Ciudad Loca
CIUDAD LOCA
¿Alguien recuerda cómo empezó todo? Nadie, ninguna
persona, ni los libros de historia o los estudios científicos han podido
determinar algo al respecto de esta ciudad. Los mitos, ridículos o no, dicen
que la ciudad nació maldita y que en sus entrañas, por sus venas y sus
extremidades sólo se ha degenerado de maneras más creativas con el tiempo hasta
volverse lo que es hoy: un laberinto infernal de ruido sumido en una bruma
permanente que mantiene nuestras pupilas abiertas todo el tiempo, como lechuzas
o búhos.
La ciudad es uno de esos extraños seres que se devora
a sí mismo para volver a nacer. Así se han consumido los edificios en grandes
incendios o explosiones, o tal vez destruidos por las inmobiliarias para
construir sobre el aire; y las calles se han ennegrecido con el tiempo porque
la escasa luz solar que entra la acaparan las terrazas de los desgraciados
ricos que pueden pagar un precio exorbitante por sentir que viven en el cielo.
Para nosotros las tinieblas del suelo, las locuras de una vida con la piel
sobre el asfalto.
Venimos nosotros cinco esta tarde de verano, una de
las pocas que nos quedan antes de que terminen las vacaciones. Luego seguirá
otro periodo escolar sin pena ni gloria, que sólo nos acercará un paso más a
ser empleados que apenas subsistan por sí mismos. Podríamos salir, largarnos de
la ciudad a un sitio más próspero…eso sería el sueño de cualquiera. Pero no hay
lugar para nosotros más que nuestra propia madriguera y ninguna aspiración más
grande que irse a dormir sin miedo, sabiéndonos dueños de nosotros mismos.
No permanecimos por mucho tiempo en el bar. Fuimos a
un costado del centro de la ciudad, hacia el barrio Solidaridad, construido
hace unas décadas para albergar a los sobrevivientes de un pueblo que había
sido masacrado por el narco. Irónicamente, muchos de sus integrantes terminaron
por volverse tan violentos como sus antiguos agresores. Mientras en las
escuelas y los periódicos alegan que tanto crimen es por la pobreza, la gente
sigue muriendo allá afuera o sobreviviendo entre las sombras.
Aún mantenemos cierta alegría y humor negro sobre
nuestra situación, a pesar de que nuestros nervios están muy desgastados para
nuestra edad. Ninguno de nosotros salió ebrio, porque quién se pierde en
alcohol en la calle quizás ya no vuelva a su casa y sea devorado por las
calles. Nos sentimos bien estando con los otros. La amistad es lo único que nos
queda, aunque no sabremos si durará para siempre o si nuestros rostros y
corazones se volverán otros con el tiempo hasta ser irreconocibles.
Íbamos a casa de Gerson, un tipo apasionado por la
historia y que siempre tenía un aire solitario-común en toda su familia-,
además de que hablaba con seres imaginarios, con quienes nosotros también
dialogábamos sólo para seguirle la corriente. Ahí pasaríamos el rato. Después
de comprar unas cosas, pasamos por una calle muy abierta por la que pasaban
muchos autos. En la esquina había cuatro tipos fumando con la cara tatuada y
los brazos llenos de cicatrices. En cuanto nos vieron, nos persiguieron, como
si hubiéramos sido la presa que esperaban por tanto tiempo.
Corrimos en sentido contrario para meternos por un
pequeño callejón que nos sacaba a la avenida del Trabajo tan rápido como
pudimos. Gerson alcanzó a treparse a una escalera metálica que estaba en uno de
los costados de la calle e hizo la indicación de que lo viéramos en la azotea de
ese edificio. Nos escondimos debajo de un camión blindado de valores, que
aparentemente era robado, y los tipos se fueron luego de lanzar varios tiros al
aire y continuar en ese sentido de la calle.
Nos fuimos hasta la azotea, porque confiábamos en el
sentido común de Gerson más que en el nuestro y seguro tendría alguna idea de
lo que acababa de pasar. Esos cabrones estarían rondando por ahí y necesitábamos
salir de algún modo. Con la vista de la azotea podríamos trazar un camino con
atajos que ni los mapas por internet tenían para llegar seguros a casa.
Estábamos asustados, pero valorábamos la vida a cada segundo. Nos calmamos
conforme fuimos subiendo ese viejo edificio.
Ahí estaba Gerson viendo hacia el infinito. Eran justo
esos diez minutos que pasan entre el atardecer y la oscuridad de la noche.
Corrían lágrimas por su rostro, pero permanecía silencioso. Con la cabeza nos
indicó que miráramos. Ahí estaba la ciudad frente a nosotros, iluminada hasta
el infinito, como si las luces fueran plegarias para no perecer en el caos de
la incertidumbre. Había unos vapores amarillos y verdes que se expandían por el
cielo, producto de las fábricas cercanas que trabajaban para envenenarnos todos
los malditos días del año.
