Después del Dolor
DESPUÉS DEL DOLOR
Le llamé a Abel para acordar el punto en el que nos
veríamos para ir a la fiesta de Sandra, y quedamos de vernos en la parada que
está arriba de la panadería, ahí donde la avenida deja de subir, las laderas
terminan y nace una planicie donde sopla el viento del difunto bosque que antes
cubría el lugar. El lugar está cargado de un aire melancólico y he visto a
demasiadas personas llorar en ese lugar sin un motivo aparente, caminando
cabizbajos y con las mejillas húmedas.
No quedamos de vernos ahí por gusto, si no por conveniencia.
La casa de Sandra está a unas cuadras, y probablemente encontremos de camino a
Ernesto, quien se supone también iba a ir. Han pasado muchos meses desde que no
nos vemos las caras. Hubo un tiempo en que éramos inseparables, compartiendo la
ridiculez de nuestra adolescencia y las locuras sin sentido que nos hacían
feliz. Pero en ese entonces eran otros tiempos, ni siquiera la ciudad estaba
así.
Abel no tardó mucho en llegar, y nos quedamos hablando
un momento en la parada de lo que había sido de nuestras últimas semanas, de
las novias, de los aguaceros que dejaban a las calles vueltas arroyos y que se
llevaban todo a su paso, en una purificación constante e infructuosa. Hablamos
también de que los autos se habían vuelto muy baratos y los mecánicos
inusualmente ricos. Nos dimos cuenta también de que la mitad de nuestros
familiares estaban enfermos de algo: si se juntaban sus dolencias, cubriríamos
un cuerpo humano entero.
Eran días extraños aquellos en donde sabíamos que
seguíamos viviendo, que los trabajos y las escuelas continuaban en sus
actividades, que el tráfico continuaba y la música seguía sonando. Pero a todo
le faltaba una alegría vital, un sentido de la espontaneidad y la distracción
rutinaria. Las mismas fiestas salvajes se habían vuelto muy grises. En cierto
punto ya nadie hablaba. Todos se embriagaban en un silencio perezoso sin
catarsis que era interrumpido por pequeños impulsos violentos de algunas
personas hacia otras o hacia sí mismas. Me dijo Ortega una vez que era una
catatonia colectiva. No le creí.
Abel y yo estábamos de acuerdo en que todos parecíamos
estar en un mundo distinto de este, pero que nadie sabía explicar en cuál y que
al despertar la realidad parecía tan muerta que nos mantenía en un estado de
confusión e indiferencia. Pero la fiesta de Sandra representaba una esperanza
en ese pozo de odios callados en el que vivíamos. Después de todo teníamos los
recuerdos de cuando nos entusiasmaban las cosas y si éramos infelices a ratos,
era por inmaduros.
Poco después, tal y como esperábamos, Ernesto pasó por
ahí. Nos miró a los dos, sonrió espontáneamente y rio unos segundos, para
después volver a su gesto taciturno que había mantenido por días. Nos
encaminamos a casa de Sandra, pero él sugirió que tomáramos una desviación
antes, hacia aquellos parajes en donde no habían construido casas todavía y la
ladera permanecía pelada. No supimos para qué, pero él insistió en que sería
interesante, porque de ahí había una gran vista de la ciudad y que podríamos
encontrar cosas de otros años. Fuimos.
-El problema es que no reconocemos nuestra propia
ciudad-comentó Ernesto, mientras caminábamos.
-¿Cómo reconocerla? Si le mataron el alma, y le
reconstruyeron el cuerpo-respondí.
Y era eso lo que realmente había pasado, varios años atrás.
Nosotros vivíamos en estos lugares a las afueras de la capital, y compartíamos
la ciudad con otros tantos millones de personas en un caos rutinario pero
mágico que nos mantenía en una relación de amor-odio con este gran organismo
urbano. Luego vinieron días oscuros, muy oscuros. Lo perdimos todo por un
tiempo. Fuimos refugiados muchos días.
La gente no suele hablar de esto con mucha facilidad porque
le duele, y aún los más hábiles reporteros han sacado pocas palabras de nuestra
gente. Nadie llora al recordar eso: el dolor que sienten es un tanto retorcido,
no se expresa de ninguna forma. Lo puedo decir ahora, sin tanto problema. Luego
del bombardeo de junio nada volvió a ser como antes. Las explosiones, las
columnas de fuego y humo, los gritos, los muertos, los heridos, las alarmas,
los fragmentos de cosas volando por todas partes…son un verdadero pesar.
No hablaba mucho de eso con mis amigos, aunque a
veces, a altas horas de la noche tratábamos de entender qué había pasado.
Dudábamos de si había sido un ataque terrorista premeditado, de si fue un
ataque aéreo de otro país que con misiles quiso combatir nuestra eterna falta
de municiones…no lo sabemos. No se difundió mucha información en ese momento.
Parece que se movieron unas cosas en el extranjero, en Nueva York y Bruselas
días después. La ciudad estaba destruida: los escombros y el humo cubrían toda
la vista.
