Lluvia de Azufre

LLUVIA DE AZUFRE

No soy capaz de verte a los ojos. Si lo hiciera, mi decepción te causaría insomnio por muchas noches. No te concedo tampoco palabras incendiarias. Te doy únicamente un silencio gris al que ya te has acostumbrado y que consideras muy normal en mí. Te doy una ausencia que tú supones mientras vas a trabajar cada día, para volver con un gran fajo de billetes. Y, dentro de mis propias contradicciones, aun dependo de eso.

He visitado el ostentoso edificio donde se ubica tu oficina varias veces, aunque detesto ir. Se erige con una figura caprichosa e imponente sobre el cielo, como un gran puesto de vigilancia, como una insignia de poder para esconder los temores y para aparentar alcanzar el cielo, como la Torre de Babel. Siempre se les olvida que los terremotos lo tiran todo. No saben predecirlos. Usan sólo máquinas.

Tú formas parte de ese orgullo. Eres partícipe de esas fastuosas letras patrióticas de oro que están por todas partes, de esos retratos mitológicos de los héroes y de las armas decorativas que un día morirán asfixiadas en polvo. Dicen encargarse de la defensa nacional. ¿Contra qué? Es lo que aún no termino de entender, ustedes tampoco.

Tu cuerpo ejecutó muchas cosas y tu cerebro planeó muchas más. No te veía cuando era niño, porque estabas siempre ausente, al frente de tu unidad táctica, que te respetaba y valoraba una frialdad a la que sólo llegaban en momentos de adrenalina. Y yo te creía tus cuentos de que ibas a protegernos de los malos, de que ibas a mantener la tranquilidad.

Paz y concordia. Repetías eso tantas veces, como parte de tu discurso. Eso le daba seguridad a la gente, que es lo que buscan primordialmente. Ahora ya no estás en operaciones secretas. Ejerces tu autoridad desde esa cómoda silla y giras planes obsesivos. Sigues destruyendo. Tus amigos han olvidado esa “infamia”, como le llamas, de la que te acusaron años atrás.

Y también creí que eras inocente. Hasta que me encontré con tus enemigos, sin que ellos supieran quién era yo. Vi las heridas de sus cuerpos, las tumbas de los caídos, los casquillos de bala y el recuerdo traumático de tu potente voz en sus oídos. Ahí estaba la tortura que aún les causaba escalofríos. La difamación había caído sobre ellos. Ahora eran criminales a la vista de todos.

Nos hicimos amigos. Eliminé tu apellido de mi nombre, no deseaba que desquitaran su odio conmigo. Comimos, bebimos, amamos, pensamos, discutimos, planeamos sobre hojas viejas de cuaderno y nos preparamos para sabotearte a ti, a toda tu organización. Alteramos el orden, sí. Algo teníamos que hacer contra el terrorismo que ejercían en la vida de otros.

Por aquellos días yo discutía contigo, seguramente lo recuerdas. Te cuestioné por tu trabajo por primera vez y quisiste callarme. Te pedí que vieras más allá de la dureza de tus estructuras. Respondiste que no sabía nada de la vida y que el Internet me estaba contaminado la mente. Dijiste que estaba contagiado de desorden, el cuál era el peor de los males. No te dije más, era inútil.

Mi grupo y los tuyos jugaban a enfrentarse un día. Fuimos intransigentes todos, pidiendo diálogo y luego ejerciéndolo a gritos. No confiábamos en ustedes. La ira de la juventud nos dominaba cuando nos amenazaban con sutileza y cuando el nombre de nuestro grupo se volvía un enemigo público más a desaparecer.

Jamás asistí a esas reuniones porque no quería que me reconocieras y me alejaras de ellos. Sentíamos que el poder era nuestro, que íbamos a vengar a todos. Me sentía una antítesis de ti cuando construíamos una utopía que nos hacía felices y cuando jurábamos alcanzarla. Tú eras el orden anticuado, cruel, egoísta. Nosotros una esperanza.

Sé que las cosas no eran tan simples como eso. Nuestros actos simbólicos se volvieron insuficientes y superfluos. Las calles dejaron de ser nuestras. Gotas de sangre quedaron secas en el pavimento como un recordatorio sutil. Cuando me viste golpeado aquella vez, dije que una pandilla me había atacado al volver de una fiesta. Era un buen pretexto para que al fin atacaras criminales. Pero no. Lo usaste para atacar a un grupo amigo. Desde ese día no quise hablarte.

