El Diálogo de los Cuerpos

EL DIÁLOGO DE LOS CUERPOS

Mienten. Te lo digo ahora, por si lo dudas después o por si la pregunta flota en tu mente en la noche indiferente de un martes. Ellos dicen que todo esto del enamoramiento que sentimos es un estado de locura. Y muchos enamorados se sienten felizmente locos. Pero no, te digo que no. Estamos en nuestros cinco sentidos, con los ojos bien abiertos, la piel erizada por la caricia y el recuerdo. Podremos estar en medio de la neblina pensando que estamos en un valle despejado. Es una feliz circunstancia.

Habría que preguntarse si la indiferencia es realmente la locura invisible del olvido, donde todo pierde significado. Hace mucho que tú y yo no somos indiferentes. Sentimos demasiado, tenemos los poros abiertos al fuego y a la brisa marina. Estamos sin escudo, indefensos, como el perro que, juguetón, se tiende con la panza descubierta frente a sus dueños sabiendo que no le harán daño. Caminamos por una cuerda, pero nosotros la hacemos gruesa.

Te digo que te extraño. El sentimiento no es proporcional al tiempo que hemos pasado sin vernos. Con lo relativas que son las horas y los días no podemos concluir nada. Estás en pensamiento, te siento, pero no en cuerpo. Espero a que llegues en cualquier momento y me saques de mis pensamientos. Cada vez que nos vemos dejamos de ser los mismos. Tenemos capullos dentro del cuerpo que se rompen con las palabras y el contacto. De ahí brotan mariposas ciegas que vuelan en nuestro espacio. Ese es nuestro legado, lo que vamos dejando en cada trecho.

Se va toda la gente a mi alrededor. Ya es tarde, muy tarde, se acerca la medianoche. Me quedo en la penumbra. Esperé por esta noche, en la que podemos ser tiernos y desaforados; reflexivos y ridículos…en que podemos ser nosotros mismos. Pero no te encuentro por ninguna parte. No quiero dormir abrazado de la soledad. Estoy frente al Palacio de Correos, con las luces cayendo, perezosas, sobre mi espalda. Tengo las manos frías como nunca. Me siento pequeño, pero sé que te quiero. Ven pronto.

*   *   *
Andabas por ahí, todo el tiempo. Sólo que nos confundimos de lugar de encuentro: hay muchos palacios en la ciudad. Al saber eso siento una mezcla de enojo por no encontrarnos y de preocupación de que te pasara algo. Pero al ver tu cara sonriente, tallada por los vientos sin causa y las lluvias, y tu voz de colibrí explorador, vuelvo a la calma. Estamos juntos, tienes tu mano sobre la mía. No sabemos qué será de los segundos que vengan. Seguimos más deseos que planes.

Te siento inquieta, te escucho expectante. A veces juegas con mis dedos, en otras tomas con fuerza mi mano. Nos miramos a instantes. Tienes una sensualidad inherente. Algunos imaginan la pasión como una marea de fuego que rodea a una playa de arenas tibias. Pero contigo puede haber llamas a nuestro alrededor o no haberlas; podría quemarse el mundo o estarse congelando. Mientras nos tengamos podemos encontrarnos, en donde haya movimiento y vida.

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Las luces caen sobre mi espalda y la tuya, son amarillas. Tu cuerpo es delineado, la oscuridad aguarda sorpresas en tu piel. Aún si he recorrido todo tu cuerpo un sinfín de veces, no podría decir que lo conozco de principio a fin. Ni el viajero ni el ermitaño son capaces de conocer por completo un lugar. Te descubro. Mis exploraciones te hacen temblar. Tienes una blusa blanca. Imagino que la corto con mi uña por el centro. Pero al final la quito con mis manos.

Siento tu espalda como un lago que se revuelve en su interior, y cada toque de mis manos despierta corrientes que lo agitan; surgen remolinos y olas. Tú sigues mis pasos jugando con mi propia piel. Creamos huracanes que se encuentran, se azotan, se unen y dominan nuestra respiración. Del cuello surgen impulsos eléctricos que hacen corto circuito.

Quitamos nuestra ropa, nos seducimos sin fingir. Se va el velo, queda nuestra naturaleza descubierta. Hieres mis costados, pongo mis manos en tus piernas. La luz me hace ver tu piel blanca, necia de ser quemada por el sol. Dejo marcas en ellas. Uno, dos, tres. En tu piel habita el frío y el calor. Comienzas a crear ríos de lava que descienden por mi pecho hasta mis pies. Tócame, vierte tu creatividad, nadie nos mira.

Déjame replicarte, crear diagonales de lava sobre tu piel, de una que no destruye y crea vida. Permíteme encontrar tus relieves, atravesados por tu sudor fino. Escucho los sonidos de tu cuerpo, de tu boca que felizmente no puede conservar la cordura ni el silencio. Perdona por lo que te digo, por el exceso de cariño o por el deseo descarado. No tengo control, ni quiero tenerlo. Nos inventamos entre caricias, pasamos de cumbres a pozos, nos revolvemos como en un encuentro de vientos polares y tropicales.

Encuentra la porción áurea en nuestros cuerpos cuando me inclino hacia ti o cuando desaparece el espacio entre nosotros. Expliquémosle a la noche nuestros besos, así como al gato errante que nos espía desde la ventana. Nuestros labios son lienzo y pincel a la vez. Contemplo tu cuerpo: mar canela con islotes que quitan el aliento; creación viva, sierra intrincada e interminable. No hay que elegir entre la contemplación o la caricia, mientras tenga ojos y piel.

Dejemos que nos envuelva la neblina de nuevo, que no veamos más allá de nosotros. Dialoguemos entre nosotros con el deseo, entre la agitación y la calma; entre el dolor y el placer…o con todo revuelto. Nosotros decidimos el ciclo del movimiento y del silencio. El amor que nos tenemos es frenesí y calma bajo las auroras boreales. Nos entendemos sin palabras, porque nunca dejamos de comunicar.

Encuentro también bosques en tu cuerpo, luminosos como una selva u oscuros como si los árboles estuvieran en el tráfico. Camino entre ellos, me pierdo una y otra vez sin preocuparme. Si pruebo las hojas, saben a café, porque tu cuerpo, de principio a fin tiene ese sabor. Esa cafeína de tus poros me despierta, me pone como conejo hiperactivo, me hace buscar más dentro de ti. Alteras mis sentidos sin ser droga. Y sí lo eres, más vale que no te hagan ilegal.

La noche nos abraza. Miro tu cabello hecho de diminutas hojas caídas de otoño. Te escucho decir mi nombre y yo digo el tuyo; hacemos un conjuro sin querer hasta que se nos acaba la voz. Nuestros músculos vienen y van; tus huesos truenan suavemente en cada movimiento. Cerramos los ojos, pero nos seguimos viendo de alguna forma. Somos fuego, aire, tierra y agua chocando con electricidad. Todo termina cuando explotamos sin salir volando. Nos doblamos, nos rendimos.


La música que nos envolvió todo este tiempo sigue, disminuye. La noche es más fría. Pero nadie de los dos se irá, ni se volteará a descansar por su lado. Después de tantas felices tormentas y explosiones viene la calma primigenia, donde sólo respiramos y nos miramos sin interrumpirnos, con una sonrisa. Lo mejor de hacerte el amor es que al volver a la normalidad sigues estando a mi lado. Y nos seguimos queriendo. Las luces aún brillan en nuestras espaldas. 


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