Impulsos
IMPULSOS
El dolor muchas veces se
queda en el silencio. Esas risas burlonas aún dan vueltas en círculos por mi
mente. Me siento como un niño pequeño, con los ojos llorosos, a punto de correr
a buscar a su madre. Pero nadie acudirá en mi auxilio. No hay consuelo en el
viento helado del otoño ni nada que me haga sentir protegido. Me queda cargar
mis veinticuatro años de vida, mis traumas de adulto que parecen infantiles.
Quisiera reírme de
ellos porque soy distinto. O quizás sólo pretendo serlo y me engaño de forma
complaciente. La que empezó todo fue Imelda, como siempre. Estábamos a punto de
salir del trabajo, conversábamos con el equipo de trabajo de la entrega del
informe de la semana y de cualquier estupidez que hubiésemos visto en las redes
sociales. Algunos se coqueteaban, como siempre, con sonrisas cómplices. Pero
ella…sólo tiraba mucha mierda de los demás.
Lo hacía bien. Por lo
mismo yo no quería ser su objetivo y sólo reía como los otros. La crueldad no
dejaba de ser cómica; la escasa culpa que sentíamos no era suficiente para
censurarnos. Pero cuando ella notó la cantidad de moronas de galleta que se
quedaron mi corbata por mis descuidos, no dudó en decir: “¿Ya vieron a Iván? Este
cabrón come como pollito”. Todos se carcajearon. El chiste era malo, pero la
forma de mi cuerpo (escuálida, delgada y la espalda ligeramente encorvada) lo
volvieron perfecto, inolvidable…ellos reirían a costa mía por semanas.
Podría limitarme a
reírme con ellos y dejar que el apodo se volviera insignificante. Pero, como si
se tratara de los viejos días en el colegio, mis compañeros piaban como pollos
y se desesperaban de mis intentos por sacudir las moronas de mi camisa. Le
aplaudían a Imelda. Los comentarios hirientes no eran nuevos, venían desde los
días en que estábamos en la universidad. Se jactaba de ser reina del sarcasmo.
La odiaba a ella y a su título ridículo. Hoy tengo todavía más motivos para
detestarla.
Salí del trabajo a las
seis de la tarde, como cada día. Es martes, día de ir a hacer servicio social
en la biblioteca, antes de que cierre. En estos días casi nadie quiere ser
bibliotecario. Incluso ya desaparecieron la carrera de las universidades porque
nadie iba a clases. Acepté entrar al programa de cuidar el lugar
voluntariamente dos veces por semana, justo en las últimas horas del cierre.
Estoy capacitado para acomodar los últimos libros, verificar algunos registros
y asegurarme de que todo quede en orden.
Por ser martes sé que
hoy me toca estar solitario al final, antes de que aparezca el velador que se
dormirá en la puerta como cada noche. Es mejor así, no tengo ganas de ver a
nadie. A veces me la pasaba platicando con el señor Lucio, el bibliotecario más
viejo del lugar, de cualquier cosa, desde comida mexicana hasta filosofía
trascendental. Pero hoy no irá, anda arreglando lo de su jubilación (apenas
cumplió la edad mínima: 75). Me dan ganas de acabar pronto lo que tenga que
hacer y quedarme un ratito a leer a Lawrence o a Camus.
Cuando llego a la
biblioteca, los trabajadores ya están pasando sus tarjetas para irse a sus casas.
El lugar no es muy grande, se hizo a partir de la colección de un viejo
escritor. Hay ocho pasillos con anaqueles de libros de todo tipo que se
extienden con amplio espacio por quince metros. Al fondo hay algunas mesas o
sillones para la consulta y lectura. Las ventanas iluminan los costados, pero
el fondo sólo es iluminado por unas lámparas blancas.
En unos treinta minutos
vamos a cerrar, son las 20:00. Aún unos cinco o seis visitantes leen
empedernidos algunos volúmenes. Se mantienen callados, pero a veces ríen o
murmullan para sus adentros. Dos de ellos escriben con gran rapidez en un
cuaderno. Ninguno se mira entre sí. Permanecen en la oración intelectual,
viajan a otras dimensiones, disfrutan de otras vidas antes de volver a la suya.
Como lectores son espectadores gustosos; omniscientes en narraciones, historias
y conocimientos a los que quizás no fueron invitados.
Cuando llega la hora
del cierre les indico que deben marcharse. Aceptan un poco desilusionados,
miran la hora en sus celulares y proceden a dejar sus libros en los carritos
especiales. La mayoría se aleja sin decir nada, sólo uno me desea las buenas
noches. Pienso en mi abuelo, que pasaba las horas en su estudio leyendo
cualquier cosa. Contaba de esos libros en las cenas de los fines de semana pero
nadie le hacía caso, sólo yo. Él me dijo que me metiera algún día a trabajar a
una biblioteca, aunque fuera por unos meses. Me prometió que mi vida no sería
igual. Esa es la razón de que esté aquí.
