Después del Final...
DESPUÉS DEL FINAL…
Es raro para ti sentir la inmaterialidad, la transparencia,
la inconsistencia material de la presencia a la que estabas acostumbrado. Los
rayos del sol no te queman ni te iluminan, aunque sea medio día. No eres capaz
de ver tu piel porque ya no existe. Perdiste aquello con lo que el mundo
moderno y aparentemente racional te creería real: lo tangible.
No estás confundido, o al menos no en el sentido que todos
pensarían. Sabes que se acabó la vida y ya. Creías que la muerte, sin
miramientos, iba a desintegrar tu existencia, entre la tierra o en una pira
funeraria, sin monedas en tus ojos para pagarle al barquero del inframundo
griego. No fue así. Hay momentos que se borraron de tu memoria, sí. Pero sigues
aquí.
Estás en la loma de uno de los parques ecológicos que bordean
la ciudad. La miras con nostalgia, con sensaciones duras, que podrían causarte
lágrimas…si las tuvieras. Nadie está a tu alrededor, querías estar sólo. Tu
cuerpo pudo haberse ido, pero tu pensamiento es mucho más brillante y profundo
que antes. Nada te hace escapar de él.
Todos tus seres queridos repetían, una vez tras otra, que
deseaban tu descanso en paz. Algunos quizás no lo decían en serio, o lo
repetían por formar parte del acostumbrado y casi incuestionable protocolo
funerario. Sabes que sus intenciones no se hicieron realidad y que ellos ni se
lo imaginan. La lejanía entre ustedes es grande.
Estás lejos de reposar plácidamente en un frondoso campo del
paraíso, rodeado de árboles enormes, pastos más verdes que los de los campos de
golf, aves cantando y esas personas que adelantaron el camino antes que tú.
Estás en un limbo. Eres una conciencia incorpórea, perceptible para los pocos a
los que llaman locos. Es una forma de soledad, fría y ruin.
La gente, al tener contactos paranormales habla de sentir la
piel erizada y un frío que la traspasa. Sientes la falta de calor, pero no te
afecta. Si falta la sangre que alimente tu cuerpo es imposible que vuelvas a
sentir la calidez, a veces tan menospreciada. Tu tacto ha desaparecido también,
y con ello gran cantidad de placeres. Te produce frustración no poder siquiera
sentir la consistencia rugosa del tronco de un árbol.
La soledad te cansa por un momento. Deseas caminar, sentirte
en presencia de alguien más por un momento. Supones que tu famoso ángel de la
guarda debió haber sido despedido y que al final, se olvidaron de ti. Deseas,
cuando menos, fingir que estás en compañía de las personas que pasean
tranquilamente en el principio de esa tarde.
Bajas por los caminos sinuosos a gran velocidad. No eres
capaz de teletransportarte, como muchos pensarían, pero sí puedes dejar atrás
la limitante del suelo. Así te acercas a una familia, sentada en una banca, que
conversa y ríe tranquilamente con su algodón de azúcar en la mano. Envidias su
calma, su inocencia al no notar que estás ahí.
Ahora serías el perfecto espía: escuchas lo que sea sin ser
visto. ¿Pero a quién podrías decírselo? ¿Quién podría contar todo aquello que
escuchas, que da vueltas por tu cabeza y que, a veces, te resuelve las grandes
interrogantes de tu existencia? Nadie probablemente. En ese mundo, sólo los
vivos pueden hablar. Los muertos están condenados a ser explicados como fruto
de una mente sugestiva y complaciente.
La conversación de la familia acaba por cansarte. No
entiendes mucho de lo que dicen. Sigues ahora a una pareja, para recordar tus
amoríos de juventud que tanto añoras. La chica, de escasos veinte años, siente
tu presencia en su espalda y voltea instintivamente. Su novio se sorprende,
pero ninguno de los dos te ve. Siguen su camino, tomados de la mano.
Interrumpen su conversación constantemente, entre besos y
bromas improvisadas. Sientes un hueco que te molesta. Piensas en la última
mujer con la que estuviste, aquella a la que llamabas esposa y de la que
decías, semanas atrás, que ya no estabas enamorado. Los sentimientos afloran y
detienen tus movimientos. Los ves alejarse, hasta que sus sombras se reducen y
desaparecen de tu vista.
“¿Qué acaso nadie se muere?” piensas, al volver a quedarte
sólo. Esperarías encontrarte más almas deambulando por ahí. Desearías que
alguien te escuchara o que te hiciera ver que tu situación es común. Pero no
hay nada. Quizás estás buscando en el sitio incorrecto. Piensas en que hay una
iglesia con un cementerio cercano. Ahí debe de haber alguien.
