Voces
VOCES
Yo sólo sé que vivo
para escuchar. Usted no lo entendería, quizás, o de pronto me preguntaría cómo
es que me atrevo a decir eso. Pero no tengo porque mentir. La verdad las horas
se me hacen largas, largas con el trabajo en el campo. A Dios gracias que aquí
nunca falta el agua y hay más siembra de la que nuestras manos pueden tocar.
Pero cuando llega la tarde del viernes salgo corriendo, corriendo le digo.
¿Qué a dónde? Allá, al
Cerro del Farangón. Usted lo verá muy fácil, sobresale a los demás y tiene una
punta con puro pasto en donde jamás ha crecido un árbol. El camino para llegar ahí
no está sencillo entre tanta maleza. Apenas podemos mantener el camino con un
recorrido diario, que nos turnamos, con machete. Yo le juro que cuando uno
pasa, parece que el pasto crece detrás. Pero somos necios y tenemos un motivo
para ir.
Usted me vería con mi
sombrero y con ropa limpia, luego de darme un chapuzón rápido en el río. No
puedo presentarme sucio a la ceremonia, y no es un asunto de risa, oiga. Que
voy a escuchar. Allá el viento se vuelve palabra, pero no de esa que uno
escucha con los chismes o en el mercado. Es algo más canijo. Se siente por las
venas, como un fuego intenso que me deshace.
Y escuchar no es
suficiente al paso de unos minutos. Le dan a uno ganas de hablar, de vociferar,
de susurrar y expresar cualquier cantidad de cosas. La verdad es que en eso,
interpreto lo que escucho, porque esas palabras no están en nuestro idioma
corriente, no. La gente no entendería nada, sólo sentiría unos escalofríos
tremendos y saldría corriendo para decir que los asustaron.
No sé, entonces, como
es que yo entiendo todo eso. Nadie me enseñó algo, ni me dijo nada. Mi familia
no reza más de lo que el padre ordena, ni se mete en cosas de esas. Descubrí
esa habilidad una tarde que me tocaba ir a limpiar el camino del Farangón. Me senté
ahí en la punta del cerro, porque ya era mi última labor del día y sentía ganas
de pensar un rato.
Sentí que veía
demasiado. Puras luces raras en el cielo primero y luego tenía ojo de halcón.
Ya podía ver a los del pueblo caminando hacia sus casas, riendo con sus bocas
secas, intrigando un poco sobre los otros, cargando algo de cosecha o pensando
demasiado fuerte. Sí, sentía que hasta los pensamientos escuchaba. Me asusté,
quise irme. Luego, no lo va a creer, escuché unas palabras tan potentes que me
derribaron de boca sobre el pasto.
Todo tembló. Nada más
agarré por miedo la cruz que colgaba sobre mi pecho. Al principio quedé como
ido, escuchaba sonidos agudos y otros muy fuertes; unos metálicos y otros
delicados como el de un riachuelo. Se proyectaban imágenes sobre mi cabeza de
cosas que no entendía. Sentía que los ojos se me salían, que los oídos me
reventaban. Al final, pegué un grito enorme. Luego me desmayé.
Desperté como dos horas
más tarde y regresé como pude a mi casa, su casa. Imagine la cara que puso mi
vieja cuando le conté eso. Ya sabe, luego luego culpándolo a uno de andar
borracho. Pero ella vio que no era así y que traía un golpe en la cara. Me dijo
que mi mirada la asustaba, que la dejaba expuesta y desnuda. Yo no me sentía
muy diferente.
Pero verá usted, que
tenía razón. Se me hace raro que no me haya mencionado nada al respecto de mi
mirada. A la mañana siguiente cuando fui a mirarme en el espejo que tenemos, me
asusté, Mis ojos estaban bien oscuros, antes eran un poco más claros. Se les
formó como un anillo dorado muy delgado que sólo se veía cuando forzaba la
vista.
El médico del pueblo no
me dio muchas respuestas, pero me sugirió que me fuera a la ciudad para verme
con un oculista. Pero eso era muy costoso, además, seguía viendo bien. La gente
me empezó a decir que había dejado de ser callado, que hablaba demasiado y que
mis palabras producían unas dudas terribles que provocaban que nadie pudiera
pegar el ojo por las noches. Imagínese, nomás.
Pero yo seguía sin
notar la diferencia. Veía la cara de temor en mis hijos, cuando apenas les
susurraba. Pero les hablaba a mis animales y nada pasaba, sólo me veían,
indiferentes. La gente del pueblo comenzó a rumorar que me había vuelto brujo,
que seguro tenía pacto con el maligno y que por eso los perturbaba tanto. Nada
que, según ellos, el cura no pudiera arreglar.
