Rituales
RITUALES
Esta mañana supe por las cartas de la baraja española
que iba a ser el fin del mundo. No puede significar otra cosa que después de
revolverlas diligentemente, como cada mañana, hayan salido las seis primeras de
la siguiente forma: tres seises y tres cartas de tres. Eso quiere decir que se
acerca la batalla entre Dios y Satanás, por lo que no habrá remedio. Todo
ocurrirá demasiado rápido, no tengo los más mínimos preparativos, pero a la vez
no es tarde para hacer lo necesario antes del fin de la vida.
Sabía que este mundo corrupto un día de estos
terminaría por disolverse en mareas de lava, en gritos, sangre, hambre,
desesperación, confusión y desinformación. Las tragedias han crecido con los
años y antes de que el calentamiento global termine por evaporarnos del
planeta, se ha fijado el enfrentamiento final con la única intención de dar fin
a esta prolongada agonía que lleva miles de años y que sólo ha provocado que el
laberinto humano se vuelva más complejo.
Comenzaré entonces los preparativos. En primer lugar,
no llamaré a nadie porque en estos tiempos nadie me haría caso. Resulté ser la
loca de la familia, la oveja negra enviada a un apartamento mínimo, que apenas
y se sostiene con un trabajo de “falsa gitana” a las afueras del metro más
cercano. No quieren saber de mí, ni escucharme. Se cansaron tantas veces de
quemar mis barajas y de evitar darme café o té con temor de que leyera los
restos para hacer predicciones.
Me dijeron que se habían hartado de mis estupideces y
de mis incoherencias, por lo que decidieron sacarme de la casa…antes de que, en
una de esas, alguna de mis predicciones oscuras se hiciera realidad, o de que
atrajera espíritus chocarreros a la falsa paz de mi viejo hogar. Acepté de mala
gana con tal de que se respetaran mis cosas. Desde entonces no he vuelto a
estar ahí por más de dos días, y siempre rompo a llorar al encontrar señales
del destino de mi familia en los restos de jabón en la regadera (señales que
deja la suciedad que se va con el agua que purifica los cuerpos).
En primer lugar, en los preparativos, me despedí de mis gatos, a quienes ya
no iba a volver a ver sino en la otra vida; sabía que los encontraría debajo de
un árbol sin hojas. Me miraron con cierta melancolía mientras abría las
ventanas para que se fueran y decididamente se fueron uno tras de otro por los
tejados cercanos hacia un sitio que ni ellos mismos sabían. Me quedé con un
mechón de su pelo de cada uno, así que lo coloqué en el centro de una mesa
pentagonal.
Fui colocando los objetos decorativos de mi casa, así
como otros coleccionables en esa mesa que medía dos metros por lado. Era
cuidadosa en acomodar en su lugar en cada una, de tal forma que se formara una
dualidad equilibrada, que en los bordes parecía difuminarse. Siempre creí que
no éramos malos, ni buenos, sino que íbamos por el filo de la navaja entre la
luz y la oscuridad sin acabar de entendernos porque nos negábamos a tomar el
movimiento del universo.
Me preguntaron muchas veces que porque me la pasaba
haciendo rituales en estos tiempos. Siempre pensé que el ser humano era parte
de un gigantesco rito y que, para estar en armonía, tenía que hacer de su vida
un propio ritual. Por eso me negaba a valorar los videos en internet que
explicaban todo o las imágenes fantasiosas que reducían todo a una lámina, o
las conversaciones anodinas de la gente a través de la pantalla porque me
parecían un escape a la tierra de nadie donde sólo surgía la desesperación.
Pero la loca siempre era yo.
Leí desde los ritos mesopotámicos hasta las creencias
de las sectas secretas coloniales, que unían los conocimientos templarios con
las tradiciones prehispánicos al encontrarles similitud. Llené mi apartamento
de tantos símbolos que apenas tenía espacio para mi cama y que los amigos que
llegaron a visitarme se sintieron orgullosos o sorprendidos de que hubiera
armado un museo saturadísimo en apenas veinte metros cuadrados. Ellos me
acompañaban a mis ceremonias. Algunos volvían a menudo, pero otros incluso se
cambiaban de ciudad.