Las calles congestionadas, los hormigueros
desordenados de la gente y el sonido constante de las sirenas de una policía
que a veces investigaba a los criminales o que era quien había cometido el
crimen. Allá a lo lejos el río de aguas negras crecido con la lluvia ácida y
alimentado con los cadáveres que cualquier individuo podía arrojar ahí, como si
fuera una fosa común. En el centro los reflectores que llamaban la atención
sobre algún espectáculo frívolo. El aire enrarecido, mezquino, indiferente,
enfermo…con olor a muerte y vida turbia. Yo sé que si Dante estuviera a nuestro
lado, permanecería silencioso y no volvería a escribir más.
Nuestra resistencia no nos hace valientes, ni tampoco
esa fortaleza que es requisito para vivir aquí. No hay hermanos, ni hermanas,
ni los habrá nunca más. Sólo individuos colisionando entre sí, como chocan los
cuerpos celestes en el espacio. Desde afuera admirarán que lo soportamos todo y
a la condenada creatividad que nace en nosotros de tanta mierda, pero a la vez
nos dirán estúpidos por haber provocado todo esto. Pero si nosotros mismos no
sabemos de dónde vino, ¿de quién es la culpa?
Platicamos en la azotea un momento, antes de que
escuchamos pasos presurosos por la escalera y voces enfurecidas. Corremos como
podemos. Saltamos de azotea en azotea, evadiendo ladrillos sueltos o macetas
muertas, así como perros enloquecidos. Hemos aprendido a hacer eso desde niños,
porque si no, moriríamos pronto. Aún tenemos agilidad. En algunos años, quizás
ya no la contaremos. Tropezamos en ocasiones, pero nos levantamos en instantes.
Son cinco minutos de carrera, hasta que alcanzamos la azotea larga de una casa
iluminada con unos viejos focos amarillos. Los perseguidores están detrás de
nosotros, pero prefieren huir. No disparan más, sólo se dan la vuelta.
Los perros ladran, las sirenas siguen sonando. Nos
adentramos más en esa azotea buscando alguna vía de escape u otra escalera que
nos devuelva a las banquetas. Escuchamos un grito, luego otro y otro más,
seguidos de llantos que son callados por una voz grave y un sonido atroz que se
asemeja a un látigo. Después cinco disparos en cadena. Nos tiramos al suelo
rápidamente. Del otro extremo de la azotea salen dos hombres armados.
Notan nuestra presencia en pocos segundos, pero antes
de que puedan decirnos algo, son abatidos desde las alturas. A un costado nuestro
pasan otros seis tipos armados que se introducen en esa puerta y disparan en
más ocasiones, hasta que uno de ellos grita: “Ya, está limpio”. Todos salen por
la puerta de nuevo, sonrientes, con los nervios relajados. Uno de ellos
pregunta: “¿Y qué, no haremos nada con su centro de diversión?”, y el que
parece ser el jefe contesta: “¿A ti qué? La basura de uno es el tesoro de otro.
Que lo haga alguien más”.
Se retiran sin vernos o ignorando nuestra presencia,
contentos de haber logrado su cometido. Los gritos continúan, los llantos también.
Gerson se adelanta a la puerta y lo seguimos. Saltamos a los recién asesinados
y nos encontramos en un cuarto amplio, con las paredes enmohecidas que de
principio a fin parece un sitio de tortura. En un costado, hay unas cinco
mujeres atadas y desnudas con notorios golpes y cicatrices. Tratamos de
ayudarlas, pero necesitamos llamar a…quién sea que quiera ayudarnos.
Gerson se adelanta, lo sigo. Hay otro cuarto en obra
negra. La vista es aún más escalofriante. Un montón de esqueletos y restos de
huesos humanos esparcidos por el suelo sobre paja y aserrín, con botes de
productos químicos en los costados. Irónicamente hay imágenes religiosas y
santitos por ahí, mirándolo todo. Hay un mapa en una mesa, con rutas marcadas
en plumón por todo el país que parecen atravesar cada rincón. Huele a sangre,
alcohol, marihuana y cosas peores. Se supone que vendrá una unidad de policía
en poco tiempo, viene una ambulancia también.
Nos miramos los cinco, estamos pálidos, con las caras
llenas de sudor y de mugre. Por una ventana cercana se ve una calle, y en el
horizonte la ciudad con sus mismos colores. En las banquetas distinguimos a
algunos políticos o empresarios que entran a esas casas abandonadas, vueltas
prostíbulos de lujo. Nosotros seguimos aquí, sin saber cómo empezó todo, ni a
dónde carajos vamos. La ciudad sigue ahí, verdaderamente loca. Maldita ciudad.

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