Culpable (Killa)

CULPABLE
Killa

Ahora que tienes la oportunidad, ¿lo harías? Me pregunto si tienes la valentía suficiente. Me tienes acorralado, en la esquina de esta habitación cubierta de azulejos blancos que se parece tanto a un baño. Contemplas mi risa un poco desquiciada, mi mirada retadora, los movimientos inquietos de mis manos. No necesito juicio porque sabes que soy el culpable de todos tus males. Me tienes aquí, sin escape, con una pistola a escasos centímetros de mi sien.

Si dispararas, te cubrirías de sangre al instante. Un frenesí rojo te cubriría por completo y mancharía las paredes. El líquido escurriría por minutos y horas, casi el mismo tiempo que una presión inexplicable en la palma de tu mano. ¿Te emociona esa escena? Verme abatido como humano, con mi cabeza deshecha con la seguridad de que no soy una hidra a la que le saldrán dos más.

¿Qué vendría después? No lo sabes aún. Quizás sería liberador para ti. Habrías derrotado al demonio, como San Jorge al dragón. Y vivieron felices por siempre…pero eso no te lo crees del todo. El peso de los días caídos, de los recuerdos pesados pero vacíos te haría caer de rodillas. No llorarías porque no tendrías lágrimas. Te desvanecerías sin saber cómo levantarte. No verías el amanecer.

Pero eso no lo sabes, no lo puedes imaginar. Lo único de lo que estás seguro es que soy el culpable. Fui yo quien te hizo dudar de tus sueños, ¿recuerdas? Yo te dije que abandonaras la esperanza de comer de tus pasiones y pensaras en algo más mundano. Yo borré tu débil utopía de un plumazo mostrándote cuán crudo era el mundo y cómo podía continuar sin tu existencia. Me odiaste por un tiempo pero me creíste. Desde entonces me escuchaste con reticencia, pero con atención.

No pretendía destruirte en un principio. Era una diversión perversa jugar con tus deseos y aspiraciones haciendo crecer tus miedos. La manipulación es una delicia. Si no tenías valor, era fácil tratarte como un objeto. Por eso te busqué amigos por conveniencia que te traicionaron sin la menor culpa. Ellos nunca fueron leales a ti, pero tú lo eras a mí.

Es increíble que no me culparas hasta ahora. Pudiste haberme lanzado al mar tantas veces en nuestras conversaciones a solas en el astillero o al volcán ardiente que visitamos el verano pasado. Sé que alguna vez lo pensaste, pero temías quedarte solo. Dependías de mí, de mis palabras y del constante desencanto con el que invadía tus días. Me dijiste tantas veces que hablar conmigo era la manera volver a la tierra luego de tus ensoñaciones. Siempre tuve el consejo correcto que alimentaba tu orgullo y tus frustraciones.

Yo te sabotee en muchas oportunidades que tuviste sin que te dieras cuenta. Ibas por la calle culpando a cualquier persona que te pasara por la mente por tus continuos fracasos sin darte cuenta de que la respuesta estaba frente a ti. No podía verte triunfar, porque perdería mi pasatiempo. No me apetecía enloquecerte desde la victoria y volverte un megalomaniaco paranoico que se rodeara de un grupo de matones.

Te jodí tu vida amorosa. Me reí muchas veces de ti, aunque pareciera incorrecto. Siempre estabas tan cerca de estar con la mujer que deseabas y luego… ¡se iba! Sin explicación alguna. Te quedabas con las ganas, buscabas respuestas en todas partes, pero no entendías. Quisiste volverte el hombre perfecto, hacerte de un método infalible, escuchar más de lo que hablabas y nada. Te acabaste acostumbrando a la soledad. Ignoraste en tu creciente amargura muchas miradas dulces.

Te hiciste pequeño, consciente de tus derrotas. Sentías que tus piernas eran absorbidas constantemente por un torbellino. Despertabas cada mañana sin saber porque y te ibas a dormir sin esperanza. Dejaste de soñar cosas, pero mientras estabas inconsciente un montón de seres amorfos se acercaban a ti, hacían ruido. Muchas voces hablaban al mismo tiempo, luego se burlaban y giraban en círculos en torno a ti. Despertabas temblando, permanecías con escalofríos el resto del día.

Recurrías a mí, desesperado. Te sugerí ir al médico para que te surtiera con un montón de frascos de pastillitas blancas. A veces olvidabas tomar dosis de tantas que eran. Unas incluso eran para evitar que los efectos secundarios de las otras te mataran. Te sugirieron meditar pero te quedabas dormido en el intento hasta que despertabas unos cuantos minutos después con una sensación de asfixia. Llorabas porque sentías que te ibas del mundo. Yo te abrazaba mientras sonreía. Continuaba alimentando tus miedos, viendo cómo caías hasta la miseria.

Fue tan curiosa la manera en que supiste que era yo. Sentiste un hueco en el estómago, gemiste un poco y tu pulso descendió hasta volverse imperceptible. Nadie te lo dijo realmente. Tú ataste los cabos suficientes, todo aquello que no querías ver pero que te reveló cierto librillo de filosofía que yo no te sugerí, pero que alguien te dio. Lo entendiste todo. Tu impulso natural fue la ira, la sensación de que no había otro camino ya.

Me buscaste, me acorralaste contra esta pared y tomaste el arma que habías comprado unos años atrás. Gritaste, desquiciado, me sacudiste contra la pared. Tu saliva cayó en gotitas por todas partes, tu rostro estaba tan rojo como tu sangre hirviendo. Vi la destrucción en tus ojos, el coraje que había estado ausente por tanto tiempo. Te confesaré que sentí miedo, aún lo tengo.

¿Qué se siente querer matar? Seguro es un hormigueo raro por todo el cuerpo, una presión inexplicable en las bolas, el cuello atorado en sí mismo como un fuerte nudo, la presión en los músculos y el índice titubeando entre disparar o no el gatillo. ¿Piensas en esos instantes como alguien más o sólo eres tú? Quizás te vuelves más humano, mientras disfrutas el poder momentáneo de tener todo bajo control, de tener en tu mano una vida.


Escúchame, cuéntame qué se siente. Trata de hablarme después de verme caer. Me convertiré en un estallido momentáneo, lo sé. Dime cómo me veo, ¿soy tan maldito cómo lo que he hecho, valdrá la pena? Mírate ahora, las lágrimas han vuelto. Y a decir verdad, yo también estoy triste. A pesar de ser tan retorcido, aún te quiero. Lo hago porque soy tú. Somos. Nos jodimos todo este tiempo, sí. Aprieta ese gatillo, vámonos juntos. Para nosotros, esta vida ya se acabó.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Nívea

Idilio Costero

Blitz (Lluvia de Fuego)

Astillas de Cuba (Parte 1)

Lago Espiral: Parte I