Las Lágrimas del Diablo

LAS LÁGRIMAS DEL DIABLO

Yo lo hice llorar. ¿Quién iba a imaginarlo así, derrumbado frente a mí, con su rostro reposando tímidamente sobre mi falda? Debería sentirme feliz, con mi orgullo engrandecido, de haber reducido ese ser a su expresión más mínima y adusta. Lo vi disminuido a la miseria de sus contradicciones. Pero, mientras tanto, me preguntaba qué era lo que me había dado tanto poder. Quizás él mismo.

Porque había poder en su encanto, desde que lo conocí. Tenía un carisma indescriptible, reflejado en su delgado cuerpo de 180 centímetros, en su presencia imponente, en la dulzura y energía de su voz, en sus manos inquietas, en su seguridad desgastante y sobre todo en una mirada penetrante que hacía tartamudear.

Con esas características sería, quizás, fantasía y encanto irresistible de casi todas las mujeres, excepto por aquellas que lo ocultaban. Él no ignoraba su poder de seducción y persuasión innato, pero decidió hacerse invisible para el resto en cuánto me vio. Centró su atención en mí, tal vez porque yo parecía un cliché de mujer inocente. Yo tenía esos ojos azul claro, un fleco delicado, un cuerpo frágil y unos labios que sonreían intermitentes.

No negaré que me sentía atraída por él y que cuando se presentó frente a mí, en aquella fría reunión de febrero, sentí que nada podía ya mejorar mi día. Me susurró su nombre, tan exótico que no puedo pronunciarlo ahora. Desapareció tan pronto como llegó. Vi partir su silueta enmarcada por la elegancia de su ropa; en la mano izquierda portaba una servilleta con mi número telefónico.

El primer encuentro fue en unos días. Él era una luz intrigante que no podía dejar de mirar, como si quisiera ver un eclipse sin protección en los ojos. Su dinero pagaba caprichos que jamás salían de mi boca, pero que deambulaban por mi mente. Pero sus palabras…todas estaban malditas. No lo decía en sentido figurado. Aquella vez limpió sus labios luego de beber la tercera copa de vino y me dijo, sonriente: “Soy el Diablo”.

Cualquiera habría pensado que era una broma, producto de su fantástico encanto que ponía inquietas mis piernas. Pero no. Colocó su mano sobre mi mejilla; era caliente y abrasadora, como una sauna. Sus venas eran como ríos de lava. Los cuernos y la figura del macho cabrío eran innecesarios. Quise derribar todo lo que había en la mesa frente a mí para abalanzarme contra él. Porque él era la tentación misma.

¿Cómo responderle si sabía que no era un fanfarrón que intentaba impresionarme? Porque aquellas sensaciones que me tenían en pleno delirio y que me impedían mantener la formalidad en ese lujoso restaurante, no eran humanas. Yo me sentía como nadie frente a sus ojos, frente a la posición de su mano sobre la mía. Pero quizás mi impresión era lo único que buscaba aquella noche. Pagó la cuenta y nos fuimos sin decir nada.

¿Por qué el amo y señor del caos no me había aniquilado en todo sentido aquella vez? Eso me preguntaba la mañana siguiente. ¿Cabría la mesura en el demonio? La pregunta parecía una contradicción en sí misma. Pero él sólo jugaba con mi capacidad de resistencia, con la locura de mis pensamientos que se habían tornado obsesivos y con mis hormonas disparadas hasta el cielo… ¿o el inframundo?

Esa tarde no iba a verlo. A veces mi razón me hacía sentir ingenua, como si fuese manipulada por un hombrecillo que decía ser sobrenatural. Pero todo el resto del tiempo, el sentido común parecía absurdo. Entre mi pequeña biblioteca, tomé un viejo libro de leyendas de la ciudad. Encontré un par de historias acerca de mujeres que habían sido asesinadas por la representación diabólica en hombres hermosos.

Pero ambas versiones coincidían en que eso había ocurrido en el primer encuentro, sin dejar lugar a la duda. ¿Dónde estaban entonces mis restos, consumidos y devorados en todo sentido? Nada de eso había ocurrido. Además, aquel ser que había conocido superaba por mucho las descripciones de esos agresores, que más bien parecían psicópatas ocultos en palabrería satánica.

