Suspiro en el Cuello

Soberana: Parte II

SUSPIRO EN EL CUELLO

Mind
*   *   *
Cuando manejaba para llevarla a su casa, sentía que iba en tres direcciones al mismo tiempo. Aleida me pidió que la llevara a su casa después de una fiesta. Me encontraba clasificando unos viejos negativos, que iban perdiendo lucidez con los años y que necesitaba preservar de algún modo. Me pareció más atractivo verla esa noche después de haber pasado varios días en que ella esquivaba nuestros posibles encuentros.

Le pienso, me gusta, me atrae. Percibo su sencillez asfixiada por su capa de soberana y por esa soberbia encantadora que envuelve sus palabras, que ensalza su cuerpo de doncella involuntaria. En términos normales, me habría parecido una mujer inalcanzable o fuera de aquello que solía buscar. Pero el deseo es grande, muy grande. Sé que todo esto lleva una tragedia implícita, pero no alcanzo a entender cuál. En ella encuentro un extraño placer visual, que se vuelve carnal y después retorna a lo visual. No entiendo. Es mi propio sabotaje.

Un instante, escucho como el aire se corta; algo viene por el lado izquierdo, su motor suena furioso. Alcanzo a desviar con un violento movimiento del volante mi auto, pero el otro se impacta poco detrás de mi puerta. El sonido es brutal, los cristales salen volando en cien mil cachitos. El choque provoca que mi cuerpo se tuerza y me impacte contra el volante. Siento la sangre correr por mi rostro, se me nubla la vista. Escucho su voz diciendo mi nombre con desesperación. No sé si sentirme conmovido o aterrado por mi propia vida. Todo se desvanece.

*  *  *

Estábamos cerca de un hospital, así que la ambulancia llegó pronto. Se lo llevaron pronto, y me fui con él. La policía alcanzó a detener al sujeto ebrio que nos chocó unas calles más adelante, después de intentar estúpidamente darse a la fuga. Me fui en la ambulancia también, tomaron mi nombre. Tenía algunas heridas, mi vestido estaba roto, pero sobre todo mis nervios estaban destrozados. Lloraba desconsoladamente. No sabía si por él o si por mi propia desgracia.

No supe a quién le di las gracias por haber sobrevivido. Mientras él estaba aún inconsciente y yo ya me había recuperado, le decía su nombre constantemente esperando que despertara. Me preguntaron que si yo era su pareja o algo así, y por un momento dije que sí, sin saber la razón. Imaginé nuestros nombres juntos: “Ademar y Aleida”. Sentí un escalofrío. Al principio pensaba que sólo eran invenciones mías, pero después lo creí verdad.

Por eso cuando al fin lo dieron de alta y se recuperó de una lesión en el cuello, otra en la clavícula y del tremendo golpe en su cráneo, quise hablar con él. Me dijo: “Estamos teniendo el diálogo que tanto quise, por tanto tiempo, que te pedí de todas las formas posibles…y que me ha costado tan caro”. Me molesté con él en ese momento, sentí mi propio poder amenazado y mi voluntad vulnerable, sujeta a su ira de héroe herido.

Pero lo consolé, doblegué mi orgullo un momento. Lo seduje de nuevo, le devolví la sonrisa y me escuchó atento como un cachorrito que descubre con entusiasmo que recibirá una ración de comida extra si se sienta. Puse mi corona de reina en sus manos, puse mi cuerpo al alcance de sus suspiros y lo hice desear casi en voz alta. Me miraba intensamente, con una fuerza que no había visto antes. Los velos de su timidez parecían haber desaparecido con el accidente.

Le conté entonces de la fantasía que había tenido, de haber escapado de la fiesta final de un viaje con unos amigos y de haber hecho el amor al ritmo del vaivén del río. Me escuchó con una sonrisa, quizás había llegado más hondo de lo que pensaba. Sin pensarlo, me dijo que podríamos hacer algo similar. Me confesó que había tenido un sinfín de fantasías conmigo. “Podemos ir allá a la costa, tengo un pequeño apartamento donde podemos estar unos días. Te llevaré a conocer el puerto y serás la mejor modelo de mis fotos que haya tenido nunca” me sugirió. Acepté.

