Contrapunto
CONTRAPUNTO
Miranda
Darío piensa demasiado
en dar la explicación correcta o más próxima a la verdad a la pregunta que le
acaban de hacer, pero divaga. Imagina algunas posibilidades, todas ridículas.
Observa al horizonte cercano, el gigantesco palacio blanco que se encuentra al
otro extremo del parque central de la ciudad, aquel que ha visitado tantas
veces en distintos momentos, solo o acompañado. La gente camina con ritmo
presuroso, los vendedores buscan clientes potenciales entre las parejitas ahí
sentadas, al bullicio de las voces le acompaña el de las fuentes que emergen
del suelo.
Siempre ha sido
complicado para él explicar cómo conoció a Miranda; quizás porque es tan
inusual y circunstancial que parece difícil de creer. Incluso su escepticismo
acerca de la existencia del destino disminuyó con el tiempo. No recuerda la
fecha exacta pero habían pasado al menos cuatro años. Él, por curiosidad, había
perseguido un gato pardo entre los callejones de una colonia desconocida,
después de haber vuelto de una cita infructuosa. Lo hizo sin entender muy bien
el motivo, dado que él sentía desagrado por esos felinos mimados.
Cuando por fin lo había
alcanzado al lado de la entrada de una casa y le estaba dando un pedazo de
jamón de un sándwich ignorado, Miranda abrió la puerta y empujó con fuerza un
bote de basura con ruedas sin mirar que había enfrente. El resultado fue que el
gato saliera disparado y arañara en escasos segundos a ambos, para después
huir. Darío no fue capaz de reclamar ni ella de pedir disculpas. Sólo se
quedaron mirando al otro y rieron. Él se atrevió, con todo y un cumplido, a
pedirle su teléfono.
Ninguno de los dos vio
al gato de nuevo. Esa no era la casa de Miranda, sino de una de sus tías. Los
dos estaban en plena adolescencia turbulenta. No se volvieron a ver hasta
cierto encuentro ocasional en el metro. Se mandaban mensajes cada que querían:
un mes sí y dos no. Se escribían a finales de año, como si se vieran
cotidianamente. Darío siempre la tuvo presente sin saber por qué, aún a pesar
de la cantidad de cosas que pasaron esos años.
Luego de recapitular
todo eso en escasos segundos, Darío atina a decir, sin pensar: “La conocí por
un gato…digo, por un amigo”. Él mismo se ríe de su estupidez y la respuesta es
una mirada incrédula. Al final cree que no importa tanto cómo empezó todo sino
lo que ocurrió después.
Más que una romántica
historia empezada en una fiesta, en un salón de clases o en un cursillo
dominguero, la suya era de algo que perduró debajo del agua por mucho tiempo
sin disolverse y que emergió en el momento adecuado; aquel de una tarde otoño
naciente y lluviosa de un miércoles en que salieron sin motivo aparente, sólo
por encontrarse de nuevo.
Darío recuerda
sonriendo el encuentro después de los años, donde los dos lucían distintos en
forma pero con la misma esencia. Él pasó de la seriedad fría y distante a las
risas mientras diluviaba afuera de la cafetería donde estaban; mientras,
conversaban de cualquier cosa. De regreso a su casa, sorprendido de sus propios
pensamientos, supo que aquella tarde sería determinante. Se sintió muy atraído
por ella, pero evitó hacerse ilusiones.
Describir a Miranda era
una de las cosas que más le agradan, incluso explica con sus manos aquello que
sus palabras no pueden. Era delgada, más pequeña que él, con un cabello corto
rojizo que deseaba ver crecer, ojos curiosos cubiertos por unos grandes lentes,
labios suaves que dejaban salir risas interminables, una voz que desvanecía sus
pensamientos y una personalidad tierna, compleja y cómica al mismo tiempo. Ella
siempre le intrigaba y despertaba su curiosidad.
Ella es fotógrafa, pero
nunca lo había fotografiado. Darío se decía escritor y apenas había podido
escribir unos párrafos sobre ella. Compartían algunas cosas, pero eran
diferentes en muchas otras. El romance nació con el paso de un tiempo que era
breve pero parecía más largo; los días eran como semanas, los meses a veces
parecían años, las horas se iban rápido, pero al recordarlas parecían
eternidades. Él no quiso que esas emociones y delirios redescubiertos se
consumieran en lo efímero. Ella tampoco. Hasta ese momento lo habían logrado.
Ambos eran una mezcla
de intensidad y sutilezas. Cuidadosos de detalles mínimos pero distraídos en
muchas ocasiones. Las distancias se hicieron cortas, las añoranzas largas. Todo
cansancio se volvió superficial con ayuda del café, la cerveza, besos
inesperados u otros prolongados por más tiempo del imaginado. Sus pieles
desprendían chispas invisibles al encontrarse, en la luz o en la oscuridad. Los
rostros se ruborizaron cientos de veces. Los aromas se volvían recuerdos
inagotables. Ideas o conversaciones no faltaban, tampoco lugares donde pasar
las tardes.
Él escuchaba voces
inquietas en su cabeza en esos momentos con frecuencia: todo había venido de
forma tan inesperada, como la nieve en Sahara. Y todo parecía demasiado bueno
para ser cierto, pero lo era. En muchas ocasiones a su lado, él se olvidaba de
las cosas, de los segundos y sus pensamientos. El amor le parecía un trinomio
extraño entre vida, muerte y tiempo donde su propia humanidad estaba en el
centro. Miranda estaba ahí flotando en esa conexión existencial compleja. Pero
ese no era un problema. Ambos estaban donde querían estar, lo habían dicho
muchas veces.
Darío respondía con
lujo de detalles las nuevas preguntas que le hacían, pero sabía que las
explicaciones largas y difíciles eran para Miranda y su curiosidad. Él la
escuchaba con mayor atención de la usual. Después de escucharla mencionar la
música chilena un número indefinido de veces, le regaló un pin chileno que
había comprado en una feria. Él mismo se sorprendía haciendo cosas a las que se
habría negado antes. Había descubierto que los vacíos felices existían: eso
sentía al verla irse y volver a casa.
Todo perduraba como la
lluvia en Macondo y las películas de finales abiertos. Los recuerdos se
acumulaban como una tira interminable de negativos: algunos desaparecían al
entrar en contacto con la luz, pero otros se volvían sublimes. La historia se
reinventaba a sí misma. El amor no tenía por qué ser como decían los otros si
ellos eran capaces de entenderse sin mediar palabra alguna. La espontaneidad
fluía entre las venas, el deseo se multiplicaba en la piel y el pensamiento.
“Sólo quiero estar con
ella” dijo Darío, llegando a la misma conclusión que todos los días, ya sin
temor a decirlo. La quería con sus imperfecciones y misterios, su ideal había
sido rebasado, su ficción superada. Eso era lo que importaba. Daba lo mismo si
tenía que conversar consigo mismo mientras tomaba un café después de leer buena
parte de un libro con tal de esperarla. Aquel día, Miranda iba tarde, como
muchas otras veces. Ella llegaría sin correr hacia él, pero feliz de verlo. Como
un par de melodías, se habían encontrado en un contrapunto que ambos creaban
instante por instante. Los días y las noches estaban abiertas en par para
ellos, como un lienzo interminable.

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