Megalomanía

MEGALOMANÍA

Tengo poder. El mundo fue hecho para mí. Mis ojos lo ven con claridad en la noche que me envuelve. Mi sombra se proyecta gigantesca en este monumento. Soy más grande que los hombres de piedra por los que se construyó este lugar. Mi lugar es el presente, no un pasado miserable al que se le hizo grandioso por la fuerza. Tengo el tiempo, el lugar en sus pensamientos, la facultad de la admiración y el temor.

Mi estatura importa poco, no soy Napoleón. Mi rostro se endurece o se vuelve carismático según sea el caso; lo mismo que mis manos, que pueden convertirse en puños aguerridos o en palmas cálidas de seda. La sangre de mis venas es caliente o fría a conveniencia, azul o multicolor no importa, porque cuando se derrama todos me respetan más. No trato de ser invulnerable, pero sí invencible. Soy lo que no son ellos: en mí no hay derrotas cotidianas, sólo gloria en crecimiento.

Para ser hombre en tiempos de presunta equidad sólo falta usar las palabras correctas, complacer las manías, cuidar las palabras con pinzas quirúrgicas, deleitar con el encanto de la apariencia. Las barbas, al parecer, aún aparentan sabiduría y autoridad. Por eso uso una, ni muy prominente ni muy corta. La elegancia en mi ropa es importante, pero lo es aún más construir una falsa naturalidad, algo que haga pensar que tengo intuición, que aún sin planearlo puedo ser brillante.

El dinero ya no pesa más en los bolsillos. Las transacciones más felices son las que pasan por una pantalla. Todos ganan para que otro pierda, luego todos pierden para pensar que pronto ganarán. Es un azar vacío, un deseo a partir de la nada, de números que jamás se vuelven billetes pero que significan mucho. Para el resto que no entiende lo perverso del juego sólo queda soñar con migajas, criticarlos a todos ellos por desalmados. Pero yo sé que en su lugar, estarían dispuestos a hacer lo mismo.

No es necesario tener una corona en la cabeza en tanto que todos la imaginen. Nadie recibe poder en la soledad, más allá de sí mismo. Ellos me reconocen, confirman la verdad de mis palabras, la fuerza de mi razón. Saben que me necesitan porque no confían en sí mismos para guiarse por su voluntad. Me engrandecen con una feliz distorsión. Aplauden para recibir mis favores, para que me acuerde de ellos, incluso algunos más lejos de la muerte.

Mi ciudad está frente a mí, imparable e inclemente. Las avenidas que convergen en este monumento son las arterias de la ciudad: conectan vidas, sustentos, deseos, frustraciones, malentendidos, complacencias, amoríos y falsas pasiones. Y todos ellos son sumisos porque temen escapar de sí mismos. La libertad parece un coctel demasiado peligroso y fiero para ellos. Es mejor la conformidad porque no corrompe. Ni yo soy tuerto ni ellos ciegos. Tenemos un lugar, un contrato que reafirmamos a diario. Nadie aquí quiere morir en la confusión.

Pero sí necesito de una máscara, eso es inconfundible. Mi cara puede traicionarme, generar contradicción entre mi poder y los escurridizos sentimientos que no siempre soy capaz de controlar. Mejor que el resto se acostumbre a algo que puedo controlar. No tienen derecho a conocer mi intimidad, aunque de vez en cuando los engaño fingiendo que muestro un poco de ella, sólo para parecer más humano. En esos momentos se sienten más cercanos a mí. Creen que serán como yo alguna vez.

Pero esa mentira en nada se parece a mi humanidad. Maldito aquel que penetre más allá de lo debido porque entonces empezaría a cuestionarme. Mi poder sólo parecería un mero espantapájaros. Y todos, sensacionalistas, creerían la novedad en un pequeño impulso de liberación. No me verán titubeando ni temiendo. Es mío el poder de mis decisiones, de permanecer impasible frente a las tormentas y de permanecer seguro, aun cuando me desvanezco por dentro. Pero todos ellos, se replican el uno al otro para ser uno mismo. Menuda mentira.

Puedo hacer lo que quiera en la manera que lo considere en tanto sea capaz de reducir la incertidumbre misma de la vida. Si ellos se sienten seguros en el camino que dicto y no sienten que tiembla, seguirán por ahí; lo mismo que sus hijos, nietos, quien sea. Vale más creer que pensar una posibilidad distinta. Y cuando hagan monumentos en mi honor, quedará grabado en letras de oro lo grandioso que fui. Esa será mi inmortalidad, la carne será superficial.

Pero, no. Aún falta ser más grande, llegar más lejos. Alguien decía que somos lo que decimos. Por eso la magnificencia de este discurso frente a la noche y al ruido de la ciudad. Sólo para ver si se volvía realidad, si terminaba erigido como un rey en tiempos de falsas democracias. No como uno decadente envuelto en alcohol sino como una figura grandiosa, de leyenda, heroica. Quisiera escapar de mí con mi propia fuerza.

En el fondo sé que no soy nada de lo que dije, pero bien que compongo. Me gusta mirar desde arriba y pensar que todo es mío, que cualquiera reconoce mi rostro para luego hacer una reverencia. Pensar que en mis manos está la justicia y el destino, que Dios no tiene siquiera el derecho a juzgar mis actos. Soy más que ellos, pero el poder es sólo una ilusión. El barco se hunde pero nadie me da el timón. Y sé que soy el único que debería tomarlo.

Pero mis deseos son sólo polvo esperando a volverse roca. Soy en estos instantes más una sombra que algo material; fuerza oscilando en un vacío donde no puede tocar ni cambiar nada. Sólo es mía mi frustración, mi ira y mis lágrimas. La gente que pasa frente a mí no reconoce mi rostro ni le importa que lleve más de veinte minutos mirando un punto fijo en la lejanía. Les soy ajeno. Y quien no significa algo, se vuelve nada.


Tengo poder, pero nadie lo sabe. Ni siquiera apareció en defensa propia cuando caminaba por las calles contiguas al monumento. Me quedé viéndolo mientras escuchaba en segundo plano una voz amenazante. No hice nada. Sólo sentí un agudo golpe en el vientre y mi rostro barrió el suelo. Me llevé las manos al foco del dolor. Estaba sangrando, ahora era víctima de un asalto. La máscara que decía portar con orgullo se fue con el viento. Me levanté por instantes pero volví a caer. Mordí el pavimento.

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