Viajar con él me causaba una emoción y un temor extraño. Rentó un carro, porque aún el seguro no lo indemnizaba por el accidente, y le pedí ciertas condiciones. Nos fuimos por esa carretera maldita, con el nombre del sol, que está en reparaciones eternas y que está bajo ataque constante de los deslaves, de los narcos, de los estudiantes rebeldes y de cualquiera que quiera tener poder en esos caminos de tierra caliente.

Pero nuestro viaje fue muy tranquilo. Me dejó poner la música que quería, acomodó mi asiento y su temor inicial por los espasmos del accidente fueron desapareciendo con el tiempo. A veces me miraba con deseo y ternura…y en otras con intriga. Comencé a entender que después de todo, él sabía más de mí que yo de él. Su personalidad introvertida era la culpable. Podía tratar de interpretar su silencio, aunque nunca me sentía segura. Llegué a dudar de sus motivos para invitarme a venir.

Yo con mi belleza declarada por todo mi cuerpo al unísono y silenciada por mis labios; él con ese extraño misterio de artista ensimismado. Mi risa por cualquier cosa con su oscuridad, sus gestos complacientes, sus invenciones y comentarios interesantes salidos de la nada. Él no era mi hombre, ni mi capricho descarnado. Era sólo un condenado fotógrafo que desafiaba mi propio orgullo, mi condición de soberana de mis propios caminos.

Llegamos a su apartamento y me sentí decepcionada. Era un espacio mínimo, pintado de blanco, en la mitad de los barrios tropicales de esa ciudad costera. Un sinfín de perros ladraban con intensidad, la gente escuchaba su música con unas bocinas tremendas y el bullicio que traía el viento volvían de ese lugar una extraña mezcla de desorden que parecía haber funcionado así desde hacía décadas. Le hice saber mis inconformidades. Él se alzó de brazos: “Tú eres el silencio de todo este escándalo, Aleida. Superaremos tu fantasía”.

Me cambié sin que él me viera, y no fui consciente de lo que hacía hasta que me vi delineando muy detalladamente mis ojos. Tenía puesta ropa interior muy sensual, un short diminuto, una playera pequeña que delineaba entalladamente mi silueta. Me veía terriblemente sexy, pero no me había propuesto verme así para él. ¡Ni que fuera qué! ¿O sería que realmente deseaba cumplir la fantasía y no lo hacía para tener poder sobre él? Recuerdo esas escenas de su furia desbordada sobre mí, y tiemblo.

Él me propuso llevarme a un río cercano que desembocaba en el mar, que lucía hermoso al atardecer y que sería un escenario perfecto para un montón de cosas. Casi lo cacheteo por embarrarme de repelente, pero entendí que sólo me estaba cuidando y evitando que me enfureciera después, cuando debería ser “nuestro momento”. Fue cuidadoso de no arruinar mi maquillaje. Puso sus manos en mi cintura se acercó peligrosamente a mis labios, pero no me besó. Sólo me dijo que me veía linda. Sentí una impotencia extraña.

Nos fuimos en el auto y atravesamos en unos veinte minutos buena parte del puerto. Sus calles viejas y mal trazadas estaban llenas de casas pequeñas de ventanas abiertas donde la pintura blanca se caía a pedazos. La gente tomaba el fresco en sillas de plástico o acostados en su hamaca, sin sentir mayor preocupación. El rumor era eterno, constante. Había basura en las calles y en los rostros de los peatones un gesto de resignación abnegado por el sol. No entendía por qué Ademar tenía un departamento aquí. A veces no lo entendía a él mismo. 

