Catorcena
CATORCENA
De los cursis y los amargados
¿Ya
lo notaron? Ya está aquí ese día del año en que uno debe ser complaciente con
esa persona a la que uno dice querer y con todos aquellos que, curiosos, miran
el cumplimiento de una ilusión pasajera. Entonces uno debe ser políticamente
correcto con las intenciones materiales. La incomodidad se esconde con el
nerviosismo; la frustración con lágrimas a solas, al final del día.
¡Es
la demostración-oh, ilusos-de que alguien los quiere! Así lo dicen ellos. El
viento enrarecido y gélido de febrero agita la cadena eterna de globos que
pende de una cuerda gruesa atada al brazo tatemado del vendedor. Algunos de
esos serán condenados a escapar de las manos emocionadas para terminar
enredados en los cables; otros no cabrán en las habitaciones; unos más se
pincharán con las pesadillas del final de la madrugada y terminarán guardados,
doblados con descuido, en un cajón.
Algunos
enamorados ignoran el gris habitual de las calles y las ven cubiertas de
pétalos de rosa. Son de un rojo intenso. Presumen que demuestran pasión
inusitada, como la que se desborda en las habitaciones donde unas quince
parejas cumplirán el rito de hacer el amor, luego de hacer fila por espacio de
una hora. El gusto será efímero. Aguardarán después del acto unos minutos
reposando en los colchones aromáticos antes de irse con una discreción fingida.
Son
precisamente los campos de flores los que padecen el gusto humano de aquel día.
Algunas rosas maldicen sus destinatarios, hieren con sus espinas las manos que
las portan y luego terminan marchitas en unas horas para entregarse
voluntariamente a la muerte. Los enamorados las compran a veces sin saber por
qué. Los vendedores se dan gusto: seducen a los indecisos, ofrecen la
extravagancia a los inseguros.
La
monogamia se vuelve una ilusión cuando llega el donjuán al puesto de tarjetas
rosas y pregunta, sin miramientos: “¿Tiene alguna que diga: para mi único
amor?”. Le responden: “Sí, señor”. Él contesta, seguro: “Deme cinco, por
favor”. En este día llueven también los pretextos más pintorescos para evitar o
postergar las citas. Las leyes de la física no mienten: nadie puede estar en
dos sitios al mismo tiempo. No obstante que los swingers violen a placer esta regla.
¡Ah,
pobres palabras! Las traen de un lado para otro, llenas de incomodidad. Se
acomodan con disgusto unas al lado de otras, miran con extrañeza a esas que
acaban de inventar. A veces se ponen irónicas, se ríen de ser parte de promesas
inconsistentes que alguien más creerá. Reciben el calor de unos ojos lectores
ávidos, ya sea en cartas, cartulinas, grafiti, tatuajes, poemas de Neruda
corrompidos y otros tantos de dos pesos, notitas en el celular o, incluso, en
los post-it de automóviles y microbuses. Saben que les espera el frío del
olvido y la muerte entre las llamas en un fatídico día de ruptura.
Cuidado con acercarse demasiado a las bocinas
ese día. Lanzan miel a todas partes. Las parejas sacan sus dotes musicales para
cantar las canciones predilectas, ya sea en algún espacio entre los árboles de
un parque o por la noche en un karaoke. Si la vergüenza es mucha, siempre habrá
un grupo de mariachis que gustosos recitarán el canto de amor deseado, seguido
de la reacción inmediata de taparse la boca y bajar la mirada, con las piernas
temblorosas.
¡Qué
felices son Nestlé, Hershey’s y las grandes compañías confiteras! El chocolate
deambula por todas partes porque es tradición. Dicen que vuelve más feliz a la
gente… ¿pues que el amor no era suficiente? Los placeres de la cocoa rebajada
con azúcar duran poco en la boca, se acaban en dos mordidas. Pobres de aquellos
que prefieran los kisses a los besos
reales de sus parejas.
¿Qué
opinan las familias de este frenesí desbordado de sentimientos y culpas demostrados
de tantas formas? Cosas muy diversas. Desde el miedo inicial por “abandonar el
nido” hasta la pregunta primera al volver por la noche: “¿Qué te regalaron?”
con el consecuente comentario de aprobación o desconfianza. Algunos los
celebran todos juntos, con los suegros, arremolinados en un sillón viendo
películas, riendo para ocultar el nerviosismo; ganan simpatías para aumentar la
descendencia un día.
Ese
día los billetes viajan a todas partes. Se emocionan en los días anteriores por
saber en dónde habrán de terminar. Se despiden sin sentimentalismos de sus
dueños para caer en otras manos. El enamorado no se dará cuenta de lo que acaba
de hacer hasta que el día siguiente, cuando hurgue debajo de la cama en
búsqueda de monedas para el pasaje. Pero lo bailado-o decepcionado-nadie se los
quita, ¿verdad?
