Fragmentos del Paraíso

FRAGMENTOS DEL PARAÍSO
HEVA

Recuerdo que los atardeceres en la ciudad eran efímeros. Los tonos rojos del cielo, difuminados por el smog, desaparecían en los segundos en que buscaba mi cámara. Cuando la tenía lista en las manos, la oscuridad ya se había apoderado de todo. Pero aquí, parecen extenderse suavemente a través de los minutos. Los últimos resquicios de luz juegan a atravesar sutilmente cada rama de árboles y palmeras.

Tenemos una sensación de regocijo al volver de la playa en este Jeep, recién recuperado hace unos meses de morir destartalado en un terreno baldío. El camino parece hacerse más largo. El viento revive mi piel quemada por el Sol. Los veo a ellos: descansando, bromeando, riendo, viviendo este mismo idilio. Son Alexandra, Ricardo y Jacqueline. Compartimos esta aventura. Me atrevo a llamarla así porque no sabremos si habrá regreso.

Llegar aquí fue lo de menos. Sabíamos que nos esperaban muchas horas de camino por recorrer. Atravesamos lugares que parecían estar aislados de este mundo, cubiertos entre laberintos de enredaderas y prominentes árboles que parecían esconder tesoros entre sus raíces. La gente nos miraba desde el portal de sus casas, algunas de muros gruesos y otras de hueso de palapa. Su mirada era penetrante y a la vez curiosa. Nadie nos daba la bienvenida, pero tampoco nos pedían que nos fuéramos.

La calma se presentaba de forma ininterrumpida en aquellos sitios. Sabíamos que dormían la siesta por las tardes, que hablaban con gran pausa, que disfrutaban el calor de baja intensidad de las últimas horas del día y que no había restaurantes porque a nadie le interesaba comer fuera de casa. Por eso en aquellos días nuestros estómagos se hicieron pequeños y nuestros pasos lentos; incluso en una ocasión el Jeep se dio el lujo de tomar su propio descanso: no quiso arrancar.

La noche, en cambio, se tornaba ruidosa. Los murciélagos revoloteaban, los insectos se alborotaban, los perros dialogaban a ladridos a la distancia y, de vez en cuando, unas voces parecían venir desde la cercana carretera. Cuando caminábamos para refrescarnos del calor abrasivo, las luciérnagas iluminaban el camino. A veces no éramos capaces ni de escucharnos a nosotros mismos.

A los pocos días, el Jeep pareció despertar de su letargo. De ahí siguió un camino que atravesaba gigantescos ríos esmeralda, riscos cubiertos de halcones y el lejano aroma de la brisa marina que nos hacía despertar de los constantes espejismos. Las horas eran cada vez más largas. El Sol parecía estar estático en su cenit. La gasolina parecía no agotarse. Se acabaron los poblados soñadores. A un costado estaba una cadena interminable de cerros, al otro un pantano perpetuo.

Aquella selva se acabó cuando llegó el atardecer. El camino parecía elevarse entre un extraño bosque grisáceo de árboles secos, blancos como los huesos, con hojas caídas por doquier debido al otoño reciente. Unas nubes oscuras, que no eran de lluvia, parecían cubrirlos. Los rayos del Sol penetraban con dificultad. Los matices rojos se distinguían perpetuos en el horizonte. Las curvas nos revolvían la mente, nos mantenían en silencio y con las pupilas dilatadas. El tiempo parecía no correr.

Muchas cosas pasaron por mi mente en esos momentos. Creí que estábamos en el mismísimo Limbo, que en cualquier momento habríamos de detenernos para suplicar a murmullos salir de ahí. Sentía una soledad angustiosa. En ese momento, la mano de Jacqueline y la mía se rozaron por accidente Involuntariamente, entrelazamos los dedos. Fue entonces que contemplé fascinado esa escena, como si estuviese mirando desde un borde del camino.

Todos tuvimos visiones. Lo contamos en cuanto recuperamos el aliento al salir de ese lugar. No hay nada más extraño que verse a uno mismo con total detenimiento, desde todos los ángulos posibles. Sólo entonces uno comprende cuán valiosa es esa vida que fluye hacia un sitio desconocido. Desde que nos dimos cuenta de eso, a poco tiempo de haber llegado a nuestro destino, ya no pensamos en volver.

