Jacinto
JACINTO
No entiendo aún por qué vine a consolarlo, si esa no
es mi tarea. A veces no comprendo del todo mi naturaleza si ahora mismo tengo
sentimientos. Creí conocerme hasta el fondo, porque no tenía entrañas y mi
esencia parecía muy simple. Tengo la labor de terminar con la vida; de parar el
corazón, detener los impetuosos pulmones y apagar los pensamientos. Pero no soy
la única en hacerlo, o acaso, ¿podría un solo ser ocuparse de que tantas
personas dejen este mundo?
No. Soy la muerte, o una de ellas, porque en realidad
somos muchas. Nos han pintado siempre como esqueletos, porque la tierra consume
la carne y deja sólo los huesos. Entonces deberíamos ser imponentes cúmulos de
huesos que se mueven con agilidad, sin dolor, imperturbables y con una tarea.
La gente dice que la muerte es lo único seguro en la vida y que no distingue
entre condiciones, vicios y virtudes. Pero sí lo hacemos.
No somos ajenas, ni somos esqueletos. Mírenme. Aún
contemplo mi rostro en cualquier ojo de agua, con la misma claridad: mi piel
blanca, el contorno curvo de mis ojos, mis pestañas largas, el cabello negro
azabache que cae libremente por mis hombros y el fleco que cruza mi frente,
además de mis ojos otoñales. Mis manos son pequeñas, pero mi cuerpo es altivo y
espigado. A veces visto de blanco, en otras de colores, pero jamás con túnicas
negras. El luto no tiene un color realmente, ese fue un invento de los humanos.
Y yo no sé de dónde vine, porque tampoco soy humana.
Nací con una finalidad, al igual que mis hermanas. Estoy enamorada de la vida y
su fragilidad, pero sé que no estoy viva. Yo no respiro, ni tengo corazón que
lata; en mí sólo hay movimiento y tiempo quebrado, espacios débiles y aromas de
flores o azufre. Por la simpleza de nuestra labor, de quitar almas del cuerpo,
no deberíamos sentir nada. En el principio no pensaba en nada. El dolor de las
personas me era indiferente, porque siempre entendí todo como un ciclo.
Las que fuimos asignadas a esta parte del mundo
tenemos mucho trabajo. Acá muere mucha gente, en condiciones violentas y
extrañas; pero a la vez, otros mueren en circunstancias ridículas o muy
tranquilas. Estamos acostumbradas al ajetreo. Los que mueren nos miran antes de
dejar este mundo y saben que no hay vuelta atrás. Algunas de mis hermanas
asustan a los vivos por diversión, pero no es mi caso. Soy consciente de mi
tarea. Disfruto del movimiento de las almas, y de la naturaleza que siempre
permanece ahí.
Pero hace unos días tuvimos trabajo de emergencia. Los
mexicanos, eternos enamorados y víctimas de la ironía, sufrieron un sismo en su
capital y las zonas aledañas el 19 de septiembre…el mismo día en el que muchos
años atrás murieron miles de personas. El terror no se hizo esperar. Nos
llamaron a nosotras y fuimos presurosas. No nos molestaba hacer
nuestro trabajo, como cada día, sin embargo parecía inusual cómo había ocurrido
todo. Le preguntamos al jefe y permaneció silencioso, como siempre, dueño
impasible de circunstancias y destinos.
Fuimos y venimos, una y otra vez. No murieron tantos
mexicanos como años atrás, pero la desesperación era igual o tal vez peor.
Volvimos a ver a la capital hecha un caos, envuelta en los sonidos de las
sirenas y la desesperación. Nos movíamos de un lado a otro. No todos
fallecieron en el momento del sismo: algunos fueron traicionados por las
estructuras en las que vivían, comían y dormían. Así que nos apuramos a cumplir
con la tarea. Otras se fueron de fijo a los hospitales. Los que nos veían,
sabiendo que era el fin, derramaban una lágrima o sólo suspiraban un momento.
Pero nos dijeron que la ciudad no nos absorbiera.
Había un montón de pueblos por ahí, donde también había muchos desastres.
Varias de mis hermanas ya habían llegado a esos lugares. Me fui para allá, sin
sentir cansancio ni dolor. La tarde caía frente a mí. Comencé a sentirme
extraña, pero se lo atribuí a la presión del gran trabajo que se nos venía
encima. A veces bromeábamos con que estar tanto en contacto con las personas
nos volvería más humanas. Pero era sólo un chiste que nadie se tomaba en serio.
Fui a la región de las miles de iglesias, donde comen
mole y donde aún muchos le hacen caso al sacerdote. Había un pueblo, no muy
lejos de dónde se había sacudido la tierra. Al parecer ni la muerte había
llegado porque vi muchas almas agónicas confundidas y gente desesperada que no
sabía determinar si estaban vivas o muertas. Qué oportuna mi llegada. Me puse a
trabajar tan pronto como pude. Mi labor no es conceder la paz. Las personas
levantaron sus plegarias al cielo, se abrazaron entre ellos. Pedían por respuestas
y mi presencia ahí sólo les decía que aún no había llegado su hora.
El pueblo era pequeño, construido con casas de adobe
de hace muchos años y cultivos que crecían a razón de los grandes caprichos del
clima mexicano. Ahí no solían pasar muchas cosas y varios de los pobladores
habían migrado. Los viejos tenían historias que contar que ya nadie escuchaba,
por lo que permanecían silenciosos escuchando el viento y mirando los áridos
cerros que los rodeaban. La vida ahí era silenciosa, tranquila, ajena al jaleo
de la ciudad.