Y un domingo, luego de
misa, fue a hablar conmigo. Verá, platicamos por mucho rato, hasta que cayó la
tarde. No le negaré que trató de sermonearme, de infundirme temor al infierno
diciendo que cien mil velas consumirían mi cuerpo cada día, me bañó con agua
bendita cual Juan el Bautista y al final me suplicó que, por amor al pueblo,
cerrara la boca. Pero no quise. Le pedí que me escuchara, como acto de buena
fe.
No le hago el cuento
largo, porque le dije muchas cosas, de las cuales no recuerdo algunas. El padre
se quedó en silencio, miró al cielo, besó la cruz que portaba y se quitó la
sotana. Ahora lucía como un hombre normal. Me dijo que yo le había dado una
revelación y que con ella, su vida se podía ir mucho al carajo. Me dio las
gracias, luego abandonó el pueblo. Nos quedamos sin cura, la diócesis no quiso
enviar otro.
La gente decía que Dios
nos había abandonado, que ya no nos quedaba ni una pizca de esperanza. Me dará
la razón, cuando le quitan la fe a alguien, de pronto se vuelve muy fatalista.
Creen que cuando cierren los ojos, su casa arderá en llamas, que la tierra se
secará y la lluvia se irá para no volver. Es lo que algunos llaman el
apocalipsis, el fin de los tiempos. Y yo de pronto era como un jinete.
Las miradas contra mí
se hicieron muy incómodas, ya casi no podía salir de mi casa. Me harté de
esconder el rostro y me fui otra vez al Farangón, para pedir una explicación a
lo que fuera de lo que había pasado. Me volví a sentar sobre la punta. Escuché
otra vez las voces, con gran fuerza, pero no me derribaron. Se me cayó el
sombrero y tuve que alzar los brazos. Cerré los ojos, por puro instinto.
Parecía yo santo, como
si imitara aquellas historias de las misas. Por cada cosa que escuchaba, veía imágenes.
Eran cosas del pueblo y otras de lugares muy lejanos que no conocía. Supe que
dos personas, un viejo y un joven, iban a morir en unos cuantos días si no
corrían al médico; que llovería muy fuerte el miércoles; que Fausto si tenía
que casarse con Diana; y que en un lago, que supuse era el mar, habría una
tormenta gigantesca que dejaría muchos muertos.
Cuando las voces
terminaron y mi cuerpo se estuvo en paz, luego de moverse para todos lados,
voltee hacia atrás. Ahí estaba toda la gente, mirándome fijamente. Ya iba a
caer la noche, el atardecer se veía violeta. Ellos estaban sorprendidos, veía
en ellos tanto miedo, como curiosidad. Con los 39 años que tenía encima en esos
momentos, comencé a llorar y a hablar. Les dije lo que había visto, con voz
fuerte y encontrando sus miradas. Me escucharon.
Era normal que no me
creyeran del todo, ¿verdad? Pero las cosas que dije empezaron a ocurrir. Esos
dos que no fueron al médico murieron, cayó un diluvio el miércoles y esa boda
resultó un éxito. Poco después me trajeron un periódico lejano, donde vi las
imágenes de destrucción que había visto. Ahora me creían, me temían pero me respetaban.
De pronto ya era profeta, o algo así.
Y yo recuerdo mucho esa
escena en mi cabeza. Vi a mi gente, con sus sombreros y sus rebozos, tan
asustados como inmóviles. Cuando fui al cerro otra vez a escuchar y luego les
hablé, les cambió la cara. Ellos no quisieron largarse como el cura. Se sentían
contentos con vivir aquí. Comenzaron a confiar mucho en las voces y a esperar
mis idas al Farangón.
Lo cierto es que, desde
entonces, casi nadie nos vista. Qué raro, ¿no lo cree usted? Será que alguien
regó el mal chisme por ahí, en los otros pueblos, de que aquí hacemos brujería
o algo por el estilo. Es como si negaran nuestra existencia, por miedo. Y usted
llega aquí, y dice que no sabe nada de esta historia. Válgame, Dios, casi no le
creo. Pero bueno, ya le he contado todo.
¿Cómo dice usted, de
veras ya no aparecemos en el mapa? Esos rumores están cabrones, y eso que el
gobierno según no es supersticioso. Pero aquí seguiremos existiendo, oiga. No
debería irse tan rápido, debería esperar al viernes, seguro que tengo algo para
usted, para que no se vaya sólo con mi historia. No crea que le miento, no
tiene caso. Le confesaré que a veces, entre tantas voces, ya no sé si vivimos o
jugamos a vivir. Usted dirá.
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