Nauran
NAURAN
Van bajando cuidadosos la ladera del cerro: la tierra está
suelta porque apenas hace unos minutos ha dejado de llover. Ambos encontraron
refugio dentro de una pequeña cueva y desde ahí, en silencio, miraron como el
cielo caía y los relámpagos fulminaban puntos lejanos a la distancia. El agua
formaba riachuelos y caían por las cañadas hasta formar cascadas diminutas.
La tormenta se fue tan rápido como llegó. Felipe y Luis
tenían que continuar el camino hacia unos sembradíos a orillas del río antes de
que oscureciera; si dejaban una vez más sin protección los cultivos, se
quedarían sin cosecha para vender dentro de unas semanas y el hambre volvería a
reinar, como en los tiempos de sequía. Sus estómagos no lo aguantarían otra
vez.
Luego de vadear una zona cubierta de magueyes, Luis se quedó
mirando los cerros que tenía delante y aquellos más lejanos, altos y oscuros,
cubiertos de nubes. Siempre había sentido curiosidad de explorarlos, pero el
cansancio del trabajo diario era tan extenuante que apenas le quedaban fuerzas
para cenar. Le gustaba el paisaje y deseaba, un día, aprender a predecir el
clima y esas cosas raras que los viejos hacían.
-Ya no te pares tanto, Luis. Oscurece en una hora y si no nos
apuramos, mañana vamos a amanecer comiendo camote con toda la siembra
destruida.
-Perdón, perdón…ahí voy
-Yo no sé por qué eres tan distraído. ¿En qué tanto piensas?
¿Qué tanto sueñas? Llevas viendo estos valles y estos cerros por años, no
entiendo porque siempre los miras como un desorientado. ¿Qué tanto les ves,
hombre?
-Ya ves, las cosas van cambiando con el tiempo. Uno es
observador y nota los detalles. Sé que si miro al mismo sitio dos veces, no
veré lo mismo.
-De verás que no sé cómo le haces. Lo único que le veo de
diferente a todo esto es que las sequías son más cabronas y las lluvias más
inestables. A veces importa un carajo en qué mes estemos, el clima está como
quiere.
-Sí, sí. Es todo un misterio. Pero ya qué le hacemos.
-Jodernos-dijo Felipe sonriendo, con sus dientes amarillentos
y su delgado bigote descuidado-así nos
tocan las cosas.
No tardaron mucho en escuchar el borboteo del río y en ver la
pequeña planicie de plantíos verdes de maíz y frijol. Se encontraron a uno de
sus parientes, escurriendo por la lluvia y llevando su rebaño de borregos a su
casa. Los invitó a una cena que sería más tarde; “Si la lluvia nos deja, si
Dios quiere” concluyó la invitación, resignado.
Luis y Felipe se apresuraron a cercar el plantío con postes y
un alambre oxidado de púas. Regaron unos polvos que supuestamente ahuyentarían
a los animales y fijaron ciertas trampas escandalosas que los harían saber al
momento si alguien les robaba. Esperaban que, ahora sí, la escopeta sirviera en
un caso así: la última vez se había quedado trabada para finalmente dispararse
contra el techo cuando los ladrones habían huido. El agujero de la bala, hasta
la fecha, no había dejado de ser una interminable gotera en verano.
Luego de terminar en escasa media hora y de mirar, con
orgullo, como las milpas se elevaban altas hasta el cielo, fueron a avisar a
sus padres. Tenían su casa a escasos minutos de ahí y descansaban luego de una
fatigosa semana. La vejez les iba mermando las capacidades y ya no podían hacer
las jornadas extraordinarias de antes.
La fuerza de trabajo caía ahora en sus
hijos. “Ya están bastante grandecitos para ganarse la vida y darnos un poco de
lo que les hemos dado” decían cada que podían.
El par de hermanos les comunicaron de la invitación del
pariente. Tardaron unos segundos en responder, estaban más atentos a la entrecortada
transmisión de radio que estaban escuchando. Finalmente, optaron por decir que
no tenía mucho caso ir, que sería mejor irlos a ver después. Seguramente
seguiría lloviendo y no valía la pena salir.
-¿Y nosotros podemos ir? ¿Nos dejaría?-preguntó Felipe a su
padre.