Mi última labor ahí fue liberar el alma de un señor fuerte,
pero muy anciano a quien se le había caído la casa encima. Le llamaban Don
Trinidad y tenía 97 años de vida. La tarea fue rápida, pero una inusual
curiosidad me hizo quedarme a merodear y escuchar su historia. Su esposa, unos
años menor que él había salido a alimentar a un burro que estaba en su patio.
Luego vino el terremoto, la casa se vino abajo y el señor ya no pudo escapar.
No era la hora de ella y se preguntaba por qué; no sabía si agradecerlo o
maldecirse por la desgracia.
Pero no era la primera vez que escuchaba de muertes en
las que un pequeño guiño del destino había salvado a una persona. No fue eso lo
que llamó mi atención. Ahí, entre los escombros que aún parecían tibios había
un perro de tamaño mediano, delgado, semejante a un pastor alemán pero de
pelaje más claro. Daba vueltas sobre la casa sin parar. Antes de irme, lo miré a
los ojos. Nunca había visto una tristeza igual. Sentí que a ese animal se le
había acabado su mundo.
Me fui y seguí trabajando, pero no pude dejar de
pensar en esa visión. No entendía por qué. Después de haber visto tanto dolor,
a familias y amigos desgarrados por el atroz peso de la ausencia…me sentía
conmovida por un perro. Tener sentimientos me asustó. La tristeza que me
produjo la situación causó mucho miedo en mí y una desconcentración en mi
labor. Así que me asignaron descansar por unas horas: dijeron que esa sensación
alguna vez tendría que pasar y que la humanización se iría pronto.
Pero aproveché para volver a los restos de la casa.
Ahí escuché a doña Antonieta, la viuda, contarle a otros habitantes del pueblo
la historia. Mencionaron al perro, que se llamaba Jacinto. Trataron de moverlo
pero era imposible. Decía ella que eran inseparables y que el canino siempre se
iba con el señor a cuidar de la milpa, y volvía al atardecer. Nadie recordaba
cómo había llegado a esos terrenos. Defendía la casa, pero también salía de
cacería de vez en cuando.
Tomé la extraña decisión de ir a buscar a Jacinto. Ahí
estaba en los escombros de la casa, chillando un poco y sin poder acomodarse
para permanecer echado. Olfateaba en todas partes, veía hacia el horizonte y a
los caminos que recorría a diario. Me quedó claro que no entendía lo que
ocurría. Me miró con indiferencia, no me gruñó como suelen hacer otros
animales, ni me cantó como las lechuzas. Sabía que cualquier cosa en el mundo
le era indiferente.
Así que me propuse a explicarle que su amo se había
ido conmigo. Me miraba, atento, pero le costaba entender. Volteaba aún a los escombros
ante cualquier ruido. Le conté que Don Trinidad se había ido en paz y que
extrañaba su presencia; también que en algún momento él mismo le ayudaría a su
dueño a cruzar el gran río que separa las tierras del eterno descanso de este
mundo. Le pedí que no se preocupara, que tratara de seguir cuidando a su
señora. Pero sentía que no me creía.
Puse mis manos sobre él. Permaneció quieto y por un
momento dejó la ansiedad. Miró de nuevo hacia los caminos. Le conté que yo no
traía el final de todo destino, sino que abría la puerta a muchos nuevos, en
donde él algún día podría correr y explorar felizmente. Quise explicarle la
gran interrogante humana del sentido de la vida, pero me pareció innecesario.
Su existencia era más sencilla, instintiva y amorosa a su realidad. Pude mirar
en sus recuerdos, que parecían postales felices de los días en el campo.
Acaricié un poco más a Jacinto y quise derramar
lágrimas, aunque mis ojos jamás las producirían. Cayó la noche. Él recargó su
cabeza en mis piernas. Pregunté al jefe que si podía llevármelo de una vez,
debido a que su existencia parecía ya no tener mucho futuro. Pero me recalcó
que yo no era quien decidía eso y permanecí atada a mis labores normales. No
pude lograr que el alma de su dueño se despidiera de él por morir en
condiciones muy precipitadas. Pero le prometí que don Trinidad volvería.
Naturalmente, el señor se conmovió cuando le conté de
su perro. Me metí en una tarea que no era mía: preparé todo lo necesario para
que él volviera el próximo Día de Muertos. Doña Antonieta se ocupó de hacer la
ofrenda, en uno de los albergues que habían construido cerca del pueblo para
los afectados. Jacinto se fue con ella, pero estaba cada vez más debilitado. Aun
así, la última vez que lo vi noté algo de esperanza en su mirada triste.
Llegó el día, al fin, en que volverán a encontrarse.
Me siento contenta de que ocurra de nuevo. He escuchado muchas historias de las
tierras mexicanas en estos días y mis hermanas aún tienen el encanto de la indiferencia.
Sé que probablemente me despidan por tener sentimientos, debido a que eso podría
obstaculizar mi trabajo. Ver alegre a Jacinto de nuevo me motiva, porque sigo
estando enamorada de la vida. Y al final, la muerte es más humana y llena de
vida de lo que nosotras mismas pensamos.
Basado en una historia real, en el Estado de Puebla, después del sismo del 19 de septiembre. Contada por Manuel Rivera Guzmán, brigadista de la fundación Marabunta a El Universal.

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