La Idea
LA IDEA
Nadie sabe qué es la vida hasta que llega la sequía.
No hablo de la de los campesinos o ganaderos, que sufren con su estómago vacío
la ausencia de lluvias y los eternos pretextos de las oficinas de gobierno.
Tampoco de los canijos tiempos de austeridad en los que permanece el país desde
que se esfumó la imaginaria administración de la abundancia. Es de la escasez
creativa, cuando las ideas están ausentes y no tienen fecha para cuándo volver.
Para alguien como yo, que vive de las letras, es poco
más que una tragedia. Son las ocho de la noche de martes, faltan diez días para
la quincena y si no entrego algo para mañana, no tendré para pagar la renta, ni
la comida, ni los cigarros o los libros de viejo que nadie quiere, pero que a
mí me parecen interesantes. Dependo de una mente que se tomó vacaciones sin
permiso. Debe aparecer algo brillante para que no me corran, y así tener un
ratito de gloria y de paz.
Ya he dado cuatro vueltas por las calles cercanas a mi
casa, me quedé parado bajo la lluvia diez minutos mirando al infinito flujo de
autos y gente golpeándose con sus paraguas. Tomé un café en donde se me ocurrió
la idea de aquel cuento que le gustó a todo mundo. No invoqué a la ebriedad que
deleitaba a Bukowski, a Hemingway o a Poe, porque no es mi estilo. Las drogas
de la generación beat sólo me provocaron ansiedad. Ya va a acabar el día y no
tengo nada.
Me siento derrotado, así que decido ir a recostarme a
mi cama. Dejo la luz de mi escritorio encendida y apago todas las demás. Por la
ventana contemplo el tono azul del crepúsculo, las pocas gotas que aún
descienden por los vidrios de hace un rato. La ciudad sigue, no piensa en mí,
aunque no dejo de pensar en ella. No habrá amor, ni conversaciones de sobremesa
después de la cena esta vez. Sólo está la soledad que quiere aplacar mis manos
inquietas por tomar la pluma para escribir nada.
Cierro un poco los ojos. Se proyectan en el telón de
mis párpados muchas figuras abstractas multicolores, que se unen y chocan entre
sí en una anarquía incontrolable. Entonces llega una visión más clara: veo al
personaje, en el ambiente sombrío. Escucho su voz claramente, me habla, pregunta
cosas. Hay más personas, quieren entablar diálogos conmigo. Los escucho.
Entonces todo empieza a fluir y de la escucha nace la coherencia entre ese
desorden primigenio. ¡Tengo una idea!
Sin detenerme a reflexionarlo mucho, me quedo absorto
en lo que esos seres me cuentan. Con mi mente amoldo sus características
físicas, los detalles que ni ellos conocen, sus hábitos de aves sonámbulas, el
poder que en ellos ejercen sus gatos o perros, y los treinta segundos
melancólicos que tiene el personaje principal antes de empezar a comer cada
día. El día, la tarde, la noche…son meros escenarios movibles. Ellos se
presentaron ante mí desde algún sitio desconocido, pero yo controlo sus
espacios, sus tiempos.
A toda existencia, le sigue un problema, pequeño o
grande. Los detalles tienen mucha importancia, pues arman revoluciones al
unirse a otros. Escucho más, comienzo a pensar. Crear es dar orden a la materia
prima de las ideas, que fluyen envueltas de una niebla prehistórica; vienen y
van, entre la lava y el viento, descendiendo por cascadas o flotando en
estanques cubiertos de lirios. Mentira que podemos confesar siempre nuestros
pensamientos: no será posible hasta que encontremos las palabras para ello.
Las palabras son forma que a su vez se vuelven
contenido. Pueden pasar desapercibidas en los ojos perezosos o desinteresados;
o volverse la obsesión de alguien, ser la oración de cabecera del ateo,
convertirse en un grito de guerra que nadie entienda. Por eso empiezo a
imaginar las palabras, para darles a mis lectores las imágenes que veo sin
decepcionar a mi propia fuente de inspiración. Lo tengo, lo tengo. Con palabras
simples, que entretengan, pero que no sean superficiales. Que se jodan los snobs y sus placeres solitarios por la
perfección de la lengua. Soy más que eso.
Tendrá dos mil palabras, puedo calcularlo. Tengo
tiempo para enviarlo decentemente al tiránico corrector de estilo. Se lo leeré
a Verónica cuando la vea, lo compartiré en la tertulia del viernes, como una
primicia. Les gustará, lo sé. Tiene todo lo necesario para refrescar mentes
cansadas de leer basura motivacional y crónicas sangrientas a la misma hora;
que este sólo será el inicio de superar el peso generacional de los escritores
latinoamericanos que no hemos podido superar.
Me aceptarán la historia sin problemas, puede que
hasta me paguen un poco más. Tendrá un impacto favorable. Lo leerán los
burócratas de la cultura, los románticos empedernidos, editores ociosos, otros
escritores envidiosos, amas de casa distraídas, oficinistas callados,
profesores hartos de calificar exámenes, estudiantes aburridos de su tarea,
fotógrafos de mascotas y fotoperiodistas, policías después de desayunar, algún
obrero y los meseros que se quedaron sin propina por algún descuido. Lo sabrán.
Mi nombre retumbará un poquito más en las editoriales. Me anotarán en alguna checklist.
Luego, tomando como base ese éxito de vapor,
aprovecharé este nuevo brío creativo para escribir más historias y enviar
algunas de ellas a los concursos literarios de distintas partes del país. Tengo
lo suficiente para que no declaren desierta la convocatoria, ni para que le den
el reconocimiento al amiguito de la infancia de algún miembro del jurado.
Ganaré por lo menos algún reconocimiento, apareceré en los periódicos y me
pedirán presentar una pequeña compilación de cuentos, en un país donde predomina
la novela.
Nada de presunción, ni de mediocridad vendrán después.
Ya tendré mayor tiempo para escribir novelas, porque me concederán
honorablemente alguna beca de creador, de esas que en estos tiempos escasean
tanto. Vendrán mejores tertulias y encuentros, alguna plática en la universidad
que me dio la espalda cuando dejé de ser alumno. Al fin mi familia me
escuchará, tendré dinero para dejar de sufrir por la renta y me regalarán
libros-ya no más regateos-. Asumiré mi papel como artista. Ahí está, lo tengo.
Me tomó unas horas armarlo todo, pero ya es tarde.
Podría desvelarme románticamente y terminarlo. Pero el material que podrían
darme mis sueños podría hacer de esta historia algo aún más glorioso. Que vengan
los súcubos a ayudarme o atormentarme, como en La Pesadilla de Fuseli, serán el último soplo de inspiración. Tengo
sueño por primera vez en días. Es el peso de la tranquilidad que aplasta toda
incertidumbre. Mañana en la mañana lo haré todo. Lo enviaré feliz. Lo tengo, la
historia es mía.
* * *
Abro los ojos, ya son más de las nueve de la mañana.
Me quedo un rato en mi cama, meditando sobre cómo será mi futura biblioteca. Ya
es tiempo de empezar a escribir. Pero…algo falta. No, no puede ser. Pienso con
fuerza, con furia, pero nada. En la frustración empiezo a sudar, me revuelco en
mi cama. ¡No lo recuerdo! Nada de lo que pensé ayer e imaginé para la historia
de hoy. ¡Era perfecta, tan mía! “¿por qué no la escribiste en ese momento,
idiota?” me repito sin cesar. No tengo nada. Mi mente empieza a despertar,
cubierta de niebla prehistórica.

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