La confrontación se acercaba. Era un duelo de provocaciones, un atrevimiento nuestro y una feroz respuesta de ustedes. La sociedad no tomó partido, sólo se sentó a mirar, a pedir que hubiese orden otra vez. Nos volvimos parte de un espectáculo, nos hicimos interesantes por transgredir. Nuestras ideas caían en el olvido y de nosotros sólo se recordaban nuestras reacciones. Nos quedábamos sin opciones, llegó la desesperación.

Han pasado ya meses desde el día en que un donante voluntario nos dio armas. Nos defendimos de su terror. Hubo un intercambio de balas y por primera vez no huimos. Ese día todo cambió. Sabíamos que, para bien o para mal, nuestras vidas estaban condenadas a desaparecer en poco tiempo. Quedaba decidir qué hacer con esos últimos minutos, horas, días, semanas.

Mantuvimos la frialdad y demostramos nuestro hartazgo. Fuimos un dolor de cabeza, teníamos infiltrados en las unidades de inteligencia. Quizás no alcanzábamos a ver todo lo que nos habíamos vuelto. En esos días, creías que estaba de intercambio en Cambridge. No puedo creer que esa mentira me haya salido tan bien.

Los periódicos nos detestaban, pero en Internet hablaban bien de nosotros. Trataron de dividirnos de muchas maneras. Al final, enviaron a otros sujetos a realizar atentados en nuestro nombre. Cayeron los primeros inocentes. Espero que esa idea no haya sido tuya. Si no la fue, pudiste haber detenido esa locura. Es lo mínimo que esperaría de ti.

Han alimentado nuestro odio en lugar de desarmarnos. Su poder es absurdo, porque aún usa a la muerte como combustible. Nosotros ya sabemos que no somos fantásticos ni pacifistas. Pero proponemos algo mejor. Somos los malos del cuento actualmente. Si vencemos o si alguien lo hace en nuestro nombre años después, todo cambiará. Nuestro mérito único es haberles devuelto un poco de su terror, en sus propias oficinas. Es todo.

Por eso hoy atacarán ese edificio tuyo. Sé que para entonces la desesperación ya te habrá dominado. Tendrás tu traje puesto, un arma en tus manos y tus medallitas de militar colgando de tus hombros. Estarás dando órdenes, fijando posiciones y llamando refuerzos para que ataquen desde el aire. Tu placa, en la que veré mi apellido, estará reluciente. Tendrás la sangre fría para invocar a la muerte y pedirle que se lleve a todos aquellos que alteran tu mundo. No verás más.

Yo no estaré ahí. Te lo confieso, temo dispararte. No tuve el valor para decirte que tu vida corría peligro. Preferí que te enfrentaras al abismo por ti mismo. El tiempo juzgará si me arrepentiré de esta decisión. Quizás algún día queme estas letras, deseando que mis acciones pasadas desaparezcan. No es una venganza. Quizás esa sea la manera de que veas el dolor por ti mismo. Lo sé, me parezco a ti.

Muchas vidas desaparecerán esta noche. El humo de las armas no terminará. Ya no hay vuelta atrás y nada podrá detener el curso sangriento de estos días. El ganador, si para entonces aún le queda piedad, se irá a dormir con visiones de cementerios y familias destrozadas. Si no, habrá de decir que era necesario y en el fondo, se sentirá con poder de decidir quién vive y quién no. 

Los señores y aficionados de la guerra verán la gran función por CNN y YouTube. El morbo será alimentado con las explosiones. Los políticamente correctos llamarán a la paz y condenarán los actos sin perder el sueño. Los muertos serán olvidados y los heridos iniciarán nuevas vidas en cubículos blancos. Quizás estemos pensando en el otro en esos momentos, quizás no.

Lloverá azufre después. Si sobrevives, habrás leído esto y no podrás con la impresión. Tus fuerzas seguramente habrán encontrado mi ubicación y me habrán abatido. No podría ser distinto, no podría huir por más de dos horas. Cuando el odio domina, el siguiente paso es la muerte. Lo sabemos tú y yo. Lo justificamos todo con ideales que no entendemos. No demostramos humanidad. Me arrepiento de eso. Aquí tenemos el infierno que nosotros mismos construimos.





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