La siguiente vez que nos vimos fue en dos noches, en su apartamento, en uno de los rascacielos recién construidos. Aquella vez diluviaba como nunca. Su amabilidad inicial se había tornado en una serie de arrebatos dramáticos que me hacían sentir al borde un precipicio. Yo decía poco. En cierto momento que miré las gotas resbalar por su ventana, él me dijo: “Nunca has conocido una verdadera tormenta. Nosotros haremos muchas”.

Él puso sus manos sobre mis hombros. Tuve visiones épicas de destrucción, de caos, de fuego y agua consumiendo humanos, animales, pueblos, ciudades, países y mundos; mientras las tenía, un gran placer invadía mi cuerpo, como si escuchara una magistral obra de Paganini en tonos aumentados. La crueldad parecía no tener fin porque mis entrañas parecían ser recompensadas de ver la muerte y saberme inmortal.

Eran sus sensaciones, las delicias de su imaginación que se quedarían plasmadas para la eternidad como pesadillas únicas. Dejé por un momento mi sumisión y le pregunté, con valentía: “¿Qué leyes te gobiernan a ti, cómo satisfaces tu conciencia?”. Él se sorprendió, pero no perdió su poder. Me respondió: “Ninguna ley absurda. Soy la libertad y el caos, pero no la incongruencia.  Soy el desafío a las morales de papel, el temor al miedo, lo más grande que hayas visto. Mi ley es la gloria que los humanos jamás alcanzan, pero que rasguñan desesperados”.

Lo vi, soberbio y enaltecido, dispuesto a romper todas mis estructuras para enloquecerme de dudas, dividir mi cuerpo entre sus manos y el vacío para después morir, luego de haber olvidado cómo se vivía. “¿Qué te impide destruirme y largarte para deleitarte con alguien más?” le pregunté. “No es tu cuerpo, ingenua. Es algo que tú no ves y que no te revelaré. Si yo fuera cómo me describen, en un chasquido tendría lo que quiero. Pero yo disfruto el proceso.”

“Disfruta entonces” le dije. Me quedé sentada frente a él, con las piernas cruzadas, una mirada dulce, mordía mis labios y tamborileaba con mis dedos en los bordes de su cama. Pero yo no estaba ahí, no en pensamiento. En mi mente me veía como una niña pequeña con un vestido aguamarina, corriendo entre risas en una selva con un cielo tormentoso. Primero sentía el viento sobre mi cuerpo pero después no. Caía y no había dolor. Ya nada podía tocarme.

Ni él. Sus manos se resbalaban y dejaban rastros de ceniza sobre mi piel. Yo no dejaba de sonreír, de burlarme de él con mi mirada. Él pronunciaba palabras indescifrables. Me gruñó, cual fiera. Hizo tronar el cielo y sentí ese relámpago deslumbrante sobre mis ojos, pero luego lo vi atravesando su cuerpo esbelto y eso lo hizo caer por un momento.

Lo poseyó un deseo incontrolable que lo hacía jadear y perder su impecable compostura. Se redujo a sus bajos instintos de ángel caído, frustrado porque al tocarme no había fuego o hielo, sólo el vacío. Yo era contradictoria para él, porque la vida no era invisible. Porque todas las mujeres que había deseado habían caído en sus garras. Incluso el tal Zeus, seductor como pocos, parecía un ridículo a su lado.

En la cumbre de su desesperación se dejó caer frente a mí. No perdí la compostura, ni fui a atenderlo con piedad. Luego de perder quién sabe cuánto tiempo en sus artimañas lucía cansado, pero no quería irse ni tratar de matarme por quinceava vez. “Eres más maldita que yo, mujer” me dijo, rendido. “Y usted más pequeño que su sombra, mi señor. Sin miedo, usted sólo es la nada.”


Aquel ser se postró en mis piernas y lloró como un chiquillo. Su llanto continuaba sin parar y gritaba, miserable, de vez en cuando. Estaba lleno de dolor, por más motivos que los efectos de mis ínfimas palabras. Junté sus lágrimas con mis manos y formé un pequeño cuenco. Las bebí como si fuese agua de un manantial azufroso. Era un sabor tan delicioso como inquietante e intenso. Quizás así sabía su alma, si es que tenía. Él, con todo su poder y astucia, se comportaba en esencia como alguien inmaduro, como un humano. Pero entonces, ¿quién era yo?



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