Renaissance

RENAISSANCE

A mi suspiro involuntario le sigue una sonrisa. Te veo corriendo con tu vestido floreado hacia la línea donde las olas rompen con calma, te diviertes como una niña que recién conoce el mar. Me pides que vaya y me debato entre seguir contemplando la escena o ir a fingir que te tiro en el agua. Al final tú ganas. Deseo que no se nos terminen los viajes.

¿Cómo dejar de soñar? Sé que no vas a responderme. No está el océano realmente frente a mí, sólo una gran avenida de cuatro carriles congestionada, en un día que tiende a nublarse. Estoy sentado a las afueras de un edificio, con la falsa esperanza de que pasarás por aquí en cualquier momento. Quiero decirte algo, aunque sea una estupidez. Y si no vienes, al menos no quiero vivir con la idea de que no lo intenté.

Sé que no esperas verme. Crees que vivo iracundo por tu indecisión, por dejarme atado a mis propias ilusiones. Seguro que recuerdas mi gesto cuando nos despedimos hace un par de días. Mis manos estaban frías, mis labios impávidos y mi mirada se clavó sobre tus ojos, como si pidiera una mentira complaciente. Te diste la vuelta.

Malditos sean los romances efímeros que se vuelven importantes. Qué más quisiera que los amoríos siempre fueran como las cámaras fotográficas desechables; útiles para el momento, de vida corta y con la capacidad de llevarse los recuerdos para mirarse cuando sea. ¿Te imaginas? Nos encontraríamos un día indiferente, nos veríamos con una risa de complicidad y seguiríamos nuestro camino.

Pero en ese deseo oculto el temor a esto que me ocurre ahora. Y en tu fantástico “No sé qué quiero que pase con nosotros, por eso mejor me voy” también. La indecisión limita nuestros impulsos, desvanece los pensamientos. Quizás un día lo negaremos todo. O cuando nos veamos nos emocionaremos para llegar a la misma conclusión de siempre. Todos los finales son malos.

Mentimos Alicia, lo sé. ¿Recuerdas cómo nos alejamos de la fiesta, cómo el sonido de la música parecía difuminarse y sólo nos escuchábamos a nosotros en esos instantes que parecieron eternos? No hubo una romántica declaración de amor previa, ni cosas por el estilo. Ambos creíamos que el otro estaba enamorado de otra persona, porque eso habíamos dicho.

Aun así, nada nos detuvo. Demostramos la sinceridad que habíamos callado entre la cobardía y el ansia de los días anteriores. Nuestros actos hacían quedar mal a las palabras, ya no había espacio para ellas y su traidora intención por mantenernos a salvo del otro. Ya estábamos en el camino para querernos o destruirnos.

Tus labios pequeños, Alicia, no dejaban de ser caprichosos. Mirabas al cielo oscuro, pero sin buscar respuestas porque las tenías frente a ti. Yo me sentía afortunado por tenerte cómo eras, lejos de la censura autoimpuesta. Cometíamos errores sin culpa. Sólo éramos nosotros, dominados por nuestra atronadora naturaleza, ebrios de las verdades que descubríamos.

Mintió, quizás, el que dijo que el paraíso era eterno. Se nos acabó nuestro momento, cuando estuvieron a punto de descubrirnos. Luego de eso vino la confusión y el: “¿Qué estamos haciendo?”. Lo que menos quería era darte respuestas, pero fue lo que acabé haciendo. Luego te fuiste. ¿Sabes que flotaba cuando intenté dormir? Ya no entendía mis propios sentimientos, pero sí los placeres.

Luego de eso, recordábamos todo entre risas, sutilezas y un poco de vergüenza. Hubiera querido decirte que sólo se quedaría en un buen recuerdo, pero no quise sabotear mis frescos deseos. De pronto quería estar contigo y romper con mi propia lógica. Por eso me viste tan agitado, tan caótico, con tantas palabras en la mente que al final sólo conseguía pronunciar dos o tres.

