Huellas Digitales

HUELLAS DIGITALES
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Esta mañana ya no desperté imaginando que estabas a mi lado, porque de algún modo tengo que hacerle frente a tu ausencia. Aún si he escondido todas tus cosas y he puesto otras en su lugar, permaneces flotando en el aire de mis pensamientos, como un fantasma creado por mi propio dolor y amor hacia ti. No te puedes ir, porque no hay forma de ahuyentarte. Pero tampoco te puedes quedar, volverte material y permanecer en mi vida como antes.

Has dejado tus huellas dactilares por todas partes, pero sobre todo en mi piel. Sé que son tuyas, y que nada en el mundo podría imitarlas. Son la evidencia de que todo lo que pasamos fue real, y es la única prueba material de tu esencia. He encontrado esas marcas por toda la casa: en la cocina, en el baño, en los barandales, en los libros, en toda mi ropa que ordenabas meticulosamente (mucho más que la tuya), en mis discos…en todas partes.

Pero no pienses que las veo físicamente, sino que sé que están ahí. No importa cuántas veces sacuda, o limpie, siempre se conservan. Tu aroma ha trascendido a los olores cotidianos de la casa. Es como si se rompiera uno de tus perfumes cada día, o como si ese olor fresco marino cuando te duchabas escapara de la regadera todo el tiempo. Me vuelve loco tu ausencia, sí. Y no he encontrado una solución a este problema.

Sabrás de algún modo que podría invocarte con un holograma. Cada vez han bajado más de precio y prometen características hiperrealistas, como si borraran los maravillosos defectos de cada quién y de pronto los seres humanos hubiéramos trascendido a ser ángeles inmaculados. Prometen revivir todas las sensaciones por medio de microcápsulas de impulsos eléctricos que despiertan los nervios. La imagen y el sonido están ahí. ¿La nostalgia finalmente complacida por la tecnología? Aún estoy escéptico.

Preferiría volverme yo un holograma. Que me hagan a modo, inmaterial pero brillante para complacer todo lo que quieras donde sea que te encuentres. ¿Los muertos podrán acceder a los hologramas? Me pregunto para qué, si ya pueden traspasar las fieras líneas del espacio y del tiempo. Pero me gustaría haber cambiado todos esos detalles que a veces detestabas de mí. Aunque no sé…si lo hubiera hecho, quizás habría dejado de ser yo, y te habrías enamorado entonces de otra persona.

Detesto hacer desayuno para uno, y mirar mis redes sociales melancólicamente. Me distrae la sarta de estupideces que la gente publica, ahora que los contenidos humorísticos están hechos de un modo tan brillante que reímos involuntariamente a la primera palabra y que los videos y fotografías ya han alcanzado todos los espectros visibles por nuestros ojos. Todo aparenta ser paradisíaco, hermoso…nuestros sentidos parecen ser los grandes reyes gordos y felices. Pero el alma permanece arrinconada.

Los días de la gente se han vuelto muy solitarios. Aunque las citas cara a cara siguen existiendo, las conversaciones se reducen cada día más. Recuerdas que nos quejábamos y reíamos de eso, de cómo las cafeterías y bares, en su mayoría, habían terminado por volverse centros de interacción digital. Ahora ya no había amor de lejos, porque era muy fácil llegar de un sitio a otro en cuestión de horas en los trenes que casi rebasaban la barrera del sonido gracias a las corrientes magnéticas.

Si eso hubiera existido cuando apenas nos conocimos, quizás no habría sido tan conflictivo atravesar la ciudad para irte a visitar, o podríamos haber ido de viaje más seguido. Pero tal vez, no habríamos terminado por conocernos y habríamos sido un par de extraños yendo juntos por ahí con una gran barrera de secretos que no teníamos porque decir. No te habría conocido realmente, ni tú a mí. Nos habríamos separado por cualquier diferencia boba, y hubiésemos seguido el mismo camino con personas ajenas.

Quizás nuestra generación fue de las últimas en hacer cartas en papel, o de pensar que las cosas importantes se hablaban frente a frente. Ahora los amores no son sólidos, ni líquidos, sino gaseosos. Y en unos años serán de plasma. Quizás por eso mismo me pesa más tu ausencia, tus recuerdos materiales e inmateriales. Tengo aún en la piel la sensación de la tuya, en los días fríos o calurosos; en los de lluvia ácida, cuando permanecíamos en casa, o en los tímidos días templados, en los que salíamos sin mediar palabra porque sólo había cinco de esos al año.

Tengo tus huellas dactilares aquí formando espirales y curvas infinitas sobre mi cuerpo, sobre el espacio y sobre los segundos que van transcurriendo. He contemplado detalladamente ese entramado de elipses que va de más a menos, como los trazos de órbitas planetarios de una galaxia lejana. Tu contacto reinventaba por unos segundos mi piel. Dejabas fragmentos de ti en cada encuentro, y cuando vivimos juntos, ya no pude desprenderme nunca más de ellos.

Mi celular se llama Utopía, como la de Tomás Moro, como aquel paraíso que el ser humano lleva imaginando desde tiempos inmemoriales. Se desbloquea con mi propia huella dactilar. Ahí tengo un sinfín de fotos y videos tuyos, que me llegaron después de que me nombraste el heredero de todas tus cuentas, así como de tu información. Quise sucumbir a la tentación de leer o de escuchar tus conversaciones viejas, pero lo dejé por la paz. Aun así, lloré al ver todas esas fotos que ya no alcanzaste a enviarme o de esas ideas que no alcanzamos a realizar.

Tengo miedo de perderme en las imágenes, en los recuerdos de tu voz. Ahora la última novedad es que un aparato entra en contacto con la actividad cerebral de los recuerdos, los interpreta y los traduce en visiones fabulosas donde es posible volver a vivir esos instantes felices que por sí solos no habrán de volver. Me tienta demasiado desperdiciar el poco dinero que me queda y perderme allí, hasta perder esta cruenta realidad.

Pero prefiero hacer algo más infantil y romántico. Tomo un plumón. Observo el detalle nuevamente de tus huellas dactilares, y copio el trazo sobre mi brazo izquierdo. Repito el dibujo en mi antebrazo, continuo sucesivamente hasta alcanzar todas las partes de mi cuerpo que puedo. He grabado el método en mi memoria, podría reproducirlo cientos de veces, dónde sea. Tomo una foto tuya que guardo en un cajón, la mejor que te tomé. Pongo mi pulgar sobre tus labios. Queda marcada por la suciedad de la tinta en mis dedos. Me quedo inmóvil. Las espirales de tu esencia me absorben. 


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