Sueño de Letras

SUEÑO DE LETRAS


Recuerdo ese día, lo tengo siempre en mi mente. Era abril y salía de la escuela a las dos de la tarde en un viernes cualquiera. El viento soplaba con calma, desvanecía las escasas nubes. Frente a mí estaba esa iglesia pequeña y blanca, de bordes rojos, desierta como siempre. Lo único que me gustaba de ir ahí era subir en una escalera de piedra cercana y mirar el infinito océano, a veces tenue, pero otras, profundamente intenso. Me inspira, alienta, me hace olvidar una vibrante adolescencia que no entiendo.

Pero aquel día algo se sentía distinto. Tenía la extraña necesidad de ir a un lugar que sólo había visto en ocasiones por fuera y que parecía no tener nada de interés. El presentimiento de que me gustaría lo que hay ahí provocó que moviera las piernas, para desviarme del camino a casa por tercera vez en esa semana. No tenía a qué volver temprano. No me apetecía pasármela frente a la computadora esa tarde.

Luego de acercarme a la avenida más cercana, tomé un camión que me llevara a ese lugar, cerca de las afueras de la ciudad. De lejos, según recordaba, parecía un gigantesco terreno baldío. Sabía que tendría que atravesar buena parte de una urbe que crecía más rápido que las plantas, en donde la novedad sólo se encontraba en los imparables avances tecnológicos. Cada vez más gente venía a vivir aquí. La contaminación no paraba, los días se volvían más grises pero nadie parecía tener tiempo para alzar un poco la cabeza y mirar a su alrededor.

Mi ciudad se había caracterizado muchos años antes por tener árboles gigantescos y anchos. Medirlos podía ser la tarea más ociosa del mundo. Pero en esos días ya no eran de un verde frondoso como en los viejos tiempos. Sus troncos se secaron y fueron derruidos por las máquinas. Ahora, en su lugar, se alzaban rascacielos de grandes ventanales como templos del consumo y el capital; fríos, pálidos, inertes e indiferenciados.

Pensaba en muchas cosas mientras iba en el camión; a veces iba aplastado por el flujo de gente y otras libre para moverme en el estrecho pasillo entre los asientos donde la gente dormía en instantes breves para luego despertar en medio de sobresaltos. Los distribuidores viales lucían gigantescos, oscurecían las calles. Las conversaciones se perdían entre los ruidos mecánicos. Por la ventana veía a muchas personas, y ellas a mí. Tenían el rostro triste, ojeroso, cansado. Vivían frustrados en silencio, dando pisadas con desconsuelo. A veces desearía residir en otro lugar.

Luego de distinguir esos muros de concreto grafiteados a un costado de la avenida, descendí del camión. El terreno se extendía hasta la intersección con un bulevar y medía unos doscientos metros de largo. Nadie parecía prestarle atención a ese lugar. La gente pasaba y continuaba con sus vidas como en cualquier otro día. Quizás no había quién supiera qué era ese lugar ni cuál era su pasado. En esa ciudad no había tiempo para pensarlo.

Luego de pasar unos minutos buscando una entrada, encontré una vieja tabla enorme cubriendo parte de un costado y con algunos agujeros. Era lo suficientemente pequeño para escabullirme por uno de ellos. Mi corazón latía con fuerza, tenía algo de temor pero era más grande la curiosidad. Salí a un pasadizo oscuro y húmedo de concreto. Pisaba algunos charcos de lodo. Sólo alcanzaba a ver un pedacito de luz de día en uno de los extremos. Me guiaba por mis manos, confiaba en no caer.

Luego de un par de minutos, descubrí que había valido la pena el viaje. Era un lugar extenso y silencioso, cubierto con grandes pastizales de medio metro de altura, arroyos pequeños cruzados por puentes, y árboles de troncos y follajes caprichosos. Había aves, pero su canto era extraño. Al observarlas volar o saltar entre las ramas notaba que sus rostros parecían hasta humanos. No había visto antes animales así. El color del cielo cambiaba rápidamente; en escasos minutos se hacía más claro y en otras un poco más oscuro. Las nubes eran ligeramente transparentes, formaban complicadas espirales con un viento escaso.
Todo era enigmático ahí. Mis pasos se sentían livianos, mis miradas a todo ese entorno misterioso no parecían indiscretas. Sentía que aún como visitante extraño pertenecía ahí, de alguna forma. Al tocar los pastizales sentía las hojas heladas y me cubría las manos de rocío, algo inusual para estar en plena tarde calurosa.

