Ansiedad

ANSIEDAD

Ha de presentarse como una maldita en esos momentos apacibles. Se lleva las sonrisas lejos para traer consigo la expresión misma del desconcierto. La consecuente humedad lacerante en las palmas de las manos provoca una aguda desesperación. El instinto inmediato lleva a querer correr en círculos infinitos, con los pies saltando rápidamente entre matorrales encendidos en fuego.

Es un temor al futuro, la desesperación por aquello que ya debió haber llegado. Se siente que el agua trepa por el cuello, la respiración se corta, el ritmo cardíaco acelera como una máquina implacable y una sed corroe la garganta sin parar. Ahí está el némesis de los controladores, de los temerosos, de los perfeccionistas, de los cautelosos…de todo ser humano que no duerme sin la certeza de que habrá un mañana.

Tan común se vuelve el problema que los empresarios farmacéuticos se han enriquecido gracias a esa sensación. En las cajetillas vacías y colillas de cigarro se concentra la esperanza por obtener un poco de paz a cambio de ceder unos cuantos minutos de respiración. Las meditaciones son de efectos temporales e infructuosos a largo plazo; ese demonio volverá a causar tormentas estacionarias que siempre se alimentan de un futuro que no cabe en el presente.

El tamborileo se vuelve inevitable. Las uñas de algunos acaban destrozadas. Los lápices penden de un hilo por las mordeduras en los costados, las plumas se quedan sin tapón, con el plástico quebrado. La piel se congela, la voluntad titubea y las venas se erosionan hasta el día en que un golpe final acaba con todo. Muchos lo ven como el precio a pagar en un mundo donde domina la premura de la productividad. Lo saben. La llaman ansiedad.

*   *   *
¿Qué vendrá después? Delfos está en ruinas, ya los dioses no poseen a nadie para dar respuestas a los impacientes. Pienso en eso ahora. Poco se compara con la desesperación del aislamiento en una sociedad tan conectada. Aquí estoy, sentada en una pared fría de tonos grises, en las ruinas futuras de mi habitación. Mis uñas se aferran al concreto, ya se llevaron trozos de pintura.

Nadie llegará a decirme que todo irá bien. No habrá un “No te preocupes, sé feliz”. Cuando pienso que mi existencia depende de esa entrevista de trabajo siento un agudo escalofrío. No hay alternativas, tampoco alguien reconociendo mis intentos fallidos. Sólo la frustración expresada en actitudes iracundas que asustarán a los que se topen conmigo. Al final del día, me quedaré dormida en el regazo de la soledad de la que me enorgullezco en ocasiones.

Trato de pensar en la calma de los demás. En sus expresiones sonrientes al caminar por las calles, al comer un chocolate o al hablar de las cosas que tienen que hacer por la tarde. De los que viven orgullosos de dejar todo al último, de los que duermen apaciblemente en cualquier momento del día. No sé cómo es que pueden vivir. Yo sólo soy, para ellos, la loca que no puede tomarse un momento para respirar.

Es la inestabilidad la que me reduce en instantes, la que hace temblar mi pulso mientras sostenía esa taza de café en la mañana. Lo que menos deseo es rendirme a la condena de poder respirar a base de pastillas. No hay forma de adelantar el tiempo, de convencerme de que no voy a ninguna parte. El optimismo es una mera ingenuidad. Tantas cosas pueden salir mal que me aterra contarlas.

Al mirar la pantalla de mi celular veo el mensaje de ese chico. Sé que intenta hacerme sentir mejor, que tiene sentido lo que me dice. Me veo tentada a contestarle, pero mi dedo índice aprieta el botón de inicio para congelar la pantalla. Miro hacia el techo. Temo que mis palabras me traicionen y revelen mi debilidad. Cuando no puedo más, termino confesando todo en una explosión de ideas. Siento entonces el hueco del temor en el estómago.

Me desespera perder el control. Me veo pequeña en este espacio de circunstancias que me atraviesan y me pasan rozando todo el tiempo mientras que mis manos permanecen lejos de ellas, inútiles. No puedo tomarlas para formar una esfera que pueda mirar y palpar por todas partes; eso me causaría tranquilidad, me haría feliz. Sabría que nada aparecería para destrozar la entrega temporal de mi ser a algo o alguien. No habría ataques por la espalda, ni espías en la sombra de mi intimidad.

Pero al final, las cosas se deciden en una tirada de dados que ocurre en el instante menos pensado. Desearía poder moverlos, jugar con ellos hasta conseguir el resultado deseado. O volverme más diminuta y hacerlos girar sobre sus esquinas mientras siento que tengo el poder de dominar mi incertidumbre. Es sólo una fantasía inútil. Una de las tantas que he tenido esta tarde.

*     *     *
Por fin son las once de la mañana. Aquí estoy sentada en la recepción de la oficina de ese gran productor. Ahí están los muebles de vidrio, los detalles minimalistas, el rostro inexpresivo de la secretaria y algunos promocionales discretos de la película que habrá de filmarse. Seré la última en pasar, por efectos del azar. Luzco elegante, me siento lista. Consumí un paquete de chicles de camino.

Tengo una sonrisa lista, muchas cosas por decir y una carencia de pausas innecesarias que lo harán escuchar. Ha llegado el momento, no puedo arruinarlo. Ya no recuerdo ninguno de los consejos que me dieron para este día. Repaso en mi mente todo, con mucho cuidado. Quizás exagero un poco. Estoy tan distraída que no escucho cuando dicen mi nombre por tercera o cuarta ocasión.

Paso a la oficina. La brevedad del momento me causa un desencanto, una sensación de que algo hizo falta. Busco entre mis ideas, pero no hay nada. Sólo está mi sonrisa y la expresión atenta de él mientras garabatea sobre un cuaderno. No me da esperanzas ni las desaparece. Sólo me ofrece su cordialidad obligada por momentos. Quiero gritarle exigiendo una respuesta pero él se mantiene impasible. Detecta mi impaciencia, la disfruta.

Él se pone de pie, acomoda sus cosas. Supongo que es el momento de irme. Me doy la vuelta, tomo la perilla dorada de la puerta. El aroma del café recién servido me recuerda que mi mente habrá de torturarme el resto del día si no obtengo lo que quiero. Le pido entonces una respuesta. Se ríe, luego me dice con pausa: “Tienes el trabajo”.


Le agradezco, luego aclaramos los detalles necesarios. Empiezo mañana mismo. Cuando salgo de su oficina, mi sonrisa desaparece. Pienso: “¿Seré realmente capaz?”. Temo defraudarlo, a mí misma. Me estoy arrepintiendo de lo que acabo de hacer. ¿Qué habrá de pasar? Todas las posibilidades navegan caóticamente en el aire que respiro. Esto no terminará jamás.




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