Una vez Abel me dijo que hubiera preferido que nos
golpeara un terremoto, porque habría sido más fácil salir de él y porque no
tendríamos que buscar desahogar nuestros odios hacia otras personas. No sé si
tiene razón. A los que sobrevivimos al ataque de aquella noche nos llevaron en
camiones a un improvisado campo de refugiados a unos 80 kilómetros de la
ciudad. Fuimos atendidos, cuidados por la Cruz Roja y sabrá Dios cuántas más
organizaciones. Era un espacio pequeño, hacinado, pero vivíamos. Aún entonces
escuchaba a más gente llorar, contar cosas, hablar de las trágicas horas y de
sus familiares o amigos perdidos.
El gobierno recibió mucho apoyo internacional, mucho.
Quizás no nos querían como migrantes y por eso invirtieron en recuperar la
ciudad de todos los escombros. Encontraron muchas cosas que documentaron en
libros que casi nadie ha leído todavía. Reconstruyeron todo en el plazo de dos
años. Nuestras casas, nuestras colonias o barrios no eran nada lujosas.
Reconstruyeron todo cómo estaba, volvieron a motivar la sobrepoblación de la
ciudad en las mismas condiciones que antes, como si vivir así generara
equilibrio.
Volvimos a recorrer nuestras calles resucitadas por
esas manos trabajadoras, contratadas por hombres que se llevaron jugosos
contratos por la reconstrucción. Tuvimos nuestras casas de vuelta, sin muchas
disputas, porque a la gente ya sólo le interesaba tener vivienda de nuevo y al
gobierno dejar de tener lamentables campos de refugiados que absorbieran hasta
la tierra bajo sus pies por el hambre y la sed. Nadie daba muchas
explicaciones. Cuando inauguraron todo, los del gobierno y los contratistas
esperaban una gran fiesta popular. Pero aquella tarde llovió. Y todos fueron a
sus casas reconstruidas, a mirarse los unos a los otros. Nadie volvió a llorar
desde entonces.
No sé todavía porque en este sitio al que nos había
traído Ernesto, no habían reconstruido nada. Traté de recordar si aquí estaba
el panteón, pero eran laderas demasiado inclinadas para eso. Era una porción de
tierra que estaba de un color cenizo, en donde no crecía ni la más mínima
hierba. Quedaban restos de los escombros aún. Ni siquiera los pájaros o los
perros se paraban ahí, quizás por temor o desprecio. En efecto había una gran
vista de la ciudad, en donde moría el día con tonos rojizos. El sol se ponía a
nuestras espaldas.
Nos mantuvimos silenciosos un buen rato hasta que
encontramos una vieja casa de madera, derruida y en muy mal estado que parecía
estar inclinada sobre las rocas. Acordamos entrar por curiosidad. Era extraño
encontrar una casa así en medio del páramo desierto por el que caminábamos. Adentro
había un hombre anciano de aspecto escurridizo, casi en los huesos, con un olor
insoportable. Estaba recargado en una de las esquinas de la casa, sentado y
tomando con fuerza sus propias piernas.
Su mirada era desquiciada pero muy cansada. Su cuerpo
parecía pudrirse en vida en la oscuridad de ese refugio de madera. Pensamos en
que quizás, por alguna extraña circunstancia, había sobrevivido al atroz
bombardeo y a la lluvia de fuego, y que se había mantenido ahí. Él hablaba con
la voz temblando de aviones, de bombas, de gente corriendo, de lágrimas de
terror, de que el cielo se volvía rojo y que las explosiones removían los
cimientos de todo. Cuando nos miró nos dijo que estábamos muertos y que sólo
queríamos atormentarlo. Nos retiramos sin darle la espalda. Hicimos una
reverencia sin saber por qué.
Nos decidimos a salir de ese sitio, pero en el camino
encontramos algo que se parecía a una libélula gigante de unos ocho metros de
largo, carbonizada, tendida sobre el suelo. Imaginé que estaba viva y que en
cualquier momento iba a alzar el vuelo hacia un sitio desconocido. Pero no. Al
mirarla bien, nos dimos cuenta de que eran los restos de una de las bombas que
había soltado todo su poder sin desintegrarse. Teníamos los restos de una de
las armas que nos había llenado de terror antes. Le escupimos.
Nos fuimos con Sandra. Su fiesta fue entretenida y
ella se esmeró todo lo posible por hacer de esa noche alegre, risueña,
inesperada y llena de la euforia de los viejos días, pero no fue así. La vi
triste cuando nos íbamos, así que la abracé. Se quedó aferrada a mi espalda un
rato. Sentí el dolor fluyendo por su cuerpo como un veneno que se negaba a
salir. Quizás ella sintió el mío. “La vida será mejor” me atreví a decirle,
antes de darme la vuelta e irme con mis amigos.
Al llegar a mi calle, me di cuenta con sorpresa de que
no estaba mi casa, sino de que había un espacio vacío, como si hubiera sido
demolida y sólo quedara el terreno cubierto de maleza. Me acerqué con disgusto
y miedo, consternado por lo que veía, pero me di cuenta de que seguía ahí
frente a mí. Mal reconstruida, con las cosas fuera de lugar y esa pintura que
al ser nueva parecía muy vieja. Abrí mi puerta y entré. Tenía que encontrar mi
hogar ahí, esperando a que el fuego no cayera del cielo otra vez.

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