Iridiscencia
IRIDISCENCIA
Te veía dormir desde el marco de la ventana. Me
desprendí de ti, de tu abrazo, poco después del amanecer y me quedé en este
pequeño espacio del marco. El cristal estaba empañado, lo cual era extraño para
el calor que ha estado haciendo esos días y para esta cabaña de ladrillos
rojos. Sentía frío en la piel de mi espalda desnuda y más aún de verte ahí,
tranquila entre tus sueños eternos. Estábamos solos, tú en tu mundo de ensueño
y yo en ese despertar insípido de hacía unos minutos.
Ya había pasado todo. Agotamos la noche, hasta el
último momento cuando te quedaste dormida, domada sólo por el cansancio que terminó
por vencer tu sonrisa. Sonreíste mucho toda la noche. En realidad, a veces
reías como una desquiciada mientras yo permanecía delante de ti. Pero sé que no
te burlabas de mí, sino de otra cosa, del mundo tal vez, del aspecto de las
paredes o de la geometría de tus piernas. No lo sé.
Y por alguna razón, ese preciso instante era como la
noche en la que caminábamos por un bulevar infinito en donde desembocaban unos
callejones extraños llenos de casas grises de luces tenues. Pensaba que había
mucho concreto a nuestro alrededor y que de pronto se volvía como un cúmulo de
arenas movedizas que nos absorbía. Salíamos de ahí con una armadura gris, nos
movíamos como gigantes de piedra. Cuando empezaba a correr el viento, nos
destruía. Y entonces sólo flotábamos…reías, y el aire por sí solo sonaba a trompeta de guerra.
Sentí eso al tomar tu mano, y no lo pude recordar con
claridad hasta días después. Le atribuiste todo a una broma mía, a mi ingeniosa imaginación. Pero estuvimos ahí, lo sentí. No sé de qué forma
volvimos a ser carne y hueso. Ya éramos distintos después de eso. Probablemente
algo lo borró de tu memoria, lo sustituyó por otro recuerdo. Pero importaba más
lo que había pasado aquella noche. Porque de esa vez sí estaba seguro de que
jamás lo olvidarías.
Te digo que agotamos la noche porque tu cuerpo asfixió
los segundos. Veía al contorno de tu piel, al volumen de tus músculos como un
templo monocromático en miniatura, iluminado por un perezoso sol veraniego. Tus
piernas eran filas interminables de escaleras en diagonal, que se cruzaban
caprichosamente y tus pies una fila de acueductos que parecía prolongarse hasta
el horizonte.
Tus costados eran como playas ocultas de todo el
mundo, no como Ipanema o Copacabana, sino como algún remanso escondido en el
Océano Pacífico, y tus senos emergían de ahí, como una cordillera que despegara
de las profundidades del mar hasta alcanzar la exuberancia. Tu espalda y tu
torso tenían mil bóvedas y cuartos que Velázquez habría amado pintar; y a
ratos, entre cada centímetro de piel había un estanque que seguro habría
ahogado a cualquier pintor impresionista o a un descuidado Narciso, absorto por
su belleza.
Pero me impresionaba más la fuerza de tu cabeza, el
poder creador y destructor de tus labios, el candor volcánico de tu cuello y
las cataratas que se desprendían de tus oídos, que brotaban del nacimiento de
tu cabello. Me hiciste callar por todo el sonido que emanabas, como suspiros
interestelares. Y tus ojos, como espirales eternas eran la parte final para
mantenerme en un estado supremo de excitación que se sentía como una caída
interminable cruzada por el fulgor de relámpagos que recorrían toda mi piel.
Me sumergía en tu cuerpo y sentía el salpicar de las
olas. Los colores infinitos de tu piel me causaban mareos. De pronto yo también
proyectaba luz. Éramos una iridiscencia que alumbraba toda la madrugada, y no
había más iluminación que la nuestra. Las sábanas se desvanecieron o se fueron
volando tal vez. La cama permaneció como un escenario que de pronto iba a
cambiando, según tus caprichos y se amoldaba como recipiente perfecto de los
delirios.
Hablabas, decías mi nombre. Parecía que sabías lo que
pasaba y no había incertidumbre en ti. Detectabas hábilmente mi sorpresa ante
lo que estaba pasando. Te contraías y te expandías, a ratos te reducías a
formas o líneas. De pronto me decías que parara y de tu boca veía salir nubes
de lluvia. Ignoraba lo que decías, continuaba. De pronto tronaba el cielo y
comenzaba a caer la precipitación. Llovía sobre todo tu cuerpo como en el
desierto de Atacama, bañado cada cincuenta años.
Y el agua producía muchos charcos en las ondulaciones
cóncavas de tu cuerpo. Buceaba en ellos, suspirabas más y el templo de tu
cuerpo parecía ser sacudido por un tremendo terremoto. Pero al final todo
volvía a la calma, el ciclo se repetía en una hélice. Cuando todo terminaba,
parecía que estábamos siendo arrastrados por el viento entre una planicie de
hojas de otoño secas hasta un árbol seco, que permanecía en pie. En él hacíamos
un refugio. Todo volvía a empezar.
Todo eso pasó en la noche, y te veía desde el marco de
la ventana, con toda tu humanidad de vuelta, tu sencillez y la versión
minimizada de tu cuerpo, descansando de las maravillosas expansiones de unos
minutos atrás. Abrí entonces la ventana. Te despertaste, me volteaste a ver.
Salté. Pegaste un grito, pero en realidad se escuchó el sonido de mi cuerpo al
entrar al agua. Salté a la alberca que apenas había construido para nosotros en
la parte trasera de la cabaña. No la notaste, eras muy distraída.
Entonces, no sé porque estamos discutiendo ahora
mismo. No recuerdo haber hecho nada de lo que me estás reclamando, seguro te lo
estás inventando. Tampoco sé porque no me has creído antes, con lo que te dije
que vi. Alzas más la voz, me miras con resentimiento y brotan lágrimas de tus
mejillas. Te abrazo, intentas apartarme. Dices que viste sangre en mis manos,
pero jamás la hubo. Sólo estábamos ahí, haciendo el amor hasta el infinito. No
entiendo cómo funciona tu mente. Te contaría lo que pasó esa noche, una y otra
vez. Deja ya de llamarme psicótico. Escucha.

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