La extraña magia del lugar apareció con más fuerza conforme pasaba el tiempo. El aire cambió, se sentía más profundo y transparente. De pronto, ya no estaba solo. Frente a mí, surgidas de la nada, aparecieron varias escenas, como si fueran representaciones perdidas de teatro. Me asusté y caminé hacia atrás hasta chocar con un árbol. Me agarré con fuerza al tronco mientras veía lo que pasaba. Reconocía algunos personajes que interactuaban entre sí sin prestarme la menor importancia.

Dentro del pastizal, el escenario cambiaba con facilidad, de selvas a montañas en pequeños espacios. Era un éxtasis visual, mis ojos no podían concentrarse en mirar una sola cosa. Había cosas que creía haber visto en alguna parte antes, pero otras parecían salidas de algún sitio desconocido. No entendía porque me parecía tan familiar, era como si viera una página escrita con letras que no podía leer.

Aún tenía problemas para entender lo que pasaba. Caminé un poco y las visiones se seguían reproduciendo según mis pasos, a veces se intensificaban; se volvían grandes o pequeñas según aumentaba mi emoción y temor. Me aproximé a uno de los bordes del terreno, cerca de donde pasaba uno de los riachuelos. Miré el pequeño puente de piedra que lo cruzaba. En el centro tenía un símbolo elaborado y gótico, con dos letras en el centro: “IR”. Traté de grabarlo en mi mente, sentía como si me perteneciera.

Al mirar al cielo unos minutos después, las nubes desaparecieron. En su lugar, con delgados bordes oscuros aparecían letras que se movían al compás del viento para formar palabras, y esas formaban versos o líneas que construían poemas o fragmentos diminutos. Seguí su movimiento y los leí. Algunos eran muy hermosos, otros misteriosos, cómicos, crueles, tétricos, sabios o de una fuerza impresionante. Ahora lo entendía. Eran pequeños trozos de literatura, de cuentos, poemas y novelas que alguna vez había leído, pero otros eran totalmente desconocidos.

Distinguía que la mayoría de ellas eran de países cercanos, pero otros venían de tierras muy lejanas. No veía los nombres de los autores de esas líneas pero los recordaba de mis interminables horas de lectura. Parecía que en ese lugar podía apreciar de manera clara sensaciones y sentimientos que escapaban de mí, que se conectaban con mi interior y que despertaban dimensiones nunca imaginadas. Era un espacio para conectar realidades distantes, mundos caprichosos.

Mi fortuna era estar ahí mirando todo ese espectáculo. Pero aún en el caos de escenas con fragmentos literarios apareció el orden. Sentí presencias más fuertes. Eran hombres y mujeres, de rostros cansados pero apasionados, con la creatividad brillando en sus ojos, las manos curiosas y ágiles. Todos eran muy distintos. Se reconocían entre sí, algunos parecían amigos pero otros se evitaban. Sus voces resonaban como gigantescos tambores viejos. Cuando cerraban los ojos por varios segundos, más palabras aparecían en el cielo.

Pero no eran personas vivas, parecían más bien fantasmas que se movían sin limitante alguna. Sus rostros eran conocidos, sus facciones inolvidables, plasmadas en viejas fotografías y descripciones ociosas. Eran escritores, de cualquier género posible, creadores de mucho de lo que había visto. El pastizal era el espacio para materializar sus creaciones, las palabras surgían en el cielo como un lienzo eterno en consecuencia.

Al acercarme con ellos, pude dialogar cómodamente. Algunos vestían ropas solemnes, otros más sencillas. Sé que me veían diminuto, pero como alguien que no era ajeno a ese paraje surreal. Escucharlos era como leer sin perder el hilo. Aún los nombro y mi voz tiembla de pensar que fue real. Ahí estaban Gabriel García Márquez, José Emilio Pacheco, Mario Benedetti, Efraín Huerta, Antón Chéjov, Josefina Vicens, J.R.R. Tolkien, Juan Rulfo y muchos otros más.

Rulfo, de rostro impasible y movimientos silenciosos me mostró más del lugar sin decirme muchas palabras. Observé cómo creaba en instantes sus visiones fantásticas de pueblos desolados y silencios apabullantes. Me costaba entenderlo, la forma en que su imaginación articulaba historias únicas. Al final, todo era cuestión de dejarse llevar, de participar en el juego de imaginar.

