Hazen
HAZEN
Pobres de aquellos a los que los alcanzó aquella noche la
lluvia, el viento y el frío. A nosotros no, no esta vez. Pudo ser que el
torrente de agua que corría por las calles nos mojara hasta los huesos y que tu
paraguas negro saliera volando por los aires en una leve distracción. No fue
así. El caos del verano quedó fuera de ti, de mí.
Dicen que no todos los deseos se hacen realidad. Es verdad.
No importa la fuerza del pensamiento o las buenas intenciones: el capricho
indescifrable del tiempo concede instantes, lágrimas, regocijo, frustración y
de vez en cuando…esos deseos. Nadie me lo dijo y quizás habría sido disparatado
creer que ocurriría.
Eres impredecible, es tu naturaleza. Lo vi en tu caminar, en
el aire que tu presencia cortaba y en tu mirada profunda pero distante. Tus
palabras se amplifican en mis oídos y hacen reverberar mi piel. Y yo te respondo,
escéptico y a la vez tentador. Nadie se deja caer, ni pierde el control…aún. El
coqueteo es invento de los dos, un juego inevitable.
Es la tentación misma la que desbarata las excusas y los
límites. Las risas traviesas eliminan toda posibilidad de silencio. Te veo a
ti, relajada, retozando en el sillón con
la cabeza recargada, tu pierna derecha cruzada y tus manos inquietas. No
pierdes el misterio. Las bebidas que preparé yacen olvidadas en la mesa: no
tienen lugar en este momento. La conversación se vuelve más intensa, causa
algunos suspiros fugaces.
Comienza, sin motivo, una guerra de pulgares. Tus manos aún
están frías. Te gano la primera vez. Luego me haces trampa, la cual yo te
devuelvo en el siguiente juego. Juego sutil e inocente, principio de los
pensamientos que aún están ocultos, que están por salir. Nace un instante:
nuestros dedos quedan entrelazados, nos miramos, el frío se ausenta.
Digo que te tengo que confesar algo al oído. Miento, no sé
realmente qué decir. La improvisación viene a salvarme. Tratas de ladear la
cabeza, ruborizada, pero terminas de escuchar. Tu respiración apenas se percibe
y apenas alcanzo a rozar tu piel. Soplo con suavidad, con mis labios apenas
abierto. El cosquilleo te recorre el cuerpo y das un pequeño salto. Me alejas
con tus brazos riendo, pero antes veo los efectos de mi travesura: aún tienes
la piel de gallina.
Tu reacción no es de desprecio. Es parte del juego. Tratas de
hacer que ahora yo sufra con gusto. Empiezo fingiendo no sentir nada para que
te desesperes y sigas intentando. No lo logro. Tus movimientos se vuelven
caricias y me causan escalofríos. Ambos nos damos cuenta de que algo cambia. No
apartas tus manos. Yo acerco la mía para acariciar tu cabello.
El segundo se congela. Nos acercamos, poseídos. Nuestros
labios hacen contacto, al fin. Los ojos se cierran. Tiemblas por instantes,
pero te dejas llevar. ¿Existen las explosiones suaves? Me acabas de demostrar
que sí. El juego de caricias continua, sin pensar. Los sonidos se disipan y lo
demás va desapareciendo. Sólo existimos nosotros, creando nuestro propio caos.
No estoy para decirte cursilerías ni para dibujarte corazones
en la espalda. Lo sabes por la forma en que te miro. Dices que te pongo
nerviosa. Tú me aceleras el pulso. Te tomo del cuello y te vuelvo a acercar a
mí, apenas rozo tus labios. Trazo líneas imaginarias sobre tu cuello. No
cerramos los ojos esta vez y ambos nos traspasamos con la mirada. La impresión
es tanta que no tenemos nada que decir.
Nos detenemos un momento. Tratas de preguntarme algo, pero no
te sale la voz. Te miro. Tu silueta se queda reflejada en mi pupila. Mis dedos
caminan sobre tus hombros. Tienes una expresión alegre, coqueta, deleitante.
Mentiría si te dijera que, entre las tribulaciones que me causaba tu ausencia,
lo imaginaba así. Es más, mucho más.
Ha de guiarnos la curiosidad, la improvisación, el instinto.
No hay miedo ni tampoco una vergüenza innecesaria. Ya estamos aquí, capturados
en nuestro propio delirio. Quisiera decirte algo inteligente. Pero las palabras
se agotan frente al deleite del momento. Y tú no correrás para esconderte de lo
que sientes: no puedes escapar.
¿Lo habrás imaginado tú antes? No lo sé, probablemente jamás
me lo digas. Recuerdo cuando sentí tu mirada por primera vez y luego la
escondiste entre el infinito. Cuando me sonreías de lejos y yo a ti. Hasta que
una razón absurda nos llevó a hablar por primera vez. Lo demás ya es historia.
La pasión nos fluye por las venas. Lo siento por la manera en qué vas
conociendo mi torso y la forma en que yo creo figuras infinitas en tu espalda.
Quisiera que no despertaras mañana arrepintiéndote por temor
a lo que sientes, a lo que sentirás. Nadie es el objeto del otro para
satisfacerse. Lo sabrás cuando yo no me largue por la mañana para repetir el
mismo juego otra vez, con alguien más. Ya lo verás. Pero no es tiempo de pensar
en eso. Nos quedan muchos segundos por delante.
El secreto y los detalles de lo que pase quedarán como guardados
dentro de estas paredes y las cortinas que cubren los vidrios empañados.
Habremos de recordarlo nosotros sonriendo en los momentos menos pensados. Algo
de tu piel se quedará en mis manos; algo de tu voz se quedará en mis oídos,
como una canción inolvidable. Viviremos lo que nos contaremos a nosotros mismos
una y otra vez.
Pero
ya, basta de pensar. Que se nos acaba el mundo y la noche nos guarda caminos
insospechados. Que aún quiero conocer mucho de ti. Podríamos jugar a querernos
de esa forma tan rara en que hacemos los humanos. Y al final te diré lo que ya
te habré contado con mi cuerpo: que contigo estoy sumido en la neblina del
deseo.
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