Púrpura y Carmesí (Rage)

PÚRPURA Y CARMESÍ
Rage

Vaya, al fin has dejado de intentar gritar. Estaba a punto de detener el auto por quinta vez para volver a golpearte hasta que te callaras. No entiendes, ni por tu propio bien, que lo que menos quiero es oír tus agudos chillidos o tus débiles arranques de furia. Sólo te queda un poder y es el de colmar mi paciencia rápidamente. Provocas que el camino me parezca muy largo.

Qué miserable luces ahí, atadito, con tu inquietud censurada por esas cuerdas que se extienden sobre tu cuerpo robusto y que dejarán fantásticas marcas rojas sobre tu piel. Aún está ahí esa mirada de terror desmesurado que no has perdido desde que comprobaste que mis brazos no eran débiles y que podían derribarte tan fácilmente como un terremoto. ¿Dónde estuvo tu presunta fuerza en ese momento y ahora?

Fue fácil fue mantener tus palabras ahogadas en tu garganta; tu lengua quieta, sin filo, sin pólvora, sin efecto sobre mis volubles pensamientos. Ya sólo vociferas cosas ininteligibles con esa mordaza en tu boca. No me importa cerrar tus ojos porque quiero que lo veas todo, que te grabes cosas y que pienses cualquier estupidez de mí, que desbarate lo que antes creías.

Y este, como te dije al principio del viaje, es un camino muy bonito para ti. Menos mal que tu amargura es nada comparada con las fincas cafetaleras cercanas, que a plantas y a aves ociosas no cautivas con tu persuasión, con tu falso amor por la vida que vuelves manipulación. Qué gustosa está la mañana de verte como un bulto aterrorizado, porque al fin no la perturbas.

Cuando te mantienes cauto, sin tratar de liberarte, la ira que tengo hacia ti disminuye. Quizás por eso no he chocado el auto aún, a pesar de haberme salido al acotamiento dos veces. Esta carretera lleva a la costa, allá dónde el verde esmeralda del trópico se funde con el azul perenne del océano. Desearía que fueras valiente por una vez con tu propio destino y, a ratos, que yo fuera cobarde para no estar haciendo esto.

¿Qué pensarían las víctimas de tus fraudes, quienes ahora ven el dinero pasar frente a sus ojos con una ansia incontrolable mientras sus estómagos les recuerdan el hambre insaciable, al verte? Se sorprenderían de que no eres tan escurridizo, de que no consumes a quien te persigue y de que tu inteligencia inquebrantable pereció frente a un impulso desquiciado. Creerían, también, que en cualquier momento te me escaparías. Porque a ti ni las celdas se te pueden resistir, porque engañas a la vida con una pericia que juega con la inmortalidad.

Pero no eres fantasma suficiente para escapar de mí. Y no habrás de devolver mis ahorros, que andan perdidos por ahí en alguna cuenta panameña, ni mis horas de sueño en honor a una vida deshecha. No serás un ladrón épico, admiración de aquellos que juegan entre la línea del bien y el mal, que justifican a cualquier tirano bajo las desigualdades de las circunstancias.

¿Dónde está tu gloria, la elegancia de tus trajes satinados, la brillantez de tus planes de inversión que convertían una mísera semilla en un plantío interminable? Ahí los tienes, consumiendo tus entrañas. Pudiste ser otro hombre, ganarte al mundo con tu encanto y retirarte como un fascinante viejo, lleno de historias, que habría hecho palidecer de envidia a tantos supuestos trotamundos.

Y con tanto dinero, a cualquier mujer ilusa le prometías una vida exótica en alguna islita del Pacífico, en París, Ámsterdam, Nueva York, o hasta Dubái. Cuántas creyeron que dejarías tu vida de crimen o que la mantendrías en secreto, bajo el amparo de aquellos grandes clientes a quienes les robabas poquito, sólo un cachito porque los honorarios nunca te eran suficientes.

Leí en las últimas páginas de tu diario, antes de iniciar el viaje y después de haberlo encontrado de manera inusual en un bolso de tu saco, que las flores te parecían un capricho absurdo de la creación, porque la belleza es inmortal y su vida demasiado efímera. Menudo pensamiento narcisista, tú que crees que eres eterno. Ojalá te asfixiara, cual enredadera, una buganvilia gigantesca, para que te tragaras tus palabras.

Fue por eso que decidí traerte aquí. Ojalá hayas disfrutado el olor a naranjas no cosechadas, a cítricos más ácidos que el humor negro de tus crímenes, a esa humedad que amenaza con condensarnos y ese calor que te hace parecer un muñeco de plástico consumido lentamente por una vela. Disfruta lo último que queda de exuberancia. Ya casi llegamos.

¡Ahí lo tienes! ¿Te gusta este inmenso campo de flores púrpuras? Se extienden hasta esa tenue línea de árboles chaparros de por allá. Percibe su olor embriagante, que enamoraría a cualquier ingenua. Piensa en ellas como un capricho hermoso, aunque sean una plaga que consumió todo intento de vegetación por ser tóxicas. Descubre cómo te engañan, te cautivan y te hacen creer que un pedazo de paraíso no ascendió a los cielos.

Pero no tendrás oportunidad de tocar nada. Te bajo del auto con facilidad, atado, y te arrastro por el campo de flores hasta que me detengo después de andar veinte metros. Las flores, altivas, te cubren la cara y te causan cosquillas en tu piel recién quemada. Tus ojos aún suplican, te agitas desesperado y tratas de liberarte de mi determinación cruel e inquebrantable. Sabes lo que ocurrirá.

Pero aún puedo divertirme. He tomado un billete de tu cartera, verde como mi coraje. Le prendo fuego y lo arrojo sobre ti. Se consume rápidamente y te deja pequeñas marcas. Tu acto reflejo es retorcerte más. Continúo con el resto que encuentro hasta que te veo delirando por esos dolores que parecen nimios. Ahí están tu poder y tus recursos inagotables, consumiéndose como carbones en tu propio cuerpo.

Pero ha llegado la hora. Te quito la mordaza, quiero escucharte. Ahora dime, ¿qué sientes cuando ves esta pistola negra, que está apuntada desde dos metros a tu cabeza? ¿Te aterroriza escuchar cuando corto cartucho? Llénate de pánico, hijo de puta. ¡Di otra cosa que no sea no! Defiende tu vida con tu lengua, haz que parezca un combate y no una ejecución…

Tu miseria y esas lágrimas verdaderas me conmueven. ¿Será que te dejo ir y me asegure de que vivas hundido, lleno de culpa, hasta que te suicides? Sí. Quizás sí. ¡No sonrías!

*   *   *
La fuerza de rebote en mi mano me asustó. Disparé. Vi como la bala se estrellaba en su frente, como si todo estuviera en cámara lenta. Sus lágrimas se congelaron en sus mejillas y un borbotón carmesí brotó de esa cabeza tan brillante. Se desplomó al instante. Su sangre quedó dispersa por todo el lugar, incluso en mis manos. Y las flores tan bellas quedaron impregnadas, pero perdieron su olor delirante. Tuviste una muerte poética, deberías estar agradecido. Tu muerte fertilizará esta tierra.

 Y mi ira será el motivo de un aire enrarecido que llegará lejos, lejos, porque así se propaga la venganza entre los desesperados. La sangre de mis manos no habrá de quitarse nunca, como si fuese un tatuaje, pero seré poderosa. ¿Qué, sino ésta pistola, me hará deliberar sobre el derecho a la vida de los que se atrevan a joderme?


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