Llegamos a un río de agua transparente en donde había un montón de rocas por todas partes. Desembocaba silenciosamente en el mar, y estaba bordeado por una maraña de árboles y enredaderas crecidas por la temporada de lluvias. Iba detrás de él preguntándole muchas cosas sobre el río. Me deleité de nuevo con sus extrañas posturas para tomar sus fotografías que siempre parecían tener vida y movimiento propios. Extrañamente, no me pedía que posara. Fui yo quien le pidió que al fin me fotografiara. Aceptó con cierto nerviosismo, pero lo hizo de maravilla.

Llegamos hasta un puente de madera y en uno de los costados había una cabaña. La escena me parecía tan familiar que me asusté. Era justo como lo fantasee aquella noche del accidente. Nos quedamos platicando en el puente, me tomó más fotos y nos besamos largamente hasta que oscureció. Fue entonces que confirmé que en efecto todo era igual. La única diferencia era nuestra ropa. Pero todo el resto sabía igual. Me dijo que fuéramos a la cabaña. Pretexté que habíamos dejado solo el auto, pero contestó que unos lancheros lo cuidaban.

Me tomó de la mano, pero me detuve un momento. Lo abracé entonces, me colgué de su cuello y lo besé como nunca en su maldita vida. Él supo apreciarlo, me devolvió el gesto con sus caricias y sus manos sobre mi piel. Sentí que perdía el control, que me hacía pequeñita. De pronto todo lo que tenía de soberana lo había perdido frente a él. Daba igual si era feo o no. Quería arrojarlo contra la cama o contra el piso, que me arrancara la ropa con furia y que ante sus últimas vacilaciones lo pusiera bajo las fieras disposiciones de mi cuerpo. Pondríamos lo celestial en lo infernal y viceversa.

Estuve a punto de hacerlo. Pero me di cuenta de algo en el último minuto. Yo lo quería, pero él a mí no. Quién sabe qué era yo para él. Volvieron mis pensamientos de razón, de que él me había confesado su amor sin estar seguro y de que todo esto era una confusión suya que me ponía a mí en riesgo. Él no habría de entregarse completamente a mí, pero yo sí a él. Estaría en una desventaja infinita. Él no era ningún dios para quitarme mi poder. Y aunque mi cuerpo me reclamaba con tremendos impulsos que sucumbiera a él, corrí con las llaves del auto.

Me persiguió, pero fui más rápida al principio y después, creo que él se resignó a no alcanzarme. Empezó a llover y me di la vuelta. Me miraba con una tristeza infinita, con su cámara en la mano. Ese instante fue eterno. Contemplé su mirada de genialidad absorbida por sus sentimientos, su cuerpo de triángulos concéntricos y la electricidad de su ser. Me llamó por mi nombre varias veces después de eso, pero no volví. Él ya no fue tras de mí.

*   *   *
He escuchado con gran ira y curiosidad lo que Aleida ha dicho de mí estos meses. Maldita mitómana, megalómana, egocéntrica…Ahora dice que yo la anduve persiguiendo mucho tiempo, que yo era un enamorado idiota tras de ella. Le ha contado al imbécil de su nuevo novio y a todo el mundo eso. Pero no muchos le creen. Me queda una pizca de reputación.

Luego de eso debió venir el olvido, pero no fue así. Quiero sacar esos podridos recuerdos de mi cabeza y ahogar el deseo frustrado. Pero me queda su recuerdo que me atormenta en momentos aleatorios del día. Aún tengo los negativos de sus fotos, me niego a quemarlos. Salió hermosa. Odio tanto que me siga atrayendo y que esas cenizas despierten fuegos idiotas que no llevan a ninguna parte. ¿Qué es una reina como ella para un fotógrafo anarquista como yo? Un suspiro constante en mi cuello.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Nívea

Idilio Costero

Blitz (Lluvia de Fuego)

Astillas de Cuba (Parte 1)

Lago Espiral: Parte I