Lo que me da tristeza de que se acabe el mundo es que
las predicciones dejarán de tener sentido y la búsqueda del conocimiento dejará
de ser necesaria. Puede que el libro del Apocalipsis diga una cosa, pero la
verdad es que no sé quién vencerá. Lo único que he logrado saber de la muerte
en todo este tiempo, es que en la fase póstuma sólo hay niebla por todas partes
que se inventa y recrea a sí misma, hasta que un soplo de aliento venido de
alguna parte, vuelto palabra empieza a regenerarlo todo. Los espejos dejan de
humear. Entonces viene la claridad, nos encontramos con quiénes somos,
dialogamos con nuestro corazón.
Me gustaría, como a todo el mundo, encontrarme con los
que han muerto desde hace siglos y dialogar infinitamente. Hablaría con mujeres
de tiempo atrás que se sentirían conmovidas y asustadas a la vez de nuestra
modernidad; con hombres que callarían por no saber nombrarnos o que sentirían
sus años de vida en duda. Porque cuando no hay tiempo, se rompen las barreras
de las posibilidades y entonces ya nadie distingue entre lo que fue, lo que
pudo ser y lo que será. Pensar fuera de eso es lo que no alcanzamos a hacer en
vida.
El final del mundo no implica que no venga otro detrás
de él. No lo sabemos porque no lo imaginamos. Aún si la ansiedad nos consume,
no haremos que algo cambie. Ya había terminado de juntar todos los objetos en
la mesa pentagonal, de elevar mis plegarias y discursos al cielo vespertino que
habrá de perecer como es por última vez, al agua que ahoga las falsedades, al
calor de un sol que se ha acostumbrado a seguir su camino sin pedir
explícitamente sangre como tributo. Quedaba la música y la danza, lo último que
quería hacer.
Por eso tocaba con gran emoción y estruendo mis juegos
de percusiones que tenía en una esquina, mientras el estéreo reproducía música
de todo el mundo. Entonces pensaba en las proximidades, en la lejanía, en las
tierras y seres que sin pensarlo se encontraron, o en otras que vivieron hasta
hoy sin pensar en el otro. Bailé como mejor pude, haciendo reverencia,
sintiendo cómo la vida se escapaba en cada gota de sudor que corría por mi
cuerpo desnudo. Entonces sentí que era yo, y que el mundo era yo.
Entonces mi mesa comenzó a temblar. Los inciensos que
había prendido cubrieron todo el espacio. Sentí que me desvanecía, que
comenzaba la batalla y que muchas voces hablaban al mismo tiempo. Caí al suelo
herida por algo que vino de mi interior. Agradecí porque nos dieron la vida,
ofrendé la sangre que sentí que moría por salir de mis venas. Me quedé
escuchando los diálogos de grandes seres que hablaban desde la oscuridad y que
deliberaban sobre el final de los días.
* * *
-¿Y entonces, qué pasó?
-La rara del 306 armó un escándalo tremendo con sus
tambores, la muy cabrona, que alteró a todos los vecinos. Tocaron su puerta una y
otra vez, pero nadie respondía. Hasta que alguien la abrió de una patada y la
encontraron ahí tirada. Decían los del MP que probablemente había sido
intoxicación con alguna de esas porquerías que se fumaba.
-Ahora a ver quién va a querer rentar ahí.
En ese momento, en pleno día soleado, cayó un
relámpago que azotó contra la acera contraria del edificio donde había pasado
la tragedia. La consternación duró hasta la noche, cuando los vecinos vieron
una espiga de fuego en el cielo. A la mañana siguiente ya no vieron al Sol de
la misma manera. Se inclinaron, sin saber por qué.

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