Phobos (El Terror)

PHOBOS
El Terror

Salí aterrado de ese lugar. Recorrí tan pronto como pude las cortinas que servían para dejar aquella habitación oscura. Pude percatarme de que aún era mediodía y de que el bullicio se mantenía constante. Mi pulso estaba acelerado, mis manos frías y un sudor helado recorría mi sangre. Me sequé el sudor de los dedos varias veces, sin éxito.

La desesperación lleva a cometer acciones inusitadas. Antes me reía y juraba que no terminaría en uno de estos lugares. Que sólo los ingenuos e incultos se atrevían a dejarse engañar, a dejar que alguien más les dijera lo obvio: su falta de valor, de suspicacia. Pero mis razones fallaron. Me dirigí presuroso a este sitio, con la única consigna de buscar respuestas.

En efecto, las encontré. Provenían de una voz grave, de una boca que apenas escapaba de una asfixiante túnica. El incienso causó que no sólo me entraran por los oídos, sino por la nariz hasta que mis pulmones estaban invadidos. Mis pupilas siguieron el rápido movimiento de unas cartas de figuras anticuadas, así como de otros recursos menos convencionales. Me las dijo una adivina.

Sus movimientos eran seguros. Sus uñas largas señalaban cartas, líneas de mi mano y hojas de té. Escuchaba con atención, tratando de contener el miedo. Mis orgullosos pensamientos racionales brillaron por su ausencia. Cuando ella señaló los posibles culpables de mis males, la ira estuvo a punto de hacerme explotar. Ella sería capaz de canalizarla, de ejecutar una deseosa venganza.

Ella me prometía seguridad. Ahora estaría protegido. Le pagué generosamente y ella escondió el dinero rápidamente, ocultando una sonrisa. Dijo que no tenía de que preocuparme. Fue entonces que salí de ahí. La tranquilidad no ha llegado. Espero que llegué más tarde, en cuanto llegue a mi casa y pueda respirar tranquilo. No puedo creer lo que trataron de hacerme. Ellos jamás serán capaces de destruirme. No tengo de que temer.

*   *   *
Ya me lo he dicho muchas veces. Las cosas no podrían estar tan mal. Todo falla una vez tras otra. Para mí, el karma ha desaparecido. Esto va a acabar con mi vida si no hago algo. Ya he dicho que importa un carajo los medios que use. Necesito volver a dormir tranquilo, recuperar mi vida. Debo salir de este infierno.

Entro a un pequeño local, oculto entre uno de los pasillos de uno de los mercados más bulliciosos de la ciudad. El olor a frutas y verduras a granel desaparece, así como la luz solar que entra por los derruidos techos. Hay varias figuras simbólicas de distintas religiones, que incluso parecen contradictorias. Ya no sé en qué creer.

Sé que ella me espera. Desconozco su nombre. Sólo me dijeron que era buena adivina, que me tendría una respuesta rápida. Fue sencillo agendar una cita, desde la discreción de mi teléfono celular. Ahora que estoy aquí, siento que un escalofrío me recorre la espalda. Confío en que si algo sale mal, seré capaz de convencerme de que todo es irreal.

No pasa mucho antes de que salga por mí y me haga entrar a una habitación pequeña. Hay muchas hierbas, plumas de aves regadas por el suelo, ungüentos, suficiente incienso para drogar a todo el mercado, cruces, figurillas prehispánicas, tallados de madera africanos y una serie de diagramas incomprensibles. Deduzco lo que cualquiera: ella no es adivina, también es bruja.

Me observa fijamente, pero no me dice nada. Me pide hablar, como lo haría cualquier psicólogo. Me inhibo, la voz me tiembla y no digo nada claro en mis primeras palabras. Por momentos creo que no seré capaz, pero mi voluntad termina triunfando. Suspiro y empiezo a hablar, con escasas pausas. Ella escucha, mientras juega con unas piezas extrañas que circulan entre sus dedos.

Le digo la verdad. Todo comenzó por cosas pequeñas, y fue empeorando. Un cobro extra en la tarjeta de crédito. Las plantas de mi sala se secaron, la tierra no absorbió el agua con la que las regué. Mi cuenta de correo fue hackeada. La grúa se llevó mi auto, enfrente de mi propia casa. No fui invitado al evento familiar anual. Mi novia me dejó por sentirse aburrida.

