Cangrejos
CANGREJOS
Anoche soñé que era un
cangrejo. Lo supe cuando alcé mis tenazas relucientes y me contemplé en un
pequeño charco marino sobre la arena de una pequeña playa. Después pude
contemplar una vista desde arriba, como si un ave me compartiera su vista. La
parte superior de mi coraza era blanca, pero los costados de colores naranja y
azul intensos. Caminaba de lado o hacia atrás con gran facilidad. Las olas
alcanzaban a mojar mis patas mientras me dirigía a unas rocas cercanas.
La playa frente a mí
lucía inmensa y mi destino se veía distante. El sonido del océano era
estruendoso pero tan vital como el aire. En lugar de mis pensamientos humanos
habituales y confusos, por mi mente sólo transcurrían escenas mínimas, ideas
claras, la sensación del hambre y el instinto de donde saciarla. Olvidé mi
nombre por instantes, porque eso dejó de importar. A lo lejos veía a otros de
mi especie, con un andar más acelerado que el mío. Me miraban con indiferencia.
Cuando me acerqué a las
rocas y empecé a trepar por los pequeños huecos pensé en la infinidad del
mundo, y en mi pequeñez, pero no sentí temor. Sentí el impulso de esconderme
cuando unas gaviotas sobrevolaron arriba de mí. Choqué contra las rocas muchas
veces, pero mi coraza provocaba que no sintiera nada en lo absoluto. Si los
humanos buscaban rocas para sentirse seguros, aquella vez yo mismo era el
guijarro que me protegía.
Desde la altura de una
de las rocas vi a otros cangrejos, unos más pequeños y otros más grandes. Los
primeros eran escurridizos, ágiles, iban de un lado para otro en un vaivén
interminable; los otros eran más agresivos, altivos, orgullosos, como
boxeadores en guardia o con los puños arriba. Hacían sonar sus tenazas y no
tenían miedo de ocultar su presencia. Yo no pertenecía a ninguno de los dos,
pero quise bajar con ellos.
Lo que me detuvo fue
una gigantesca ola que rugió contra las rocas y levantó una cresta que voló en
todas direcciones. Los cangrejos de abajo terminaron volteados boca arriba,
pero se pusieron en pie pronto. Unos pocos desafortunados quedaron atorados en
las rocas. Dispuestos a vivir y confiados de su propia naturaleza, se
arrancaron una extremidad para poder escapar. Sabían que les crecería otra,
pero deambulaban con una profunda tristeza; de cuando en cuando volteaban a ver
el miembro abandonado.
El sonido de la ola,
resoplido y estruendo a la vez, me dejó desconcertado pero fascinado a la vez;
sentí que toda la tierra tembló por unos segundos, pero que después el flujo de
la vida y los días incontables de los cangrejos seguían. Miré las corrientes
yendo presurosas debajo de mí. Vi pequeños bancos de pececillos a expensas de
la corriente, cerca de los erizos de mar, retozando felizmente en su prisión
voluntaria, pegados a la roca.
Imaginé monstruos
también entre esas aguas poco profundas. Pensé en anguilas gigantescas que
saldrían de entre las olas para devorarme como bocadillo de almuerzo y por eso
me ocultaba con mayor facilidad. Pero luego recordé de nuevo esa coraza que
tenía, la facilidad para pasar desapercibido y la falta de ociosidad en los
depredadores. Cualquier humano con una armadura de crustáceo así dejaría de
temer por minucias, amedrentaría al miedo mismo.
A pesar de haber
encontrado algo de alimento entre las rocas, preferí descender a la arena de
nuevo porque aún tenía hambre. Pensaba que las olas podrían haber traído algo
interesante, quizás algún pececillo bobo que se acercó demasiado a la costa.
Mientras tanto sentí mi
interior viscoso y débil chocar contra la coraza. Sabía que esa parte me hacía
vulnerable pero que nadie tenía por qué verla. La vida en abundancia era algo
tan bueno que había que mantenerse vivo cada día, de la forma que fuera. Mi
interior era mío, al menos hasta que se pudriera dentro del caparazón.
Luego de deambular por
la arena un rato noté que muchos otros como yo andaban como hormigas en torno
de algo desconocido. Pensé en que habían encontrado alguna presa grande. Me
acerqué a ellos con la intención de pasar desapercibido y saciar mi hambre.
Luego de chocar varias veces llegué a la carne, pero me era extrañamente
familiar. Lo primero que toque fue piel humana. Al aproximarme sobre el pecho
de aquel ser noté una peculiaridad: era mi propio cuerpo de hombre.
Mis pensamientos de
cangrejo desaparecieron para volver a lo humano por unos instantes. Me vi ahí
como un náufrago desaliñado que había sucumbido a su intento de llegar a alguna
isla o costa, y el mar, generoso, lo había arrojado a sus habitantes costeños para
que lo devoraran como carroña. Algunas partes del cuerpo ya no estaban y
presentaban algunas mordidas, probablemente de tiburones. Recorrí más de mi
cuerpo mientras el festín de los crustáceos proseguía.
Me contemplé a detalle,
con la extraña belleza que implicaba la muerte y el regreso a ser polvo vital,
que algún día habría de formar parte de otro ser. Incluso, tentado por el
instinto, tomé un poco de esa carne entre mis tenazas y la probé. Sabía muy
bien y mis entrañas débiles parecieron volverse fuertes por unos instantes.
Otros carroñeros aún no deambulaban por la zona, así que tenía todo el tiempo
para saciarme.
Conforme más comía,
sentía que me volvía más grande. La sangre fluía y se difuminaba cuando
llegaban las olas suaves a llevarse lo que desechábamos. Cuando me harté de
comer, llegaron más cangrejos. El Sol continuaba su recorrido diario. Pasaron
varias horas y mi cuerpo humano fue desapareciendo entre la arena. Los
zopilotes llegaron tarde, sólo para llevarse lo que quedaba del cuerpo en escasos
minutos. Los huesos permanecieron, pero parecieron disolverse con una fuerte
corriente de aire.
Aún como cangrejo
contemplé el atardecer, después de haber cavado un hoyo entre la arena para
esconderme. Me quedé inmóvil mirando los colores del cielo sin pensar nada en
especial. Me interrumpió un golpe en mi coraza. Me di la vuelta con rapidez y
era otro cangrejo. Alcancé a sostener una de sus patas con una de mis tenazas.
Lo hice tan fuerte como pude pero no se doblegaba. Después sentí que tenía pulgares
de nuevo y el sueño terminó.
Desperté con los dedos
separados como tenazas, con el cuerpo duro y con un espantoso dolor en la
espalda. Ya no escuché las olas, sólo el ruido de la autopista cercana. Me
acerqué a mi refrigerador porque tenía hambre. No pude abrirlo hasta después de
un rato, porque la puerta estaba trabada con algo. Cuando lo logré, un montón
de cangrejos negros apilados cayeron hacia mí. Sentí mi carne mordisqueada otra
vez.

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