Próxima Vida
Sucesión Congelada
Las miradas de los que pasaban caminando se detenían por
momentos fugaces en Layla y luego se desviaban. Eran pasos acelerados, algunos
otros tintineantes, acompañados de las últimas vociferaciones de las fiestas
que habían acabado aquella madrugada. Pero ella estaba sentada, con la mirada
vacilante y despierta, ajena a todo lo demás.
Parecía un milagro que en una ciudad plagada de seres con
perversiones de madrugada, ella siguiera intacta. Parecía invisible al
deambular de los demonios y las camionetas cargadas con ebrios descontrolados.
Las luces de las sirenas no se reflejaban en su piel. El débil alumbrado de la
calle apenas remarcaba su silueta, que parecía el espejismo de un súcubo
esperando a atacar.
Las visiones lejanas suelen ser inexactas. Así como los
objetos están más cerca de lo que aparentan. Layla tenía una expresión dulce y
reservada en su rostro; joven y brillante. Sus ojos miel perseguían las sombras
sin intimidarse. Sus labios se mantenían herméticos; sólo se escuchaba su
respiración intranquila, así como su pulso acelerado.
¿Qué hacía Layla ahí, en una banca de un diminuto parque en
una calle que a ratos se volvía ruidosa? Ella apenas se podía mover, apenas
podía estirar las piernas y mover sus manos. Su mente luchaba por salir de
un trance imaginario que amenazaba con arrancarla de suelo para hacerla
desaparecer por los aires. Su conciencia se reducía cada vez más.
Sus recuerdos flotaban a ratos, entre escenas de luces de
neón, bebidas derramándose por las mesas y un estruendo musical que aturdía sus
oídos. Las imágenes se entrecortaban, las voces también. Había pastillas
cayendo al suelo junto con etiquetas de dibujos animados, como si tratasen de
engañar a niños. Pero ella estaba segura de no haber tocado nada de eso.
Tampoco bebió.
¿Qué fue, qué fue? Sus amigos habían desaparecido en cuestión
de segundos en esos momentos de delirio. Layla había salido de ese lugar,
tosiendo y tropezando con otros antes de sentir el aire fresco de la madrugada.
Luego había caminado hasta ahí. Quizás sería algo en el aire. Con las manos
temblorosas sacó un espejo y vio su rostro. Se veía delicado y suave. Sus manos
también. No era coherente.
Se pellizcó cuántas veces pudo antes de darse cuenta de que
no era un sueño. Sus signos vitales no la hacían un fantasma confundido. Sus
sentidos y visiones comenzaron a
dividirse en dos. Por un lado, el metal frío de la banca le ponía los pies en
la tierra. Por otro, era capaz de verse a sí misma en planos difuminados, como
una conciencia colorida, cambiante, libre y curiosa.
La parálisis de su cuerpo se fue desvaneciendo. Se puso de
pie, acomodó su cabello rizado y sus lentes. Caminó hacia la ruidosa avenida
que estaba a unas cuantas cuadras de distancia. Sus visiones continuaban y a
veces entorpecían sus pasos. Chocó varias veces con las paredes y los árboles
al sentir que de pronto estos se volvían transparentes.
Cuando llegó a la avenida, había algunos caídos recitando
incoherencias y otros mirando al horizonte de los cinco carriles de alta
velocidad. Layla subió a un puente peatonal, sin saber aún a dónde iba. Se
detuvo en el centro. Contempló la ciudad, que fingía dormir con todas esas
luces encendidas en su cuerpo, con la respiración ahogada de estar viviendo una
pesadilla.
Observó los muros de concreto de los distribuidores viales,
los autos desplazándose con celeridad, la silueta de los edificios de cristal,
las glorietas con sus fuentes eternas y las nubes que ensombrecían aún más la
noche. Se sintió diminuta, reducida, insignificante. Sin darse cuenta, las
lágrimas brotaron de su rostro. Su tristeza, su rabia y el dolor cayeron al
suelo.
Sus sentidos humanos le hacían sentir la humedad en los
pómulos y secarse con sus dedos. Pero en sus visiones veía como esas gotas
corroían el cemento y el metal poco a poco, hasta que acabaran de consumirse y
no pudieran soportar su peso. Su voz finalmente salió de sus labios para
volverse un quejido débil, no podía emitir palabra alguna.
Finalmente, las lágrimas cesaron. Respiró profunda, sintió el
alivio del desahogo. La ciudad seguía ahí, indiferente, cambiando a cada
instante. Ella se veía como una partícula de polvo, de aquellas que sólo se ven
con un rayo de luz matutino. Quizás por eso la madrugada la volvía invisible.
Sus 18 inviernos la volvían una fracción de segundo, una mancha de tinta, en
una historia que seguía escribiéndose.
Se sintió con confianza de recargar sus brazos sobre la
barandilla del puente, como si estuviese a punto de hacer una acrobacia. La
altura no le generaba vértigo. Ahora sonreía, desafiando la distancia que la
separaba del suelo. Y la sonrisa se volvió una necesidad de liberación. Sus
recuerdos y su sentido común quedaron bloqueados en una caja oscura de su
mente. Sólo sentía su presencia, las ganas de saltar.
En un parpadeo, lo hizo. Sintió el aire cortando su rostro y
un hueco en el estómago. Cerró los ojos. Faltaba el impacto final, en el
pavimento. Pero no fue así. Los abrió y seguía en el puente. Volteó al vacío.
Allá, en ese momento, se estrellaba una visión de sí misma, envuelta en una
nube de polvo inerte y oscuro. El contacto fue como el fuego, consumió aquella
imagen en cenizas que se perdieron entre las llantas de los autos.
Layla, vio de nuevo los planos difuminados frente a ella,
rodeándola. Fueron entrando a su cuerpo, poco a poco. Eran imágenes que no
entendía, que parecían tan reales como incoherentes. Y es que en la realidad,
en el futuro, no deja de privar la incoherencia en ocasiones: aquello tan
complejamente ridículo que es imposible de explicar.
Sus sentidos, su pensamiento y su razón despertaron de nuevo.
Cayó en conciencia de dónde estaba. Volvió a su casa tan pronto como pudo en un
taxi. Se veía mejor que antes de salir, aquella noche. Tendría que dar muchas
explicaciones, tendría que estar castigada un rato. Daba igual. Ya no era la misma.
Era un capricho de la siguiente vida, de una sucesión congelada hasta entonces,
de aquella que había empezado esa madrugada.

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