-Vayan, pues. Díganles que estamos indispuestos, que ya los
veremos otro día. Los quiero temprano y sin estar guacareando la entrada.
Ambos dijeron que sí. Se llevaron sus sombreros y sus viejas
chamarras de lana por si volvía a llover. Se fueron a pie porque habían perdido
los caballos la noche en que una tormenta eléctrica dejó a todos con
taquicardia e insomnio por una semana. Algunas personas decían que el clima era
cruel en esas tierras por tanto pecador en el pasado y por tanta alma vagando
sin descanso; tantas cosas sin explicación habían vuelto a la gente muy
supersticiosa.
Se dirigieron a la
casa del pariente por la ribera del río teniendo cuidado de no caer en los
pequeños pantanos que se formaban entre los cañaverales y las tierras que antes
estaban secas. El sonido de las gotas cayendo de los árboles cercanos
interrumpía su plática. No era que tuviesen muchas ganas de ir, sino que
simplemente deseaban distraerse aquella noche y llevarse entre los labios el
sabor de la cerveza helada.
La lluvia había ahuyentado a la gente y los pájaros apenas se
atrevían a cantar de nuevo. El suelo se llenaba de insectos que saltaban y
revoloteaban. El par de hermanos se encontraron un árbol de duraznos que asaltaron
en cuestión de minutos para irse comiendo todo el camino. Aventaban los huesos
tan lejos como podían para que no les siguieran el rastro.
-¿Crees que este año haya baile, Felipe?
-No sé, igual y sí. Aunque no sé para qué quieres ir, siempre
te quedas sentadote mirando a las demás parejas bailar y escuchando las
conversaciones de borrachos. En lugar de que aprendieras unos pasitos, hombre y
sacas a bailar a quien quieras. Hasta la hija de Huerta, esa que tanto te
gusta.
-Uy, si yo no nací para eso. Yo no soy bailador como tú, como
todos los otros. Ve tú a saber porque no nací con talentos de seductor…-decía
Luis mientras se mojaba la cara con agua de un diminuto manantial que recién se
había formado.
-Dices, dices…si nada más es porque no quieres. Si nosotros
nacimos feos, pues. Pero al final, a la belleza se la lleva el carajo. Nada más
tienes que echarle ganitas, hacer tu luchita, cosas así. Ni es tan complicado.
Pero ándale, que nos llueve otra vez.
Debían apresurarse a cruzar el puente que atravesaba el río
para dirigirse a un lomerío verde y lleno de campos de pastoreo. Si el río los
alcanzaba con las aguas venidas desde las montañas, iban a terminar arrastrados
por la corriente para aparecer en los cultivos de arroz del pueblo más cercano.
Ninguno de los dos sabía nadar y menos en esas condiciones.
-La vida, Felipe…la vida es cabrona.
-No seas…no me vengas con ese pesimismo. Ya tengo suficiente
con las quejas que escucho a diario de todo mundo como para que me vengas con
las tuyas. En lugar de que agradezcas por lo poco que tienes.
-¿Y qué es lo poco que tengo? ¿Qué es aquello a lo que no se
lleva el viento?
Ambos se detuvieron sin tener mucha conciencia de lo que
hacían a mitad de puente. Se recargaron sobre la barandilla y se quedaron
mirando el flujo interminable del río, con sus aguas cristalinas y sus bordes llenos de grandes rocas. El viento
traía nubes más oscuras, pero en ese momento las propias preguntas ya eran una
tormenta en sí.
-Tienes tu vida, tu casa, nuestras parcelas, tu familia.
Tienes tus manos y todo lo que puedas hacer con ellas. Eso…eso es lo que
importa.
-Pero a todo eso se lo lleva el viento, Felipe. Todo
desaparece un día y se va. Lo canijo de las cosas nos arranca todo y nos deja
con el puro desconsuelo eterno. El tiempo jamás nos va a perdonar, nunca,
nunca. Ya nadie distingue entre ser bueno o ser malo, porque la consecuencia es
la misma. Cuál justicia, cuál nada.
-¿A qué viene todo esto que me estás diciendo? Te he
escuchado decir muchas estupideces en estos años, pero esto…no es normal.
-Deja de mentirme ya y dime de dónde vengo-dijo Luis, enojado
y desconcertado.
-Pues de tu madre, de donde más-trató de bromear Felipe.