¿Podríamos rehacer nuestras vidas en ese lugar? Pensábamos que sí. Aunque habíamos pretendido llegar de vacaciones, parecía que habíamos llegado intoxicados en busca de una rehabilitación. ¿Cómo habíamos acabado así? Era el veneno propio. Habíamos caído en nuestra propia amargura bajo el peso de la presión. Por eso añorábamos desde hacía meses los días libres, y la cotidianeidad en la ciudad pasaba sin pena ni gloria.
 
Queríamos armar un buen plan. Sabíamos que el dinero no duraría para siempre y que el idilio no se sostendría por sí mismo. Teníamos unos días para pensarlo. Por el momento sólo disfrutábamos de un helado y luego de un caprichoso mezcal que nos mantuvo despiertos fantaseando toda la madrugada. Creíamos entonces que las calles mismas nos sonreían y que el borde de la costa nos coqueteaba en el centro de nuestros deseos.

A mis amigos los conocía desde hace años. Primero fue a Alexandra, en una fiesta, luego de que nos fuimos juntos. A los demás habían sido por circunstancias curiosas. Ellos solían ser impredecibles, espontáneos, y a veces un tanto imprudentes. Congeniábamos bien. En aquel lugar, ya no quería crear planes tan detallados. No quería pensar en el futuro porque para mí ya no podía haber algo mejor que esto.

Eso fue lo que le dije a Jacqueline la mañana siguiente, cuando salimos a buscar algo de desayunar. Ella se sentía de manera similar. Jamás había visto su rostro tan relajado, sus ojos tan soñadores y sus gestos tan despreocupados. El trabajo ya no amenazaba con absorberla las 24 horas del día. Reíamos de cualquier cosa, incluso de nuestro reflejo en una fuente en la que nos detuvimos en un momento.

Fue mi culpa que ese momento mágico se detuviera. Tenía miedo de caer. Es un vértigo muy natural desde las alturas. Viene entonces el vaticinio de una desgracia que acabara con todo, aunque no haya indicios de que aparezca. Aquella sensación consume los momentos felices y produce una dañina melancolía en las noches solitarias. Jacqueline me sacó de ese estado con un acto muy simple: me sumergió en la fuente y luego se echó a correr.

Tuvimos un buen desayuno improvisado. Queríamos ir a la playa después. El calor desapareció por unas horas cuando unas nubes cubrieron el Sol. Dejamos el Jeep a la entrada de una senda y llegamos caminando a ese lugar que habíamos visto en Google. Esquivamos las ramas de los árboles esqueléticos. Algunas aves coloridas callaban sus cantos cuando pasábamos. Luego los continuaban sin inmutarse.

Los tonos turquesa de las aguas me dejaron embelesado un rato. Recolectamos varios restos de coral de formas caprichosas e hicimos carreras de cangrejos ermitaños. Apostamos las escasas cinco cervezas que llevábamos. Nadie más rondaba por ahí. Esa intimidad nos permitió hacer muchas locuras pero también darnos cuenta de nuestro tamaño curioso y diminuto.

Ahora que volvemos de esa playa supongo que iremos a cenar. Nadie ha pensado todavía en qué hacer después. Este lugar parece cambiar las voluntades rígidas para volverlas placenteras. Es común que en momentos de ansiedad nos sugieran cerrar los ojos y pensar en un lugar deseado. Pero al estar en él, ¿qué imaginaría entonces? Nada en especial. Sólo entonces podremos sentirnos dueños de nuestros propios momentos.


¿Seríamos capaces de renunciar a nuestras vidas programadas por adaptarse a las corrientes espontáneas de este paraíso? Quizás sí. Recuerdo que dicen que la realidad suele ser dura y cínica. Pero si nosotros somos capaces de construirla, ¿no podríamos hacer algo mejor? Jacqueline parece leer mis pensamientos. Me revuelve el cabello, comienza a contarme una historia.




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