Me mostró un último lugar: un gran árbol de tronco enorme que irradiaba luces de todos los colores imaginables, como si absorbiera la luz y la escupiera con infinitas posibilidades. Las visiones parecían conectarse ahí, formar parte de un todo que no alcanzaba a entender. Incluso sentí que mis pensamientos se conectaban con ese lugar, que parecía un centro de creatividad e imaginación. Él me dejó solo ahí luego de unos minutos.

Entendí después de contemplarlo que todo escritor estaba conectado a ese lugar de alguna forma. Y si yo estaba ahí, era porque quizás me acababa de convertir en uno. Todas esas visiones que no había visto antes no estaban en ningún libro…porque eran mías. Mi tarea era darles sentido, volverlas palabras para que aparecieran en ese lienzo eterno. Se necesitarían quizás muchas vidas para acabar de entender todo lo que provenía de ese árbol que extendía sus raíces hasta el horizonte mismo.

La noche llegó. Sentí que debía irme, ya habría oportunidad de explorar a detalle la oscuridad. Pero ya no era el mismo. Salí por donde entré, y volví a contemplar mi caótica ciudad. No sabría si podría volver a ese lugar o si encontraría la ficción en mi propia vida. Por la cabeza me rebotaba el pensamiento de que tendría que esforzarme mucho más para quedarme eternamente en ese lugar fuera de la realidad, que trascendía y superaba el tiempo. Ese al que ahora comenzaba a tenerle amor.
*  *  *
Hoy, años después de recordar esta experiencia que casi no me atrevo a contarle a nadie, entiendo más del sentido de todo lo que vi. Esos seres humanos en esa tierra que superaba todo límite eran dioses. Jugaban a serlo. Creaban a su antojo, podían ser buenos o malos con sus creaciones, pero eso al final no importaba. Lo trascendente era generar existencia y nuevos mundos. Eran extraordinarios. Escribir es un acto de libertad y liberación. Y en la utopía de ser creador sólo me pertenecen dos cosas: mi ficción y mis palabras. No necesito más.

*  *  *
Cuento inspirado y escrito a partir de un sueño en abril de 2011, casi como profecía de lo que vendría después en mi vida. Reconstruido cinco años y medio después. Publicado originalmente en mi blog anterior (El Blog de Ethan) como un intento de cambiar el giro de mis publicaciones y a manera de aventura literaria. Después de la reconstrucción puedo decir que es una metáfora del concepto que tengo de la literatura y la ficción misma, en relación con mi propia actividad creativa. Es un encuentro y a la vez un agradecimiento.

“Estoy realmente emocionado y sorprendido de que el tiempo haya pasado tan rápido. Desde que empecé este proyecto en julio de 2013 tenía la idea de mantener un espacio para la expresión literaria de mis ideas. He plasmado aquí 86 historias diferentes, tres de ellas en varias partes (Un Destino Perdido, Dafne Montúfar y Scylla). He puesto mi mente, corazón y vida en este proyecto que quizás no alimente mi bolsillo (aún), pero sí mi alma.

Como creador estoy realmente orgulloso de lo que he hecho porque es algo que me apasiona y amo realmente. Pero también estoy sumamente agradecido con ustedes que me han seguido todo ese tiempo, algunos desde hace años. Desde abril del año pasado, con un breve intervalo de tres semanas, no he parado de escribir semana tras semana. De pasar de que ni mi ex novia me leyera he alcanzado cientos de visitas al mes, y hasta hoy siete mil y contando. Si bien no soy un escritor complaciente, pienso en ustedes cuando escribo. Incluso varios han inspirado algunos personajes sin que se den cuenta.

He oído comentarios acerca de lo mal que está la literatura en México en la actualidad, a falta de una generación dorada como décadas atrás. No coincido con eso. Pero lejos de las discusiones que podría conllevar ese tema, afirmo que estoy trabajando cada vez más duro en ofrecer historias de calidad que no sólo entretengan sino que los hagan vibrar. Ya no es sólo acerca de “explosiones idealistas” en el sentido literal de la palabra. Cada vez trabajo con temáticas diversas y formas narrativas distintas con el fin de alcanzar la versatilidad.

Escribir para mí no es un hobby. Pensar eso es poca cosa. Esto es una cuestión de amor a la palabra, a la ficción y a las posibilidades que ofrecen las letras. La inspiración sigue. Para finales de año llevaré esto más lejos, a nuevas plataformas para alcanzar mayor difusión además de generar una mayor vinculación con mi trabajo fotográfico. Sí, se viene en grande lo que sigue. Que fluya la tinta.


Ethan Calva: Īsan Rokr”


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