-¡Hablo en serio!
-No lo sé. Te lo juro, no lo sé.-dijo Felipe mirando al
cielo- Somos muy diferentes Luis, todos los de aquí y tú. Sabía que no
tardarías en crearte las ideas en la cabeza de que eres adoptado y que no
perteneces. La primera es cierta, la segunda falsa. ¿Sabes qué pienso? Que los
padres no son los que traen al mundo, sino los que te enseñan primero a vivir.
Así que esos padres tuyos te encontraron un día abandonado en la carretera, en
la entrada del bosque. Sí, Luis, ahí. Y los agarró la compasión, hombre, de
verte ahí, diminuto envuelto en cobijas y chillando. Ahí te adoptaron y desde
entonces tengo hermano. Sí, así. Ya lo ves, agradece.
-¿Por qué me dejaron ahí? ¿Por qué tuve que acabar aquí?
¿Dónde estaría!
-Por crueles, por egoístas, yo que sé. Muy jodidos estaban y
no quisieron joderse más. Pero la culpa, Luis, esa sí remuerde para siempre. Y
así han de estar, sintiendo el frío de viejos haciéndose la misma pregunta que
tú cada día. Pero tú estás aquí ya, hombre. Esta es tu vida, no lo que pudo
haber sido.
-Sí, yo entiendo eso, pero jamás los perdonaría. Agradecido
estoy, pero…el miedo carcome. Si ya pasó una vez, puede pasar de nuevo. ¿Has
escuchado el silencio? Dicen que la gente en la ciudad se la vive deseándolo,
pero es porque no lo conocen realmente. Te doblega, te hace tambalearte. Y yo
sé que una noche esa sensación y la soledad van a matarme. Es mi destino, no
hay más.
-Tú y tus necedades. Tú y tu condenada oscuridad. Limítate a
vivir y dormir tranquilo cada noche, a hacer lo que tengas que hacer. Déjate de
esas suposiciones y planecitos para evitarlas. Pero bueno, no te diré más, no
me vas a creer. Me voy a ir para el festejo y tú-dijo señalándolo al pecho-te
me quedas aquí por una hora. Vas a mirar el río y no te vas a mover. Ya me
dirás lo que veas, ya me darás la razón.
-Bien, bien. De todas maneras ya se me habían quitado las
ganas de ir. Al rato te alcanzo, no creo perderme con la noche. De todas
maneras, déjame tu lámpara.
Felipe se descolgó la lámpara y la dejó en el hombro de Luis.
Se fue a pasos rápidos por entre los cerros y dio una última vista para
asegurarse que su hermano se quedaría ahí. Ni él mismo terminaba de entender la
instrucción que le había dado, pero presentía que algo bueno le traería.
También deseó con todas sus fuerzas que entre tanto embrollo no se fuera a
aventar al río.
Y Luis se quedó ahí, le gustaba observar. Miró los sauces y
los carrizos, su reflejo en las aguas y las nubes que se alejaban para dejarse
morir en unos cerros más lejanos. Miró al cielo como quien busca respuestas
pero sólo pudo ver como las últimas aves oscuras volaban a sus nidos como cada
atardecer.
Cuando perdió la cuenta del tiempo que llevaba ahí y sentía
que lo poco que quedaba de luz estaba por desaparecer vio venir a la corriente
del río que tanto temían. La vio cruzar y brincar impetuosa entre las rocas;
sonaba con un gran estruendo y se llevaba todo a su paso.
Corrió a treparse a un árbol para que no se lo llevara la
enorme creciente del río. Desde ahí volvió a mirar, con un borboteo de
adrenalina y emociones. Cuando todo había pasado, bajó del árbol para alcanzar
a Felipe, antes de que se enfriara el café, los tamales y los panecillos. Pero
antes, volteó al río y se dijo para sus adentros:
-Así que así es esta cosa de la vida, como cualquier río.
Tranquilo en ocasiones, revuelto otras tantas e intenso cuando se desata la
tormenta. Pero en todas, no deja de ser bonito, no deja de valer la pena verlo.
Fluye y fluye, sin temor a perderse en el infinito del mar. Va y va, nadie lo
detiene, nadie lo hace ir al revés. Y quizás, la vida …sea sólo cosa de fluir y admirar.
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