Daimón
DAIMÓN
Dicen que la paz llega
cuando uno es capaz de escucharse a sí mismo sin sentir temor o ganas de
censurar los pensamientos propios. Al fin me ha ocurrido a mí, después de esos
meses y años de incertidumbres, de ansiedad permanente y apatía generalizada
frente a una vida que no entendía. Todo eso terminó. A mis pocos o muchos 18
años, me siento pleno. Estoy sentado en el metro, sin compañero a mi lado,
pensando en qué haré al llegar a casa. Tengo sueño, pero creo poder resistirlo.
Leí alguna vez que
Sócrates tenía un demonio personal con quien dialogaba y le servía de
inspiración en ocasiones, en momentos de soledad. Era un compañero intangible
que iba y venía a capricho propio o del filósofo mismo. Al pensar en él, lo
imagino como un hombrecillo diminuto, transparente, de rostro escéptico y voz
aguda que camina por todas partes sin rumbo fijo mientras pronuncia discursos
que parecen interminables. No sé por qué lo recuerdo, mi mente suele divagar.
Después de unos
minutos, el sueño finalmente me derrota. Cierro los ojos, mi cabeza se inclina
hacia adelante y me arrullo con el inestable pero familiar movimiento del metro
circulando. Escucho, como si estuvieran distantes, a los escandalosos
vendedores y personas que platican alrededor. Ya no deseo despertar sino
recargarme en algún lugar, sin importar qué tan lejos llegue. Pero mi voluntad
es más fuerte.
Al abrir los ojos
minutos más tarde siento que alguien está al lado mío, sentado y con una
respiración fuerte pero relajada. Al voltear a ver siento un escalofrío. No es
una persona…creo. Sólo es un ser sin forma definida, de contornos oscuros
cambiantes, que permanece inmóvil. No tiene rostro, ni manos, ni mirada. Parece
una mancha gigantesca que sale del asiento. Los demás no parecen verlo o no les
importa. Mi primer instinto es pararme, pero el vagón está tan lleno que es
imposible estar parado en algún lugar.
“No es nadie, sólo soy
yo” me dice, con una voz profunda salida de su interior porque tampoco tiene
boca. Lo miro aterrado todavía, pero no me dice más. El tren se detiene en un
punto entre estación y estación, como todos los días. Ya todos sabemos que es
probable que lleguemos a una hora indefinida. Mis temores acerca de este ser
incrementan y se vuelven desesperantes mientras veo correr los minutos. Pero
parece inofensivo. En un intento de acomodarme en mi asiento, lo toco
ligeramente. No recibo una descarga eléctrica mortal. Sólo siento un vacío
seco, sin aire o calor. Mi mano está intacta.
Aburrido, con la
batería de mi celular por acabarse y con los pasajeros en un estado iracundo,
decido empezar algo que ni yo mismo entiendo. Le cuento a este ser extraño
acerca de mi día, de mi felicidad por estar en una nueva escuela en la que haré
todos mis sueños realidad, de mis compañeros que no son tan diferentes a mí, de
la nostalgia por los amigos que dejé atrás y de que en unos años estaré donde
quiera.
Él emite un sonido
parecido a una risa, me pide que le cuente más. Entonces le describo la
escuela, gris en apariencia pero de pensamiento crítico brillante, bordeada por
matorrales y roca volcánica, un oasis de consciencia entre el páramo apático de
la ciudad. Le cuento de los de mi grupo, que en su mayoría parecen inteligentes
y sólo unos cuantos parecen bobos; de que hay algunas chicas lindas y de que no
me desagrada parecer un bicho raro en ese lugar.
Su respuesta tarda esta
vez, pero finalmente asiente. Después me pregunta: “¿Y lo demás?” Le pregunto a
qué se refiere, sólo se encoge de hombros. Le cuento entonces de que las
relaciones con mi familia llevan mucho tiempo en paz, de que me deshice de los
parientes insoportables y que me ganaré mi lugar poco a poco. Pienso en hablar
del amor también. Le digo entonces que soy feliz con mi novia, sonrío como
idiota y digo que siento que estaremos juntos para siempre.
