su saco. No está, tampoco su billetera. Quizás se le
cayó o lo dejó accidentalmente en el auto. Está incomunicado y sólo en medio de
esa solitaria alameda cuando está a punto de anochecer. Comienza a invadirlo el
temor y trata de recordar alguna vía segura para volver caminando a su mansión,
pero no piensa con claridad.
Comienza a soplar el viento de principios de otoño que
alborota los árboles y hace al polvo arrastrarse. Le cala los huesos y le
alborota el cabello. Los faroles se prenden y se proyecta su sombra, pequeña e
insignificante. Todo le parece más grande y aterrador, debe ser el propio miedo
apoderándose de su visión y su orgullosa mente.
Su fortaleza resulta de cristal y la soledad lo hace
arrodillarse desconsolado. Desea que lo saquen de esa pesadilla que él alimenta
cada segundo. Su trono se desmorona y su corona sale volando por los aires. Algunos miran de lejos la fabulosa escena del
hombre en su miseria despojado de su falso poder y su inexistente gloria. Por
las malas, se siente humano otra vez.
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