Estigia
ESTIGIA
Anoche
bajé de nuevo al río que transita en las profundidades, en el abismo que se
encuentra debajo de mi casa. Se ha vuelto para mí una rutina de cada madrugada,
de vestirme en silencio para no despertar a mis padres o a mis hermanos y bajar
a explorar ese espacio extraño y desconocido que antes no habría imaginado.
Allá sólo encuentro el silencio, la humedad que a veces parece asfixiante y la
sensación de que lo veo no habrá de durar para el día siguiente.
No
vivimos en una casa en medio del campo o en las profundidades del bosque, sino
en una arteria más de la Ciudad de México. Por lo mismo, nadie me ha creído que
podemos visitar un río subterráneo. “Si lo hubiera, ya se habría caído la casa”
me dijeron en múltiples ocasiones. Les dije que era posible entrar en la noche,
en un estrecho pasadizo que aparecía debajo de la escalera, detrás de esos
archiveros que nadie toca desde hace años.
Me
han hecho creer que es pura alucinación mía. Descubrí la entrada una noche en
la que buscaba desesperadamente unos documentos que habría de ocupar en un
trámite escolar al día siguiente. Lo hice a esa hora porque olvidé buscarlos
con tiempo y porque sabía que si les preguntaba a mis padres dónde estaban a
esas horas, volvería con la cola entre las patas a mi cuarto con un regaño
encolerizado. Así que lo hice por mi cuenta, esperando hallarlos pronto.
Y
ahí estaba el pasadizo, como un hueco surgido entre la pared, húmedo y lleno de
barro. Cuando lo vi, me asusté, quise retroceder. Pero me ganó la curiosidad,
sabía que cabía por ahí y quería saber qué demonios había detrás. Pensé en una
de esas entradas al inframundo de las que había leído en los mitos viejos de
los libros de mi hermano mayor. En realidad, sólo encontré una ladera que
parecía tallada por el viento y el sonido efervescente del agua fluyendo.
Descendí
cuidadosamente. De algo sirvieron los aburridos días con los boy scouts, para
no romperme la cara al bajar por esas rocas resbaladizas con unos siempre
útiles Converse. Era una cavidad de unos veinte metros de ancho, y en la parte
baja fluía un riachuelo. El sonido se proyectaba en un eco interminable. De las
profundidades del agua parecía surgir un sonido melódico extraño, como si la
corriente arrastrara notas musicales.
El
ancho y la profundidad del río no eran de más de un metro. En ratos, las aguas
eran un tanto turbias por la tierra y el lodo; pero en otras, eran cristalinas.
Y cuando era posible ver todo, se movían unas salamandras del tamaño de mi mano
en el fondo. Había unas curiosas rocas de color claro que se desvanecían al
tomarlas con mi mano. El agua era fría, y a ratos formaba pequeños remolinos
sobre la superficie, suficientes para hundir un barquito de papel.
Subí
de vuelta a mi casa, a mi cuarto, a mi espacio conocido. Estaba sudando, y
ahora tenía frío. El interior de la tierra era cálido, sentía el abrazo de las
profundidades. Me tomó un tiempo contarle a mi madre sobre lo que había visto,
y a mis hermanos un poco más. Les pareció una fabulosa idea para una historia,
para presentar un cuento para la clase de Español de la siguiente semana. Me
dijeron que tenía mucha imaginación, que detrás de los archiveros sólo había
ríos…de polvo.
Volví
en otras ocasiones a pasar mis ratos ahí y a explorar más dentro de esa
cavidad. El río venía de un espacio más estrecho y fluía en la dirección que
los autos recorrían mi calle. Una vez me quedé en ese borde un tiempo, y noté
que unos seres extraños, pequeños y modosos iban y venían cargados con sacos
que apenas podían cargar. Me miraron, pero fueron indiferentes. En esos
momentos otra vez quise correr, creyendo que me había topado con seres
demoníacos. Pero me quedé de nuevo. Seguí su camino.
Eran
duendes mineros (o por lo menos así quise verlos). Raspaban en la roca, y se
llevaban el polvo restante a una serie de agujeros a los que ya no podía
entrar. Nunca había visto seres así, de rostros grises, ojos cansados y manos
brillantes, con herramientas tan brillantes como la plata. No quise interactuar
con ellos, quizás me podrían haber hecho algo. Sólo observé su trabajo
constante, de hormigas amplificadas.
En
otra ocasión, quise arrojar un barco de papel al río con una serie de cosas que
había escrito la tarde anterior, producto de una decepción amorosa típica de la
adolescencia. Vi al pedazo de papel partir en la corriente sin hundirse hasta
que se perdió. La tarde siguiente, cuando caminaba por un parque cercano encontré
mi barquito de papel fluyendo en una corriente diminuta sobre el pasto, a un
costado de un moribundo manantial. Lo abrí: estaba húmedo, pero no destruido, el
papel tenía una consistencia más fuerte. Permanecía intacto, salvo con unos
extraños signos que después identifiqué como glifos aztecas.
Pensé,
entonces, que quizás sí había un inframundo debajo y que de ahí provenía el
retorno de mi barquito de papel; que había sido fichado en una ciudad
subterránea secreta a donde llegaba el río, y que los duendes seguramente
provenían de ese lugar. Escribí lo que había pensado, así como un poco de lo
que había visto. Lo dejé en mi cuarto. Mi madre lo encontró poco después:
amenazó con mandarme al psicólogo. Según ella, mis fantasías me tenían sin
dormir, con ojeras constantes y seguramente con un desempeño terrible en la
escuela.
Hace
un rato me quedé dormido mientras comía. En efecto, las visitas recurrentes me
quitaban horas de sueño. Mi madre, enfurecida, fue a mover los archiveros y no
encontró más que un pequeño charco formado en una esquina. Me despertó, me
llevó hasta ahí y me dijo: “Ahí está tu chingado río”. No importó que le dijera
otra vez que sólo se podía acceder en la noche. Quedé en ridículo. En ese
momento empezó a llover fuerte, muy fuerte.
El
viento azotaba contra las ventanas, agitaba los árboles con furia y parecía que
los iba a arrancar de raíz. Pronto el agua comenzó a correr por las calles: el
sonido de la lluvia era ensordecedor. La casa empezó a temblar desde sus
entrañas, el suelo parecía crujir. El charco que había visto mi madre creció
más y más. Al cabo de una hora de tormenta, los archiveros flotaban. Ahora
estoy aquí, desde las escaleras viendo la crecida del río subterráneo de mi
casa, que ahora luce tan caudaloso. Quisiera descender, navegar hasta las
entrañas de la ciudad, encontrar esas aguas extrañas en las que aún flota.

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