Otro día se fue la luz. Encendí una vela para iluminar mi habitación. El sueño me venció y me quedé dormido. La cera se derritió rápidamente y el fuego cayó encima de una cajita de madera en la que guardaba mi dinero. Me despertó el olor a papel quemado. El agua no apagaba las pequeñas llamas. Sólo hasta que agregué tierra el desastre terminó. Las cosas ya no tenían sentido.

Por último, tuve un arranque de ira delante de mi jefe. Le arroje café hirviendo en su camisa de lino y le exigí que dejara de hacer peticiones imposibles. No tardó en despedirme, sin liquidación. El poco dinero que me quedaba se agotó rápidamente. Me cortaron la línea de teléfono y no tardan en quitarme la luz. Esta es mi última esperanza. Esto sale de mi control.

Ella sonríe, afirma con la cabeza. Le pido respuestas, le exijo que me diga el futuro. Ella pide calma, su sombra se torna gigantesca y las llamas de las velas se agitan. Luego todo vuelve a la calma. Decide aumentar el suspenso. Me lee la palma de la mano, me hace jugar con las cartas del tarot. Me ofrece té concentrado y lee los restos pulverizados del fondo.

Me pide que escuche. Aquellos infelices, mis enemigos me tienen envidia. Han usado las artes oscuras para destruir mi vida, se han metido con mis cosas. Sus acciones me llevaran al suicidio y ellos podrán reír felices, con las manos limpias. No me da sus nombres, pero me dice algunas características que fue capaz de ver. No tardo en vincularlos, en atar cabos sueltos y depositar mi ira contra ellos.

Ella nota mi impulso furioso. Clavo mis uñas contra la palma de mis manos mientras aprieto con fuerza los puños. Dice que todo tiene remedio. Que ella es más poderosa, que los hará implorar piedad. Será una lucha de voluntades intangibles. Un duelo de oscuridades en el que una sucumbirá ante la otra. No tardo en decir que sí.

Me hace una limpia ritual antes de irme. Los olores de las hierbas me relajan a instantes, pero los impulsos de adrenalina son más fuertes. Ella dice que la solución no tardará demasiado. Que vuelva dentro de pocos días, para conocer el resultado final, para que luego lo compruebe con mis propios ojos. Me pide que le recé a unos santos desconocidos y a una tal “niña blanca”. Me pide que tenga fe y me despide.

*   *   *
Vuelvo a casa tan pronto como puedo. En el camino consigo tranquilizarme poco a poco luego de largas respiraciones. Trato de tener la fe que me pidió la bruja. Recito en mi mente algunos de los rezos que me indicó. Tengo que hacer algo para relajarme en estos días de espera o perderé los nervios. Seguro encontraré algún trabajo provisional que me distraiga.

Al llegar a casa decido prepararme un té. No encuentro las bolsas. Hay un montículo de las hierbas pulverizadas del té, en medio de mi mesa, con la tela desgarrada a un lado. Hay dos tazas rotas tiradas en el suelo. Una corriente de viento que entra por la ventana hace volar el polvo por todas partes. Una parte entra a mi garganta. Toso desesperadamente por varios minutos.

El incidente me aterra de nuevo. Hay un total desorden en mi casa. Las cosas están fuera de lugar. Las sillas están de cabeza, mi cama tiene desgarraduras, el baño tiene unas manchas extrañas, los cuadros de las paredes están en el suelo y mis documentos importantes están, de forma amenazadora, al lado de la estufa prendida.

Impulsivamente busco al culpable. No encuentro a nadie. Siento una presencia invasiva, respirando a escasos centímetros de mi espalda. Volteo desesperado y acabo dando vueltas en círculos sin hallar nada. Grito. Sólo se escucha un eco profundo de mi propia voz. Mis piernas tiemblan y acabo tropezando. No hay nada más que el terror puro cubriendo todo lo que percibo.

No soy capaz de levantarme ya. Me arrastro hasta mi habitación, para intentar subirme a mi cama. Siento que me siguen, con pasos lentos y pesados. Me cuesta respirar. Las cosas siguen cambiando de lugar a cada segundo. Incluso el piso del pasillo parece moverse. Titubeo, choco contra las paredes, me vuelvo a arrastrar. Luego de varios minutos, llego a mi habitación. Hay una nota, escrita con caligrafía elegante en una de mis paredes:


“Iluso. Pides ayuda a los charlatanes, a los que se esconden de nosotros. Destruye si quieres a todos los que te rodean, si te dicen que ellos son los culpables. Me siento ofendido de que le llamen artes oscuras a lo que hago. Siéntete afortunado de que te haya elegido. Te he traído el terror. No me iré”. 


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