Cuando entras al templo no te persignas, por evitar ser
hipócrita. Fuiste un ateo disfrazado toda tu vida, que sólo adoptaba ritos de
vez en cuando. Hay pocas personas, con la cabeza inclinada, que parecen pensar
profundamente. El sacerdote no está. Decides sentarte al lado de una señora
mayor, vestida de luto y con los ojos llorosos.
Sigues el ritmo de sus palabras, de sus oraciones que se
repiten una y otra vez con escasas pausas. Notas su devoción en lo que está
haciendo. Sabes que a ti también te rezaron por nueve días, como se acostumbra.
Fueron aquellos de los que casi no te acuerdas porque te sentías abrumado. Te
preguntas cuantos lo hicieron con fe y cuantos por los tamales y el café que
los esperaban al terminar. La respuesta es sencilla.
Te diriges al cementerio, esperando encontrar a algún alma
ociosa deambulando por las lápidas grises y blancas. El silencio se interrumpe
cuando el viento mueve las flores de cempasúchil marchitas de hace unas
semanas. Las tumbas han perdido su colorido y se han limitado a contener,
nombres, fechas, buenos deseos. Se ha vuelto un espacio aún más desgarrador de
la soledad.
Decides detenerte por unos momentos, con el panorama de una
tarde que se ha vuelto nublada. Un sepultero pasa al lado de ti y te mira. Al
fin alguien nota tu presencia. Él no se asusta, sólo sonríe y continúa su
camino mientras se dice para sus adentros: “A este muertito no lo conocía”. Tratas
de seguirlo, pero ya no te presta atención.
En otoño oscurece rápido. No pasa mucho antes de que la luz
solar desaparezca. No tienes problemas para ver. Sigues con pausa por varias
calles hasta llegar a un gran edificio habitacional anticuado. Entras y pasas
como cualquier samaritano sin que nada te detenga. Asciendes, sin extrañar la
fatiga de la vida, por las escaleras hasta la azotea.
Extrañas a tu familia, pero no deseas ir a verlos, por mucho
que quieras. Prefieres que ellos pasen el dolor y que no te sientan. No quieres
causarles más daño. A veces tus instintos amenazan con llevarte hasta allá,
pero no lo consiguen. Tu presencia ahí no te quitaría la soledad ni les haría a
ellos la vida más alegre. “No es un abandono, son caminos distintos” piensas.
El tiempo pasa rápido. Las luces de las ventanas comienzan a
apagarse. Llega la calma de la madrugada. Notas que una luz pequeña, diminuta
acaba de apagarse en el piso de abajo. Te causa curiosidad. Decides seguir el
camino para descubrir quien tendría un foco tan diminuto e insignificante. Es
un apartamento pequeño, lleno de detalles.
La habitación de dónde provenía es de un niño. La luz, en
efecto, era de un foco diminuto. Deduces que le tiene miedo a la oscuridad y que
al fin se armó de valor para dormir. Escuchas su respiración pausada, típica de
un sueño profundo. Te preguntas si alguna vez tuviste hijos, a pesar de que
siempre negaste esa idea. Sientes un cariño extraño.
Empiezas a hablarle, como si te escuchara despierto y con
atención. Ríes al recordar tu niñez de juegos interminables. Lo proteges de tu
adolescencia turbulenta, según tú, para no malinfluenciarlo. Le hablas también
del instinto paternal que te provoca estar ahí con él al verlo dormir. Sientes
que tu voz se quiebra.
Decides contarle, finalmente, el evento traumático. Ese
accidente en el que pereciste luego de unos segundos de confusión y dolor, de
ver tu sangre regada sobre el piso. Tus últimos pensamientos también. Las
visiones confusas del llanto de tu esposa y de un funeral breve, pero profundo.
De cómo deseabas abrazar a todos, de cómo te hace falta el cuerpo. De cuánto
extrañas la vida.
Suspiras profundamente. Él parece despertar. Te alejas rápido
para que no te mire, pero alcanzas a notar una expresión de miedo en su rostro.
Desapareces con esa imagen en tu mente. El niño no llama a su madre, pero
recuerda las imágenes del sueño que estaba teniendo. La voz, las imágenes de
una vida y un brutal accidente. Recuerda a ese hombre solitario, que al parecer
lo necesitaba. No entiende. Prefiere volver a dormir.
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