El Paraíso en Silencio
EL PARAÍSO EN SILENCIO
Fuimos y seguimos sintiendo el viento en nuestras
espaldas en aquella tarde veraniega, en plena Sierra Madre, con un calor que no
llegaba a ser sofocante y el aroma de la tierra mojada por las lluvias
recientes. Esos lugares pasaban del verde exuberante a los tonos pardos de la
sequía en los distintos meses del año, cada vez con mayor irregularidad. Pero
parecía que esa vez no llovería y que todo estaría en paz. Cumpliríamos nuestro
propósito, aunque nosotros mismos ni lo sabíamos en ese momento.
Miranda y yo venimos a meternos ahí por mera
curiosidad de exploración, sólo para ver qué encontrábamos. ¿Qué era lo peor que
podía pasar? Habíamos ido a visitar unos familiares suyos, entre obligación y
relajamiento del trabajo cotidiano. Sólo teníamos nuestras cámaras, el
entusiasmo por comer quesadillas con sabor a tierra y mi presunta experiencia
en el senderismo. Es fácil internarse en esos senderos donde las ramas parecen
tener un sonido musical cuando chocan unas contra las otras.
Había oído de montañas que se comían a la gente, pero
no me pareció serio hasta que nos perdimos en esos caminos. Sus trazos rectos
eran engañosos, ocultaban las curvas que tenían que hacer nuestros pasos para
seguir el camino. Los animales pequeños, como tlacuaches o réptiles parecían
correr a nuestras espaldas, en tanto que sentíamos miradas penetrantes que
parecían salir de lo profundo de la maleza. Nos sentimos intimidados, pero no
lo confesamos en un principio. Seguimos tomando fotos, que siempre salían con
una extraña bruma verde.
Miranda y yo hablábamos de cualquier cosa para romper
esa tensión en el ambiente, jugábamos y coqueteábamos, como si fueran los
primeros días en que estuvimos juntos. El tiempo no había mermado nuestros
rituales de enamorados o la brisa espontánea que surgía en nuestros encuentros
y conversaciones. Nos mirábamos, reíamos como dos personas que seguían jugando
a conocerse cada día. Los años habían provocado que nuestros misterios y curiosidades
se volvieran un entramado interesante, y que las experiencias que teníamos
fueran la sal de una vida que aún respiraba sin asfixiarse en preocupaciones.
Nuestras palabras ya no eran las mismas que hace años,
tampoco nuestros cuerpos. Mienten todos los que dicen que conocen a la
perfección el cuerpo de su amante, porque sólo creen ser conocedores de lo que
fue un día, cuando la piel misma se regenera cada vez y los días mismos dejan
sus marcas que después se vuelven puntos intrincados y débiles en la geografía
del ser humano. Mienten los que se enamoran de una visión fija de las personas,
porque nos movemos con el tiempo. Miranda no es idéntica a esa chica de 19 años
que conocí, pero su sucesión es encantadora. Amo su esencia, que reinventa su
forma. Es un libro abierto sobre el cuál puedo escribir un poco…pero la más
grande maravilla es lo que se escribe poco a poco, producto de su belleza
interior.
Pedirle a alguien que nunca cambie, es como pedirle
que no respire. Eso pensaba mientras seguíamos caminando por la sierra. En
algún momento, inconscientemente, nos habíamos tomado de la mano. Ambos
finalmente coincidimos en que los caminos estaban cambiando de lugar. A veces
sentíamos que estábamos cerca de la cúspide y en otras descendíamos; hasta se
escuchaba el murmullo de un río y unas voces risueñas. Nos habíamos perdido.
Sólo los arrieros, los guerrilleros, los exploradores expertos y Juan sin miedo
pueden cruzar las sierras mexicanas sin perderse, porque ellos mismos son magos
que si no hay camino, lo inventan. Pero nosotros sólo éramos un par de amantes
curiosos.
Ese ir y venir nos llevó hasta un claro en donde la
maleza crecía armónicamente sin rebasar el medio metro de altura. En el centro
había un manantial con olor a lavanda. Nos quedamos sentados ahí,
descansando. Ya había oscurecido. No podríamos volver al pueblo porque si con
luz solar nos habíamos perdido, con la noche sólo terminaríamos en el fondo de
algún barranco. Así que nos quedamos a vivir la romántica experiencia de pasar
una noche a la intemperie, con todos los insectos que eso implica. Comimos mientras
seguíamos conversando. No teníamos miedo, estábamos en una intimidad extraña.
No olíamos peligro alguno.
Comimos y seguimos conversando de cualquier cosa.
Después la abracé y ella se recargó sobre mi hombro. Luego vino el silencio.
Pero no fue una decisión mutua, sólo sentimos que ya no queríamos decir nada.
Sentía su respiración, las vibraciones de su estómago y su piel erizada cuando
mis manos encontraban caminos inexplorados en su espalda. Ella me producía un
regocijo inusual con sus caricias, como si sintiera que caía en un embrujo,
dormido, pequeño como un conejo en sus manos.
Ahora estábamos sumidos en el ritual del silencio, no
por indiferencia, sino por plenitud; no por soledad, sino porque aún no había
un lenguaje para esa sensación. Alrededor de nosotros las cosas seguían
fluyendo. El manantial borboteaba cada cierto tiempo, los murciélagos volaban
en curvas y diagonales encima de nosotros, los zorros corrían entre las sombras
escondiéndose de ellos mismos, los roedores iban de un agujero a otro, como
verdaderos dueños de la tierra debajo de nuestros pies. Nadie nos tocó, ni nos
hizo nada. Vimos a gente pasar frente a nosotros y desvanecerse; con rostros
curiosos y tristes. El firmamento estaba cubierto de estrellas, y las propias
constelaciones parecían intercambiar elementos.
Supe mucho de ella por ese silencio. Por esos detalles
en su rostro de un surrealista campo de orquídeas, su cuerpo como pequeño oasis
tropical en medio de la ciudad, los contornos de su cuerpo que parecían
tallados por un mar travieso, su cabello de cascada que cae sobre la playa, sus
labios como nubes de lluvia rozando un lago color turquesa. Si su boca callaba,
el resto de su cuerpo hablaba. Y no habría otro momento como ése, ni lo
mencionaría como anécdota alguna vez. Lo escribiría nada más y se lo leería a
Miranda un día cualquiera. Y ella me diría qué vio en mi silencio.
Esa noche no hubo lugar para el miedo, que jodía tanto
para entrar y quedarse en nuestras vidas. Nos amamos en silencio, con todo ese
mundo aconteciendo a nuestro alrededor, sin mediar palabra hasta la mañana. El
sol iluminó esos caminos y cerros que Dios perdía de vez en cuando, y de los
cuales sólo se podían trazar mapas con las vistas satelitales. Vimos el
panorama con cierta facilidad. El pueblo parecía estar a unos cinco kilómetros
en línea recta, ahí donde había un pequeñísimo valle. Teníamos el camino
adelante. Nos fuimos tomados de la mano, interrumpiendo ese lazo sólo para
tomar algunas fotos. Comimos la fruta que encontramos. No teníamos prisa por
llegar.
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