Después de que digo
eso, se produce un silencio. El ser parece volverse más grande, se extiende
hacia un costado y parece que derribará a las personas que permanecen apretadas
en el vagón. Pero se detiene milímetros antes. Suspira, se mueve de un lado a
otro como si negara y emite un aroma a horno quemado en Navidad. Se dirige
hacia mí: “Idiota. Soy tu propio demonio. ¿Qué harás ahora?”.
Mi primer pensamiento
es que va a querer destruirme de alguna forma. Mi mente divaga hasta los
cuentos fantásticos o cristianos de los demonios vencidos por espadas mágicas o
luces brillantísimas para que el bien triunfara al fin. Pero yo no soy nada de
eso. Creo en lo intangible. Regresa la ansiedad, no sé qué responder. Quiero
huir, saltar por la ventana del tren a una muerte segura. “Reacciona, sé un
humano. ¿Realmente te crees lo que estás diciendo?” me dice mi demonio, en tono
burlón.
Respondo con una
afirmación iracunda. Él me pide que me calme, que piense: “Dices mucho de lo
que serás, pero poco de lo eres. Tu presente es frágil. Caminas sobre el vidrio
mientras piensas que es mármol”. No sé muy bien qué responderle, más allá de
que estoy seguro de lo que soy. Él imita el sonido del tiempo, primero al ritmo
de los segundos mismos, pero lo acelera hasta que se vuelve insoportable. “¡Mi
tiempo es mío!” le grito furioso. Los demás pasajeros me miran, pero después
vuelven a su frustración.
“No es tuyo. Nada de
esto lo es. Ni siquiera yo, porque puedo escapar o aparecerme cuando quiera, de
ahora en adelante. En cada deseo o decepción tuya estaré. Te cuestionaré, te
daré ideas, lo que sea. Sólo te digo una cosa. La esfera en la que vives está
por morir. Y tú la matarás” me dice, y continua por quince minutos más. Mi
demonio me intriga. No me tienta a nada, pero pone todas las cosas en el fuego
y de ahí pasan a mis manos. El horizonte luce más lejano, la línea divisoria
que había marcado antes se pierde con facilidad.
El tren finalmente
avanza y mi demonio desaparece. A mi lado se sienta otra persona que no deja de
mirar su celular. Por contagio, saco el mío. Miro unas fotos de hace escasos
meses, las siento distantes. Al contemplar mi reflejo en la pantalla veo una
extraña melancolía en mi rostro. Intento aferrarme a algunos recuerdos, pero me
cuesta trabajo. Pienso en la palabra “siempre”, pero se desvanece con mucha
felicidad.
Quisiera maldecir a mi
demonio, pero a la vez agradezco su presencia en mis pensamientos. Bajo en la
estación que debo y cruzo a toda velocidad los pasillos y escaleras para llegar
al camión que me dejará en casa. Quiero volver a mi habitación, escuchar música
y pensar en lo que tenga que pensar. Quizás todo vuelva a ser como antes en
esos momentos, o tal vez mañana.
Cuando por fin salgo de
los torniquetes sigo caminando con rapidez, pero distingo a alguien a unos
cuantos metros. Me es muy familiar, creo conocerla. Es una chica de cabello
largo y lentes que está sentada en el suelo, recargada en uno de los bordes de
la estación y que sonreía hasta que me miró fijamente. Tengo el impulso de ir
hacia ella, pero decido no hacerlo…debe ser demasiado bueno para ser real. Sigo
con mis pasos acelerados. Ella era bonita, lucía curiosa. La duda se queda en
mi mente. “¿Cómo habrá de ser todo después?” pienso. No lo sé. Ni siquiera sé
si habré de recordar este día en un futuro. Quizás el mañana no sea mío.

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