Corazón de la Tierra
CORAZÓN DE LA TIERRA
La primera vez que vi un corazón me sentí maravillado.
Fue una tarde en la que me había escondido en el rincón del pequeño laboratorio de mi tío, que era uno de los pocos médicos del pueblo. Tenía buena fama entre los
vecinos por su gran conocimiento de las distintas enfermedades que aquejaban a
la gente y por ofrecer sus servicios a precios pequeños, en su eterna frase de
que morir por dinero era una estupidez.
Decían que tenía un don particular para identificar y
curar malestares, además de atribuirle poderes mágicos que él mismo negaba. Con
los pocos libros que se podían comprar en la ciudad más cercana y con sus
estudios básicos parecía poco probable que supiera tanto. Pero ese día descubrí
su secreto: diseccionaba los cuerpos de algunos fallecidos. Vi al cadáver tendido
sobre su mesa. Hizo algunos cortes, tomaba muestras y finalmente abrió el pecho
habilidosamente para sacar el corazón.
Me atrajo ese color rojo, que se había vuelto
decadente por dejar de funcionar. Era grande, pero no demasiado. No era cómo lo
dibujaban en mi escuela, pero sin duda me parecía más bonito. Sentí que palpitó
aún en las manos de mi tío, pero fue mi imaginación. Él pasó por lo menos una
hora examinándolo, como si tratara de vaciar sus secretos y de meterse en los
tejidos de ese músculo vital para terminar de entenderlo.
Poco después, le conté a mi prima, que apenas había
vuelto de hacer ciertos estudios en la capital, del secreto del tío y de mi
interés incontrolable por los corazones. Moría por tener uno en mis manos, por
entenderlo, por verlo funcionar. Ella me dijo que nuestros antepasados, la
gente que antes vivía en el pueblo, acostumbraba hacer sacrificios en los que
extraían los corazones palpitantes en ofrenda a algún dios para que el Sol
siguiera su camino y no pereciera ante la Luna o las estrellas.
Esa noche soñé con que era uno de esos sacerdotes que
extraía el corazón de alguien sin rostro en la cúspide de una pirámide. Sólo
necesitaba un golpe fuerte y hábil con el cuchillo. Sentía al músculo palpitar
sobre mi mano. La sangre brotaba como si fuera una fuente. Un montón de personas
me miraban con gran devoción. Me quedaba viendo al cielo, y mis pies sentían
que la tierra temblaba al compás del corazón en mi mano. El Sol lucía más
brillante, seguía su curso.
No le conté a nadie de mi sueño, ¿quién le creería o
le haría caso a un niño de once años? Traté de volver a espiar a mi tío en sus
disecciones secretas, pero era imposible. Quizás, al igual que yo, tenía mucha
curiosidad y morbo por los cuerpos humanos, pero él tenía una buena intención.
Si alguien se enteraba de lo que hacía, probablemente lo correrían del pueblo y
sus conocimientos “mágicos” serían demeritados, además de que la reputación de
la familia se vendría abajo.
Me sorprendió que días después sentía que la tierra
temblaba debajo de mí. La primera vez fue cuando me encargué de cuidar una
milpa de mi padre y de vigilar que las hormigas no la devoraran. Los caminos de
esos insectos, en lugar de ser perfectos como siempre, eran una espiral
terrible; parecían muy desorientados. Sentía que algo se movía con fuerza
debajo de mí, a ritmos constantes. Parecía que en cualquier momento se abriría
una grieta entre la tierra, pero al final no pasó nada.
Lo mismo ocurrió con mayor intensidad cuando fui a un
costado de las cuevas, con la intención de buscar algún lugar bueno para
pastorear en esos tiempos de secas. Cerca de ahí había unos manantiales que, de
tener agua cristalina, pasaron a despedir un pesado lodo que tenía un mal olor.
Me asusté un poco y me quedé a orillas de un arroyo cercano. Pensé en lo que
podría estar pasando. Algo me decía que se avecinaba un desastre…pero también
pensaba en que quizás estaba escuchando cosas que todo el mundo oía pero que no
decía.
Creí entonces que estaba escuchando al corazón de la
Tierra latir desde el suelo, llenando de vida todo, como si fuera un gran ser
viviente en el que estábamos. Quizás sólo había aprendido a escucharla. Le
conté a mis padres lo que pensaba y creyeron que lo había leído en la
escuela o visto en algún libro de cuentos. Les parecieron bonitos mis
pensamientos, pero se desesperaron con mi insistencia de que me dijeran si
ellos escuchaban lo mismo. Comencé a pensar en que era el único.
Escuché cada día el latido de la tierra por casi un
mes. Ni siquiera mis amigos lo percibían, aunque fingían hacerlo. Trataba de
imaginar el centro del mundo y las venas que se desprendían de ahí para cubrir
cada porción de tierra. Si antes me emocionaba conocer un corazón humano, ahora
este gran músculo que nos daba la vida me mantenía contentísimo. Creí que el
padre de la iglesia se equivocaba, y que Dios en realidad estaba viviendo
debajo del suelo, en ese centro, y no en los cielos o entre las nubes.
Una madrugada ya no escuché los latidos, sino que
verdaderamente la tierra comenzó a crujir. Me reuní con mis padres y mis
hermanos afuera de mi casa. El abuelo, que también vivía con nosotros, decía
que era un temblor. Según él, hace muchos años que no ocurría y podría traernos
grandes desgracias. La gente tenía un estado de miedo terrible, se miraban sin
saber qué hacer, caían en oración y se escuchaban sus lamentos.
Pasaron minutos y el sonido se intensificaba, parecía
venir de aquellas cuevas y manantiales en los que había estado hace pocos días.
Por unos segundos hubo silencio…después, se abrió una gran grieta que pasó a un
costado del pueblo. Se abrió ese boquete de tierra con mucha facilidad que medía
dos metros de ancho. Corrimos a asomarnos. A unos metros debajo corría un río
de fuego que despedía un calor tremendo y un olor similar a huevo podrido.
Parecía que lo consumía todo. Cuando alguien se atrevió a decir “lava”, ya
habían llegado las autoridades a evacuarnos.
Pusieron al pueblo a salvo en una comunidad a varios
kilómetros hacia el norte, en donde la sierra se hacía más estrecha y alta. Desde
ahí contemplamos ese espectáculo de fuego en el que parecía que el mundo se iba
a acabar. Los rescatistas hablaban con la gente. Decían que, si bien a unos
cincuenta kilómetros había algunos volcanes extintos, no habían contemplado una
amenaza así en el pueblo. Pero ahí estaba frente a nosotros el fuego saltando y
escalando la noche para consumir todas nuestras cosas.
Al lado de donde estaba naciendo el volcán que
llevaría el nombre del pueblo había un lago que se extendía hasta donde la vista
se perdía. Me quedé sentado mirando lo que pasaba, sintiendo la tierra temblar
debajo de mí. Conté los latidos violentos e interminables; vi el fuego y al
agua coexistiendo en ese mismo espacio: uno con todo el furor del movimiento,
la otra con la calma impasible. Ahí en medio estábamos nosotros, respirando,
lamentándonos. Después de muchos años de recordarlo, me doy cuenta de que supe
en ese momento que el corazón de la tierra no sabía de bondad ni de maldad:
sólo latía.

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