Amargura
AMARGURA
Desperté con una sensación extraña en la boca, como si
la tierra mojada por las lluvias recientes hubiera brotado entre mis dientes.
Es un sabor de café de velorio cuajado, negro como el petróleo. Abrí los ojos
con dificultad. Pensé en que no me había lavado los dientes la noche anterior,
pero eso importa un carajo porque desde hace varios meses perdí el hábito
rutinario de hacerlo. Debe ser otra cosa. El sabor es uno: amargo. Tengo que ir
a trabajar.
La amargura es penetrante, llega hasta los huesos y
más allá. Provoca que se abran los poros en todas partes para dejar salir un
vapor extraño que confunde a la mente y la deja en un estado de
ensimismamiento, insatisfacción y grandilocuencia, donde esas cosas que
deberían provocar alegría o entusiasmo parecen absurdas, inútiles y a veces
hasta inexistentes. Las otras personas perciben ese aroma, terminan por
alejarse.
Mi trabajo es pequeño, aún si trato de verlo grande.
Soy conductor de un transporte matutino, que ni siquiera es mío. Se lo rento al
dueño, que no desea despertar temprano y me permite conducirlo con un porcentaje
de los ingresos, que suelen ser aceptables. Desde que se dispararon las tarifas
gracias a los sindicatos podemos obtener más dinero, aún después de dar las
correspondientes mochadas a la ruta y al gobierno. A veces quisiera tener un
turno completo, pero no es posible por el momento. Me conformo con tener para
tragar. Sólo es un rato.
Cada mañana doy casi diez vueltas de los barrios
altos, ubicados al borde de las barrancas, hasta la estación de metro más
cercana. Siempre el camión va lleno de gente, desde la base hasta el final y
van por lo menos cinco personas en el estribo. El camino es intrincado, con
baches, topes y tráfico. Escucho mi música alto, para que las conversaciones de
los pasajeros queden en segundo plano. Al principio la tenía en volumen bajo,
pero me hartaba toda la mierda que decían.
Incluso al principio escuchaba algo de blues o rock
clásico, pero terminé por sucumbir al placer culposo de las estaciones de
música grupera, que usan mis otros compañeros de ruta. La música es terrible,
pero son entretenidas. Siempre que las escucho me pregunto cómo es que la gente
es capaz de hacer el ridículo de esa forma. Me pregunto si están drogados o si
sólo son tontos voluntarios por el cuantioso dinero que esas transmisiones
generan.
Me importa un carajo si me dan los buenos días o no.
La gente ya casi no lo hace en estos días, y he pensado en que sólo es algo
completamente inútil. Esta mañana de lunes de “puente” hay poca gente. Los
condenados niños no van a clases, sus padres no estorban con sus mochilas
gigantescas. Sólo van a partirse la espalda aquellos que no dependen de un
calendario oficial complaciente. Los veo desanimados. Cuando voltean a verme,
desvían la mirada casi al instante. Sé que tengo cara de cabrón, de malhumorado,
de amargado.
Quizás podría tener otro trabajo que no fuera este,
pero las otras opciones me parecían ridículas. No me veía yendo cada día a una
oficina o siendo el gato de alguien. Así, al menos me queda una pizca de libertad.
Pero esa liberación sabe amarga, pesa como una gran piedra, porque sé que me
mantiene lejos, muy lejos de mi sueño: ser un alpinista, orgullo del deporte
nacional, con mi sala decorada con pedacitos de roca de los Himalaya y los Andes.
Lo cierto es que jamás pisé una cima. Me dio mal de montaña en el Popocatépetl.
Cada día se suben un montón de vendedores, ex
convictos sin un mísero peso, migrantes centroamericanos y falsos migrantes,
músicos fallidos o futuros ídolos pop nacionales, para sacarle dinero a los
pasajeros. Los dejo subir cada que me da la gana. Tenemos un desprecio mutuo,
nos toleramos porque es acuerdo de la ruta permitir que existan. Justo ahora
que pienso en ello me hacen la parada un par de payasos. Los dejo entrar,
quiero que jodan un poco a los pasajeros y reírme en mis entrañas.
Me agradecen- “Chido, la banda”-, me guiñan un ojo y
comienzan su pequeño espectáculo. Bromean a la señora que está más cerca, se
burlan del estudiante que va medio dormido recargado en una ventana, piropean a
una chica muy guapa. Los payasos toman un respiro, se miran y ríen. Uno de
ellos pregunta: “¿Y cómo le hacen las vacas?”. El otro imita el sonido. Pasa lo
mismo otras dos veces, con distintos animales. Finalmente, pregunta: “¿Y cómo
le hacen las ratas?”.
Su rostro cambia, lo veo por el espejo. Cada uno saca
una pistola negra, que bien podría ser de juguete, pero que por lo pronto
parece el arma del verdugo. “A ver, no la hagan de a pedo…ya se la saben,
banda, todos tranquilos”. Los pasajeros empiezan a depositar sus pertenencias
en un morral negro. Los cabrones lo hicieron bien, justo en la curva bordeada
por muchos árboles. No me pidieron que detuviera el camión, lo hacen todo en el
movimiento. Sólo me apuntó uno de ellos, me dijo: “Tú manéjale, güey”.
La chica a la que habían piropeado se resiste, se
niega a depositar su iPhone en la bolsa. Uno de ellos corta cartucho, se
escuchan gritos…le apunta en la frente: “¡Dámelo, pendeja, ya!”. Finalmente, lo
suelta y recibe un golpe con la cacha del arma. En ese momento se para un
pasajero, rengueando, con un arma en la mano. Apunta rápido y jala el gatillo.
Pero la pistola se le traba. Uno de ellos está dispuesto a dispararle, pero
opta por derribarlo de una patada y estrellarlo violentamente contra uno de los
tubos del camión. Sangre regada, confusión, terror. Han pasado dos minutos y no
acaba el asalto.
Los patrulleros huevones no andan por aquí a estas
horas, se están echando su atolito. Los asaltantes están por terminar. En sus
rostros se distingue cierto miedo, pero mantienen la cordura a base de gritos y
mentadas de madre. Tienen el poder y eso los tranquiliza. Un carro me rebasa y
para evitar un choque intempestivo doy un volantazo. Uno de ellos cae.
Evito reírme por los nervios. Mientras el caído se
levanta, el otro asaltante va dispuesto a madrearme. Vuelvo a dar un movimiento
brusco y casi pierde el equilibrio. Finalmente, suelta un disparo que da en el
parabrisas. Sus pistolitas no eran de juguete después de todo. Van a matarme, y
luego se largarán entre los callejones infinitos de estas colonias. Quizás
tenga otra opción.
Acelero a tope. Los asaltantes me piden que frene,
amenazan con dispararme. No son tan hábiles para apuntar en el ajetreo, pero se
acercan a mí, están a un costado del parabrisas. Lo tengo decidido, nadie se va
a morir con esto. Doy una vuelta violenta y estampó el camión contra una vieja
cabina de policía abandonada. El choque los hace volar contra el parabrisas.
Otra vez sangre, confusión, gritos, llantos. Los malditos están inconscientes
sobre el cofre del camión. No siento mis piernas, ni mis brazos. El seguro
tiene que pagarlo. Saldré en el periódico. Quizás obtenga otro trabajo y pierda
este sabor amargo.

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