 Quise llevarte a muchos sitios, ir y escapar de tantas fiestas, improvisar un poco de mi existencia contigo. No tuve mucho valor para decirlo cuando estabas indecisa. El tiempo corría, tus deseos de no estar sola también. De pronto ya tenías a alguien más. Era un sujeto que te miraba con lascivia, que te presumía con sus amigos-lo oí varias veces-, y que te prometía una sarta de estupideces.

¿Y ahora qué? A olvidarme de ti, a creer en que los errores ocurrían también, a creer en cosas de las que no estaba convencido. Los amigos son maravillosos porque justifican de formas extrañas nuestras irracionalidades. Pensé que no eras demasiado como para no olvidarte fácilmente, como para borrarte con mi indiferencia y culparte.
Por eso estuve con otra mujer y le canté al oído como avecilla hambrienta, con una cantidad grande de mentiras que jamás podría creerme. Justificaba mi ridículo despecho, con un: “La vida sigue”. Adivina en quién pensaba cuando la besaba o con quién soñaba realmente. Sabía que al final yo saldría corriendo.

Fui cruel de manera involuntaria. Luego descubrí que tú y yo sólo éramos culpables de no saber qué hacer, de sucumbir ante un fatalismo líquido e inconsistente. No éramos más que piezas que se tambaleaban en un tablero de ajedrez, sin decidir a moverse un cuadro adelante: creíamos que nos harían jaque mate en la primera jugada.

Ahí fue cuando decidí hablar contigo, venir aquí a esperar que pasaras por aquí cuando salieras de tu trabajo. Es martes, tu auto no circula por culpa de la desgraciada contaminación y tienes que tomar un camión que te lleve a casa. Sólo una cosa podría frustrar mi plan: que alguno de tus espléndidos compañeros decida llevarte, con cortesía y persuasión.

Pero… ¿y si realmente me estoy mintiendo a mí mismo por no querer estar solo? Podría ocurrir que sólo seas un capricho que llene mis vacíos por unas semanas, hasta que me canse de ti. Entonces estaría perdiendo mi tiempo, sólo sería esclavo de mi propio inconsciente. Debería alejarme de ti, si sé que podría destruirte, pero por algún motivo mis piernas siguen aquí, temblorosas.

Es la ternura misma lo que desvanece mis dudas, lo que me hace mirar el reloj constantemente y que crea que el segundero se ríe de mí. ¡Aparece de una vez, Alicia! Quiero ver tu cara de duda, sentir tu mirada coqueta y darte mis razones para querer estar contigo. Tal vez después de hoy dejemos de ser los mismos y nos volvamos un poquito más locos.

*   *   *
Pasaron más de dos horas y Alicia no aparecía. Él se negaba a irse, mantenía una esperanza casi absurda. Al final sólo ocultó su cabeza entre sus manos, se sintió desafortunado y culpó al karma de todo. Al levantar la cabeza, abrió lentamente sus dedos. Ahí iba pasando ella, con pasos lentos y gesto tedioso. La naciente noche pareció alegrarse.

-Alicia…quiero estar contigo. No tengo dudas, sé lo que siento-dijo él, tomando su mano, luego de justificar por cinco minutos su súbita aparición.
-Pero yo no quiero.

Ella parecía segura, determinada, cansada. Él sólo la miraba con incredulidad, con un hueco en el estómago y en toda la existencia; apartó sus manos para preparar su despedida.

-Bobo, te mentí-dijo Alicia, riendo.
-¡Alicia!
-Vamos, fue divertido. Pero dime, ¿por qué estaría contigo?
-Porque te gusta ver cómo me vuelves loco. Y a mí sentir tus deseos, aunque sea en silencio. Te enseñaré a querer otra vez.
-¿Me harás decir que sí?
-Dejemos de ser un mero ruido.
-Seré yo quién te enseñe a querer a ti.

-Inténtalo. 



Comentarios

Entradas populares de este blog

Nívea

Idilio Costero

Blitz (Lluvia de Fuego)

Astillas de Cuba (Parte 1)

Lago Espiral: Parte I