Antes de proceder a
buscar mis libros deseados, ordeno los que dejaron en los carritos. Sólo dejo
un par al final, que debo acomodar en la parte alta. Voy por la escalera para
alcanzar (mi estatura no es grandiosa), y al volver la suelto asustado. El
escándalo del metal contra los mosaicos provoca un estruendo terrible. Es ella.
Imelda lee muy quitada de la pena a Lawrence, con los audífonos en los oídos.
Me mira y se quita el auricular izquierdo. Nos callamos, impresionados.
Imelda no era muy
entusiasta de la lectura o eso parecía. La pregunta mutua es obvia: “¿Qué haces
aquí?”. Ella agrega el calificativo “pollito”. Eso me enfurece. Aprieto mi mano
con fuerza contra la mesa, pero ella responde riendo cruelmente: “¿Qué, tanto
te molesta?”. Le pido que se vaya pretextando que el velador está por llegar y que
la pueden vetar del lugar. No se inmuta.
“Oblígame” me dice. No
sé cómo responder. Aumento mi tono de voz pero no es suficiente. El cuerpo me
tiembla, mi cara se enrojece. Me acerco rápidamente y tomo su silla, pero no se
mueve, presiona con sus pies hacia el suelo. La tomo entonces de los hombros.
Son delgados, huesudos, fríos. Su respiración cambia, se vuelve más agitada.
Gira sus piernas con rapidez para darse la vuelta hacia mí al tiempo que enreda
las mías. Estamos frente a frente.
Se muerde los labios,
murmura: “Al fin”. Mi ira no disminuye. Su vestido la hace ver más delgada, su
piel luce más pálida; sus piernas son largas, suaves, las cruza en un juego
caprichoso. Su espalda se arquea ligeramente, tamborilea con los dedos en la
mesa y juega con sus labios. Quiero darme la vuelta, es un juego perverso, lo
sé. Ella no es hermosa. Pero el deseo espontáneo se vuelve prolongado. Tanto
como el impulso, cómo el caos en nuestros cuerpos luego de que la levanto de la
silla. La recargo con furia contra la mesa y le doy el primer beso.
Sabemos que no hay
vuelta atrás. Ella disfruta de verme fuera de control. Sucumbo ante los
espasmos y las provocaciones. La veo tan burlona como siempre y quiero
acabarla, borrarle esa sonrisa de la cara, hacer que su cuerpo se contraiga
involuntariamente, quitarle su fuerza, volverla débil. No hay tiempo para
ternuras forzadas. Recorro su cuerpo sin el menor orden. Su vestido sale
volando en la misma dirección que el libro: lo mismo que mi propia ropa minutos
después y toda sensación de pudor.
Su cuerpo permanece
frío por mucho tiempo, pero luego su piel se eriza. Imelda respira fuerte, dice
mi nombre, se aferra con fuerza a mi espalda y me azota a ratos. No pienso en
las caricias que le doy, dejo que mis manos hagan lo que mejor les parezca.
Dejamos marcas rojizas en el otro con nuestros dientes. Pareciera que
quisiéramos devorarnos. Ambos disfrutamos vernos fuera de sí. Jugamos a
dominarnos, a someternos. Nadie gana.
Nuestros cuerpos chocan
con fuerza, fruncimos ligeramente el ceño, cerramos los ojos, nos contraemos y
expandimos en sintonía. El coito es nada, protocolo vacío. Sus piernas y sus
senos se tensan tanto como mi espalda. Imelda muerde mi piel tan fuerte como
puede, como depredadora. Yo trato de zafarme de cualquier forma hasta que la
hago pegar un grito efímero. Su cuerpo se va de lado, yo pierdo el equilibrio y
volteamos la mesa.
El golpe es doloroso.
Ella queda encima de mí. Estamos desnudos sobre el piso frío. El reloj dice que
ha pasado hora y media. Sus ojos son fuego, sus suspiros son tan poderosos como
un trueno. Aún me queda un poco de ira, pero aparece en mí una extraña piedad,
un leve deseo de ser tierno. De pronto ya no me mira igual. Nos besamos, pero sonreímos
todavía con malicia. Ambos confesamos que los estantes se nos vendrán encima
tarde o temprano, y cientos de páginas caerán sobre nosotros. Nuestros cuerpos
se acomodan de nuevo. Que siga el caos.
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