Tóxico
TÓXICO
Self-Destruction
¿No sientes el
cosquilleo entre tus dedos? Te aseguro que te hace olvidar el frío del metal
sobre el que posas tu mano. Casi ríes de la ironía por el sitio donde te
encuentras, pero también los nervios amenazan con desatar una demencia que
creías controlada. Al lado de tu dedo índice están todos esos botones, pero hay
uno en particular con el que coqueteas delicadamente.
Qué miserable es la
existencia de aquellos que no tienen valor. Tú lo sabes. El peso de tu cobardía
no te deja dormir, te causa escalofríos y te hace mirar espectros que aguardan
en tu espalda mientras te bañas. Ellos dicen que no pudiste salvarlos y, sobre
todo, que tú caíste en tu propia trampa. Dejaste de ser un hombre, te volviste
un ser que camina por las zanjas como una rata asustada.
No fuiste capaz de
mirarlos a los ojos porque temías a su reacción de decepción. Podían haber sido
distintas las cosas. Debiste haber asumido la responsabilidad cuando te
promovieron para el cargo de seguridad de la planta química. Sabías que había
anomalías, se las decías a tus compañeros a la hora del almuerzo, aunque no te
creían del todo. Era tu oportunidad de demostrarlo. Pero te ganó el miedo al
éxito.
Era el temor a
equivocarse, ¿verdad? A parecer ridículo delante de todos, a dejar que todos
rieran de tu torpeza distraída. Era mejor mantener un bajo perfil, callar tu
voz entre las de otros y dejar que alguien más hiciera lo que era para ti. Un
conformismo silencioso. Los demás se cuestionaban, incrédulos, tu negativa a
aceptar, pero no le dieron mucha importancia, lo olvidaron al día siguiente.
Fuiste el mismo de
siempre, libre de riesgos de nuevo. Despertabas, peleabas por acomodarte la
corbata y vestías tu traje de protección con el desgano habitual. A veces
pensabas en lo que dejaste ir y tu estómago se volvía un nudo. Pero la
sensación de estar a salvo te reconfortaba. Al final lo que importaba era estar
seguro, ¿verdad?
Hay gente que no nace
para las grandes cosas. Tú mismo inventaste esa patraña. Nadie esperaría que
fueses el mejor o que llegases con una sorpresa. No era lo tuyo llegar con
ideas brillantes o explosivas que revolucionaran. Más bien te limitabas a
seguir una rutina de la que te quejabas después mientras fantaseabas con una
grandeza inalcanzable. Era esa la condena que volvía amargas tus noches y que
te traía melancolía al mirar televisión en la madrugada.
Ni que decir de tu
familia, que te miraba con cariño y con un miedo que no confesaban por temor a
tu desvanecimiento. No sabían nada de ti porque tu condición era vergonzosa de
contar. La miseria de tus pretextos no cabía en sus historias de éxito, en sus
expectativas de ti, en tus viejas glorias de las que ya no querías acordarte.
Temías que te vieran reducido, diminuto, insignificante.
Dime tú, ¿qué
respondías cuando te preguntaban tus aspiraciones? Un montón de ambigüedades
que cabían en la boca de cualquiera, una suerte de sueños convencionales asumidos
por libros de superación personal. Por eso nadie se acordaba de ti cuando
llegaban las oportunidades. Sólo eras el hombre que cumplía con sus labores y
obedecía órdenes. Nada de qué sorprenderse.
Los vapores de tus
rutinas químicas quizás te enloquecían porque te ponías la máscara mal. Quizás
por eso te dabas el gusto de rechazar a las mujeres que se acercaban a ti entre
risas de un orgullo tuyo, para después extrañarlas y buscarlas inútilmente en
tus momentos de soledad. Pero para entonces ya no estaban. ¿Quién habría de
volver a ti?
Nada como distraerse en
el trabajo, ¿verdad? Nada como sentirse útil cuando escasea la espontaneidad.