¿Le
contará alguna enamorada a su individuo quién fue San Valentín? Quizás sí. Allá
en Italia lo recuerdan, hasta le hacen peticiones. Ese hombre demostró
estoicismo y una pasión shakesperiana con su enamorada; era católico, cuando
serlo era peor visto que ser mexicano en casa de Donald Trump. Luego, como buen
mártir, lo hicieron santo… de las nobles causas del amor.
Incluso
algunos lo juntan con el pagano Cupido. Ese angelillo travieso que
supuestamente dispara flechas por diversión o aburrimiento, y que sirve de
pretexto para que alguien, ante la relación fallida, diga: “No sé por qué me
enamoré. No lo pude controlar”. Cuentan que no anda en pañal por su infancia
eterna-Peter Pan aún desconoce eso-, sino por las risas que le provocan los
amoríos humanos: ya sufre de incontinencia en sus esfínteres.
Los
enamorados les cuentan a sus amigos: “Es tan romántico”. Los artistas
individualistas del siglo XIX reirían o se lamentarían, tanto como Platón con
su concepción filosófica del amor. En este día tan pasional priva, en cambio,
la cursilería. Para algunos es una maravilla, otros no pueden ni verla. Es el
orgullo de los ingenuos, la negación de los duros: aquello que todo ser humano
hace, si bien le va, una vez en la vida.
Pero,
¿qué es ser cursi? Es una fase primera del enamoramiento; una demostración
excesiva basada en lugares comunes o clichés, de aquellos sentimientos que
invaden el cuerpo. Si el amor fuese una fruta, ese sería su estado de
inmadurez. No dura para siempre, es temporal porque esconde una inseguridad de
lo que se hace o dice. Llegará el día en que se quiebren esas promesas, los tan
falsos “estaremos juntos para siempre” y las declaraciones de amor forzadas.
¿Qué
podría cosecharse cuando se crea una utopía imaginada entre ilusiones y ajena a
las carencias, con un acuerdo implícito de entregar la individualidad a la otra
persona con la intención de que no se vaya? Es el dolor mismo: los celos
posesivos. Entonces las fantasías se vuelven perversas, reina la desconfianza,
nacen las discusiones absurdas, ya nadie conoce su propio espacio, la presión
se libera de formas destructivas y las “amiguitas” son eliminadas de Facebook.
Algunos se dan el gusto de pasar por eso con la misma persona varias veces:
Afirman que todo se puede arreglar.
La
gloria para ellos está en el épico acto de luchar por amor. No es un caso
perdido para todos: algunos logran su cometido. Pero otros se hunden en un pozo
negro de sufrimiento; tratan, como alquimistas, de revivir algo que quizás ya
murió. A veces ya no salen de ahí. Pero, “así es el amor”, al menos para los
que creen vivir en ese tan usado “valle de lágrimas”.
¿Qué
será para nosotros, los amargados? El limbo de la soledad, responderán otros.
Esa condena a la insatisfacción por no aceptar lo que la vida pone delante de
nosotros. Sólo un montón de amoríos fugaces, como centellas que alumbran la
penumbra. La envidia que tienen los prisioneros por la libertad: la caprichosa
y temporal dicha de hacer lo que dé la gana.
La
cama entera será para nosotros, aunque despertemos con frío. También las
añoranzas o los deseos en suspenso aquellas noches en las que hay que dormir
temprano. Ese placer que producen los amores literarios, esas ganas de que un
escritor brillante te ponga en uno de esos y no te mate en la página 16. Un
montón de pensamientos inconfesos, un volcán interno que por fuera parece hielo,
y la burla interminable al mirar a los gatos.
En
nosotros ya no hay una fe ingenua o una pasión desbordada que termina en
tragedia. Le tenemos un gran amor a nuestra libertad, a nuestra individualidad.
Jamás toleraríamos que alguien se declarara nuestro propietario o que,
tiránico, pretendiera controlar nuestra vida. Nada de eso. No sacrificamos
nuestra inusual armonía por un alimento vacío para satisfacer carencias
internas o imaginarias.
No
ingerimos, pues, toneladas de helado mientras odiamos al mundo por ser
diferente. Sólo creemos que el amor tiene un cariz distinto, que se basa en
voluntades consensuadas y sinceridad, y no en compromisos sociales implícitos;
que se comparten fragmentos de nuestras vidas y no juramentos atemporales. Ese
día hacemos distintas cosas: soñar, ignorar lo que pasa, disfrutar con los
amigos o escribir, divertidos, textos como este.
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