Tal fue tu concentración que no hiciste caso de la incompetencia del hombre que
tomó el puesto de seguridad. No escuchaste tampoco a la natural desconfianza de
tus compañeros ante las anomalías que veían. Importó un carajo que ellos te
dieran la razón, ya era tarde.
Era martes 16. Eso
viste en el calendario cuando sonó la alerta química. El pánico te paralizó.
Recordaste tus advertencias. El de seguridad no aparecía por ninguna parte.
Titubeaste en ir por tus compañeros, que estaban en un laboratorio de inmersión
libre de ruidos exteriores. Las piernas se te acalambraban. Mejor corriste.
Supusiste que ya se habían ido. El fuego y los vapores oscuros pronto lo
cubrieron todo.
Sobreviviste,
felicidades. Ellos no se habían enterado. Murieron con un espasmo de confusión
y terror en el rostro. Estuviste presente cuando recogieron sus cuerpos. Te
llevaste su imagen a tus pensamientos cuando los cubrieron con sábanas blancas.
Contuviste las lágrimas tratando de cubrir tus ojos. No cabías en ese lugar. El
demonio de la negligencia reía estruendosamente en tus oídos, desbarataba tus tímpanos.
También te habías
quedado sin trabajo. El nuevo encargado de seguridad murió consumido por las
llamas. Su nombre fue maldecido muchas veces por no supervisar correctamente
los barriles de gas viejos que tú antes habías visto. Nadie se acordó de tus
comentarios o si lo hicieron, creyeron que hubiese sido cruel haberte dado la
razón. No te culparon. Pero ya tenías suficiente contigo mismo.
Qué situación tan
dramática, ¿verdad? Qué desgarrador mirar las lágrimas de sus familiares
mientras los despedían con grandes interrogantes en su dolor. Tú te mantenías
en pie, aunque sentías que un cúmulo de lava destrozaba tus entrañas y dejaba
tu fútil presencia en ese lugar. Eras políticamente correcto. Desaparecías
sospechas antes de que surgieran.
Ellos descansaron en
paz. Tú no. Por eso llevo todo este rato jodiéndote, recordándote todo
religiosamente como cada día desde la tragedia. Miro cómo aprietas tus puños,
cómo emites un lamento débil que hace temblar tus dientes. Te veo tal y como
temías: diminuto, ridículo, torpe…y culpable por tus temores que impidieron tu
determinación. Por asumir la indiferencia para evitar la confrontación.
Decidiste volver a la
escena del crimen. Evadiste a los guardias de la cuarentena que han remediado
poco. Te internaste con tu viejo traje. Sabes que el filtro de tu máscara ya no
durará mucho. Piensas en ellos, en tu vida, en todas esas cosas que fantaseabas
por gusto. Todo yace en el vacío, consumido entre vapores venenosos. Tú mismo
eres tóxico.
Te pesa el cuerpo.
Quieres dejarte caer. Ahí está ese desgraciado botón. ¿Será que al fin tomes
una decisión que te saque de tu propio limbo? Quizás el dolor se vuelva
insoportable. Lees esas letras blancas sobre fondo rojo. “Self-Destruction”. No
sabes para qué existe ese botón en el laboratorio, parece innecesario. Será que
el demonio lo puso con dedicatoria para ti. Pero eso es lo que deseas hacer
contigo mismo, no ves otra salida. Quieres darte la vuelta y apretarlo.
Obedeces a tus
impulsos. Las manos te sudan. Tu uña roza suavemente el plástico del botón.
Tomas un último impulso de aire. Lo aprietas…y tu consciencia desaparece en ese
instante. Los toxicólogos salen volando por los aires. La explosión cimbra los
cimientos de la ciudad. Los vapores venenosos asesinan en segundos la vida a
cientos de metros a la redonda. No lo sabías, eso estaba en las entrañas del
lugar. Tu determinación creó un nuevo Chernobyl.
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